Tafeta gris

Por Cristina Pacheco

Nos pagan todos los viernes a las dos de la tarde.

En cuanto salimos, mis compañeras y yo nos vamos a La Florecita. Nos gusta el restaurante por diferentes motivos, pero coincidimos en un punto: la comida es casera y nos trae recuerdos. Rosaura dice que sólo allí preparan el fideo seco como lo hacía su madre. Eso la emociona y a veces llora. Ninguna se escandaliza o se disgusta porque otros comensales nos miren. A Lourdes el menú del restaurante la tiene sin cuidado. Lo que la atrae del negocio es el dueño. Muerta de risa lo niega, pero es verdad.

A mí me gusta La Florecita porque no hay televisión y todos los viernes llega un viejo con una sola pierna que toca boleros usando como instrumento musical una hoja de fresno. Sus interpretaciones son tan conmovedoras que una vez, al entregarle una propina, le pregunté quién lo había enseñado a tocar de ese modo. Me respondió: El viento.

Sé cómo se llama el músico porque la mayora, en cuanto él termina su actuación, le dice: Catarino: pase a que le den su taquito. Me gustaría mucho saber algo más de su vida: dónde nació, si tiene familia, si ha tenido oportunidad de presentarse en un teatro. Jamás le preguntaría cómo perdió la pierna, pero supongo que fue en un accidente de trabajo. Vivir en sus condiciones, y más si está solo, debe ser muy difícil. Admiro su entereza.

II

Empezamos a frecuentar La Florecita desde que en la fábrica hacíamos sólo bolsas de mujer. Hoy producimos mochilas y artículos para fiestas infantiles. Rosaura dice que, de niña, nunca le celebraron sus cumpleaños ni nada. A veces imagina que los sombreritos o las cornetas que arma serán para la fiesta que nunca tuvo y un día organizará. En broma nos advierte que si pensamos asistir tendremos que presentarnos disfrazadas de niñas. Ya me imagino cómo voy a verme con vestido ampón y zapatos de agujeta con suela de goma. Los usé hasta los trece años y sigo aborreciéndolos, tanto como el color gris. Será muy elegante y muy bonito, pero no para mí: lo relaciono con una decepción amorosa.

III

Tenía 23 años y era empleada en una encuadernadora. Seguido iba a llevarnos trabajo un pasante de leyes: Ernesto Lara. Tenía la piel morena y ojos muy intensos. No era precisamente guapo, pero sí muy atractivo. Casi siempre me tocaba atenderlo y debido a eso platicábamos un poquito. En una conversación se enteró de que yo vivía por Churubusco. Me dijo que él también. Luego descubrimos otras coincidencias: la fascinación por la ciudad y el gusto por la música yucateca.

Un día que Pastor Cervera vino a dar un concierto, mi amigo me invitó a escucharlo. Fue una de las noches más bonitas de mi vida. Al salir del teatro nos fuimos caminando hasta el Zócalo. Le hablé de mi familia, de mis sueños por estudiar idiomas; él, de sus mejores amigos en la facultad –Marcia y Daniel– y de sus aspiraciones políticas.

Desde entonces nuestra amistad se hizo más íntima. A veces pasaba por mí al trabajo para llevarme al cine o simplemente a tomar café. Me daba lo mismo una cosa o la otra: lo importante era verlo y escucharlo, porque se expresaba muy bien.

Un martes llamó para decirme que necesitaba hablar conmigo. Propuso que el domingo nos encontráramos en el cafecito al que habíamos ido la primera vez que salimos juntos. Aunque traté de evitarlo, me hice ilusiones y el resto de la semana, en cuanto volvía a mi casa, me iba a mi cuarto para probarme mis vestidos. Todos me parecían horribles, indignos de una ocasión tan especial.

Entonces recordé que la mamá de Herminia, una antigua compañera de la secundaria, vendía ropa americana a plazos. Fui a visitarla y después de ver todos los vestidos que tenía elegí uno de tafeta gris. Para mi situación económica el precio era muy alto, pero no me importó, y me comprometí a dar abonos semanales de doscientos pesos.

El domingo, cuando entré en el café, vi a Ernesto hablando en el teléfono instalado junto a la caja registradora. Enseguida colgó y fue a recibirme. Dijo que me quedaba muy bien el vestido, que debía ponérmelo con más frecuencia. Prometí hacerlo. En cuanto nos sentamos nos pusimos a conversar, pero noté en mi amigo cierto nerviosismo y un aire ausente.

Al fin me atreví a preguntarle qué le sucedía, en qué pensaba. Me tomó de las manos y contestó: Quiero casarme. Por razones que ya te imaginarás, debes ser la primera en saberlo. A punto de llorar de emoción le dije que la noticia me hacía muy feliz, a lo que él contestó: Lo imaginé. Por eso quise decirte en persona que voy a casarme con Marcia, la compañera de quien te he hablado. Nadie me comprende mejor que ella y me encanta. Hice lo único posible: sonreír como estúpida. Encantado me propuso un brindis y al tomar la taza derramó el café en mi vestido nuevo. Rápido lo limpió con su pañuelo y dijo que aún faltaba un mes para su boda, así que tendría tiempo para mandarlo a desmanchar.

Me costó mucho trabajo sobreponerme a la decepción y también cubrir los abonos semanales por el vestido gris que nunca volví a ponerme.

La Jornada
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