Urica


Apenas rozamos la red de

telaraña que  a ratos nos recorre

Gusanos que siguen acechando

desde el filo del espejo.

Rosa Castillo

Por Miguel Mendoza Barreto

Tenía los ojos extraños, una hondura densa perdida hacia la sangre. Parecía que el sopor del desierto saliera por los ojos y al mismo tiempo las noches  y las altas rocas arábigas formaran parte de la mirada.    Movía las cejas y la boca de manera hermosa, tenía un rostro fuerte y saludable como una fruta fresca.

      No era de allí y las mujeres estaban pendientes de el.  Recostarse al árbol le pareció el sitio más adecuado, podía apreciar holgadamente a las mujeres que caminaban lentamente.  Carúpano estaba lejos y este pueblo, Urica, donde había muerto el asturiano José Antonio Boves, formaba parte de las lecciones que había que aprender durante los primeros años escolares. Había oído mucho de este pueblo y lo imaginaba distinto, no pensó que la vegetación de un verano permanente le molestaría los ojos y que unas casas tristes y desteñidas ocuparían  la inclemencia de las calles.  

Boves muerto al final de la llanura con la sangre y los sueños traspasados, y el pueblo, de no ser por eso,  se hubiese tendido en el sueño de la nada, de no ser por  la  roja y valiente sangre asturiana, de no ser  por el  acero que traspasó primero la piel, luego la sangre y después los sueños de Boves, Urica sólo sería un remolino incesante de perros flacos buscando entre el  polvo los huesos blancos e iguales de los muertos de la independencia.  De no ser por esos dos hombres y el cegador destello del sol fronterizo del estado Anzoátegui,  Urica no sería parte de la memoria de nadie.

     La descubrió mirándole,  hermosa coma las historias de princesas raptadas sobre la sangre permanente del desierto.   Carúpano y el amor anclado allá  se desvanecieron.

       Los ojos eran  estrellas marinas, la boca y el  rostro un pedazo de la mar a medianoche. Ya era suya, tenía su mirada entrando por los ojos hacia las fantasías  de noches asaltadas.

         Ella nunca había bailado,  nunca había besado  la vehemencia de un hombre.  Su casa era un silencio recogido en el corazón, una noche cerrada contra la montaña; un ataúd.  

Los  ojos se llenaron de tristeza, se hicieron nostalgia definitiva.  Había  una gran pared aprisionando la casa por lo que desde ella no podía mirarse la calle ni la llanura  . La voz de los hombres, del otro lado de la pared, parecía un susurro animal.  Ese día, cuando lo conoció, se había escapado con su hermana con la intención de regresar a medianoche.

          Se le había metido una hondura  de agridulce. Tan poca palabra en la boca,  tan profundo el manuscrito de su sangre.  

          Ella miraba el espejo y esforzaba los ojos intentando verse por dentro, el cuerpo se iba   hacia la llanura  mientras los ojos en el espejo le denunciaban el alma en toda su fatalidad.

Se conocieron y se amaron, él saltaba la pared y llegaba hasta la ventana que aguardaba abierta. Los senos de la mujer amanecían enrojecidos por la voracidad de la boca del hombre. Ahogaban los gemidos con los besos. El miedo a los padres en la habitación contigua les sellaba la boca.

Debió irse del cuarto y del caserío. Dejó una máquina afeitadora para que conservara algo de el.   

Regresaría dentro de tres meses, en la cartera llevó como  tesoro un lazo azul con el que ella amarraba su pelo, un lazo con que  él desamarraba su pelo.

En Carúpano, la tierra del hombre, la esposa descubrió el lazo.  No dijo nada.  Fue a la playa en la tardecita, una última casa se escondía entre palmeras y un negro rodeado de velas permanecía arrodillado frente a un altar lleno de esperma derretida  “Mi esperma te llevará al cielo” dijo cuando la vio levantar la  manoseada cortina.

Dejó el lazo dentro de un frasco tapado:  una pluma de gallina negra, un sapo con la boca cocida, tres granos de sal y un poco de su orine. Encima del frasco permanecería una vela encendida durante siete días en los cuales ella no podría dejarse  coger  por el hombre.

En Urica, la otra mujer estaba atemorizada y atraída por el espejo. A media noche oía que le llamaban, su madre le advirtió que si respondía se volvería loca. Llamaban tres veces con una voz anhelante y ella miraba el espejo esperando que algo o alguien saliera de el para llevársela.

El no regresó.

A ella le salieron manchas en el cuerpo que luego se convirtieron en llagas de donde más tarde salieron gusanos incoloros y peludos que poco a poco le iban robando el color negro de los ojos. “Cuando le salga un gusano completamente negro ella tendrá los ojos blancos y estará muerta” había dicho el negro.

Murió de noche y quiso que le colocaran el espejo a los pies de la cama, quería descubrir dentro de el  algún camino que le llevara fuera de Urica, quería ver una ola que la arrastrara hasta Carúpano. Pidió que una máquina de afeitar, envuelta entre papeles, en la gaveta de su cómoda, fuese metida en el ataúd. 

Los ojos del negro, bajo palmeras donde se oía el ruido de la mar, se asomaron en el espejo. Ella se quedó muerta y el hombre llamó a los gusanos que salieron del cuerpo y se metieron en el espejo donde se oía el ruido de la mar.


Categories: Cuento, Literatura, Venezuela