Vladimir Putin: Russia first

José Steinsleger /II
Los agentes y espías entrañables pertenecen a la ficción y los aborrecibles son oscuros personajes que cobran en las nóminas del Estado. Entre los primeros figuran el James Bond de Ian Fleming (1908-64), que en plena guerra fría cautivó a las juventudes de Occidente, o el Johann Weiss (alias de Alexandr Belov) de Vadim Kozhevnikov (1909-84), que en sus novelas estimuló el idealismo de jóvenes soviéticos como Vladimir Putin.

Simultáneamente, empezaban a circular las inquietantes novelas de John le Carré (seudónimo del inglés David Cornwell), reconocido maestro de maestros del espionaje en ambos lados de la cortina de hierro. Pero oigamos al presidente de Rusia fijar las diferencias entre los buenos y malos espías, ya que en sus años mozos trabajó en el antiguo KGB (siglas en ruso del Comisariado para la Seguridad del Estado):

“Si es por traición o ganancia material, es una cosa; si es por principios o ideales, es distinto…Todos fantasean con los servicios de inteligencia, y nadie sabe que 90 por ciento de toda la información se obtiene de esa red de agentes que constituyen los ciudadanos comunes”. Dato no menor: dicho en una entrevista de 2000, cuando Facebook no existía…

¿Qué motivó a Putin para solicitar su incorporación al KGB? Obligado será, entonces, transportarnos a mediados de 1968, año que así como infló los pulmones libertarios de las juventudes en el mundo, mostró los tanques del Pacto de Varsovia para sofocar la llamada primavera de Praga. Y momento en que el joven Putin (1952), asistía en Leningrado (hoy San Petersburgo) al estreno El escudo y la espada, filme inspirado en la novela homónima de Kozhevnikov.

Coproducido por la ex Unión Soviética (URSS), la ex República Democrática Alemana (RDA) y Polonia, El escudo y la espada (cinco horas y 44 minutos) narra el heroísmo del espía Belov, infiltrado en el decenio de 1930 en el cuartel general de la Gestapo en Berlín, a cuenta de la Checa (precursora del KGB, y siglas en ruso de la entidad creada en la revolución bochevique para enfrentar la contrarrevolución y el sabotaje).

Putin recuerda: “Lo que más me sorprendía era que el esfuerzo de un solo hombre podía concretar lo que no se lograba con ejércitos enteros. Un espía podía decidir la suerte de miles de personas… Por lo menos, es lo que pensaba en aquel entonces”.

La infancia y adolescencia de Putin transcurrieron en los decenios de 1950 y 1960, pletóricos de una Unión Soviética triunfante, y de las historias familiares contadas por su abuelo (cocinero de Lenin primero, y de Stalin después), o del sitio de Leningrado, cuando de 3 millones murieron 1.8 millones de rusos cercados por los nazis (1941-44). Y donde su padre, herido en combate e internado en un hospital, estuvo a punto de morir de inanición por desviar las raciones de comida para alimentar a su esposa.

La práctica del sambo y el yudo fueron de gran ayuda para que Putin ganara confianza en sí mismo. Y sería en la biblioteca del club deportivo donde descubriría El libro de los cinco anillos, del japonés Miyamoto Musashi (1584-1645), uno de los maestros de la tradición bushido. Las enseñanzas del célebre samurái, templaron el carácter del joven: transformarse en el enemigo; hacer que el adversario pierda su equilibrio mental; generar una cierta tensión nerviosa que impida al adversario estar seguro de sí mismo; neutralizar al adversario directamente, sin dejarlo respirar, evitando cruzarse con su mirada.

En 1976, tras licenciarse en la Facultad de Derecho de la Universidad de Leningrado situada en la isla Vasilievski (por cuyos claustros pasaron Lenin y Shostakovich), Putin consiguió el título de campeón de yudo de Leningrado. Y en el Instituto Bandera Roja, bajo el seudónimo de Platov, los méritos para graduarse como agente del KGB. Por otro lado, su dominio del alemán permitió que en 1985 fuera enviado a la RDA (Alemania del Este).

En Dresde, la ciudad bombardeada feroz e inútilmente por Winston Churchill en febrero de 1945 (650 mil bombas incendiarias que causaron la muerte de 30 mil civiles), el deslucido y burocrático trabajo de Pu­tin consistió en registrar el inevitable y nada heroico derrumbe del muro de Berlín, junto con la RDA.

En otro de sus informes, comentó: “La Stasi (policía política de la RDA, competidora y aliada del KGB) es producto de un mundo de fantasía orwelliano, un resurgimiento de la era estalinista… Sólo en Dresde, la Stasi tiene más personal que el KGB en toda la Rusia europea”.

Cinco años después, todos los referentes fundantes y estructurales de la gloriosa Unión Soviética también se cayeron, cual castillo de naipes. Y, junto con ellos, aquel sueño de Putin y de millares de adolescentes orgullosos de su país y de los valores soviéticos que anhelaban proteger, emulando el ejemplo del héroe de El escudo y la espada.

La Jornada