Ser niño mapuche en Chile

La violencia está tomando residencia en la vida cotidiana de niños y niñas. Niños muy pequeños están asistiendo a jardines infantiles con protocolos de allanamiento. Niños  dibujan una y otra vez guanacos, militares, metralletas, balas, rukas con banderas mapuches recibiendo proyectiles. Niños que en vez de jugar al “paco y al ladrón”, juegan “al paco y al mapuche”. ¿Qué nos dice esto? ¿Que en este territorio ya no se persigue a los ladrones sino al mapuche? O, si asumimos que lo más valioso de ese tradicional juego es la posibilidad de ocupar a veces el lugar del perseguidor y a veces el del perseguido, qué desgastante  ser permanentemente el perseguido.

Por Claudia Curimil H.

Cuesta imaginar lo que están viviendo niños y niñas en esa llamada zona roja de la Araucanía. Más aún lo que están viviendo los niños y niñas mapuche. Son las redes sociales las que han permitido hacer circular audios, videos, fotografías, que en algún momento logran hacerse lugar en medios de mayor cobertura.  Nos enteramos, entonces, del llanto de un niño llamando a su madre en medio de un desaforado allanamiento, imágenes de niños con perdigones en distintas partes de su cuerpo,  de niños en una audiencia  esposados de pies y manos, de Brandon Hernández Huentecol en el suelo tragando tierra mientras un carabinero le dispara más de 100 perdigones en su espalda, de Sayen que nace mientras su madre se encontraba con grilletes en sus tobillos, de niños y niñas que en un supuesto control de identidad son obligados a desnudarse ¿Qué nombre tiene todo esto?

Son distintas las instancias, organizaciones que están tratando de interceder por medio de recomendaciones o acogiendo las denuncias realizadas por miembros de comunidades, pero lo cierto es que decir que la niñez mapuche está siendo vulnerada en sus derechos es pan de cada día hace años. ¿Cómo decirle al Estado de Chile que proteja a los niños y niñas mapuche que están siendo vulnerados porque el Estado de Chile no ha podido asumir algunos asuntos?  Sí, algo similar a lo que hemos visto  con los niños y jóvenes que se encuentran en residencias de Protección. Qué trabajo le cuesta a este país encontrarse con sus infancias.

Por este mismo medio, entre otros, nos enteramos de la declaración de aquellos niños que fueron obligados a desnudarse. Un carabinero -luego de mostrarles un paquete de droga- amenaza: “con esto les puedo cagar la vida dentro del Sename y después cuando cumplan 18 años los voy a seguir cagando con más droga” 

La violencia  tiene forma de perdigones entrando en la piel y de palabras  que  tocan y marcan la historia de un niño, sería un error ético de la sociedad civil que tomara la forma del silencio, indiferencia, o el olvido. 

Mapuche en español significa gente de la tierra, y es justamente un proceso de recuperación de territorio lo que están llevando a cabo distintas comunidades. Es un asunto político-económico que no ha sido posible aún sostener ni resolver políticamente, es decir, por la vía del intercambio y palabras. 

La violencia está tomando residencia en la vida cotidiana de niños y niñas. Niños muy pequeños están asistiendo a jardines infantiles con protocolos de allanamiento. Niños  dibujan una y otra vez guanacos, militares, metralletas, balas, rukas con banderas mapuches recibiendo proyectiles. Niños que en vez de jugar al “paco y al ladrón”, juegan “al paco y al mapuche”. ¿Qué nos dice esto? ¿Que en este territorio ya no se persigue a los ladrones sino al mapuche? O, si asumimos que lo más valioso de ese tradicional juego es la posibilidad de ocupar a veces el lugar del perseguidor y a veces el del perseguido, qué desgastante  ser permanentemente el perseguido.

Ser niño mapuche en Chile condensa una serie de elementos  que al parecer a este país le cuesta ver y pensar: infancia, pobreza, morenidad, mestizaje. Mientras no hagamos este ejercicio, es posible que estas experiencias aterradoras sigan siendo parte de la cotidianidad de la niñez mapuche.

Los seres humanos migramos, nacemos y llegamos a lo que llamamos nuestra familia, en donde recibimos, además de cuidados básicos para sobrevivir,  un nombre, que siempre tiene relación a un pedacito de historia de nuestros padres; adquirimos una lengua, y la transmisión de cómo se piensan, se sienten y se hacen las cosas en la vida, lo que es valioso, y lo que es deshonra, recibimos encargos del tipo serás esto o esto otro, y con todo aquello, de modo paralelo vamos ingresando al espacio social para ubicarnos  en algún lugar que nos espera. Esa es la promesa del contrato social. En esta trayectoria tendremos que encontrar algún mínimo de continuidad para poder sostener lo que llamamos una identidad, el sentimiento de que aunque hay cosas que cambian, algo permanece. Ahí trabaja la memoria. Es necesario que aquello que ha tenido valor y con lo que nos identificamos  tenga también un valor en la sociedad en su conjunto. Un niño no es nunca indiferente a las referencias que transmiten sus padres, no es nunca indiferente al lugar en la sociedad que tienen sus figuras significativas. Un niño no es nunca indiferente a las palabras y actos con las que otros se refieren a sus padres.

¿Qué podemos decir a la hija de Camilo Catrillanca? ¿Qué  podemos decir a los hijos de Macarena Valdés?

Allanamiento significa convertir algo –un territorio- en llano, es decir, acabar con las desigualdades, con lo irregular. Se trata de acabar con las diferencias. La mayoría de las trayectorias de niños y niñas mapuches está marcada por esto: el allanamiento a la lengua que vivieron las primeras generaciones, sus abuelos. Es decir, la prohibición de uso del mapudungun, no es casual que poco a poco se levanten espacios pequeños en la ciudad, en donde se enseñe la lengua y asistan en su mayoría jóvenes.  Ser niño mapuche implica, que en algún momento  sea necesario poner palabras a ese allanamiento en la propia historia.  Porque sabemos, la memoria insiste, busca aparecer en rasgos, gustos, gestos, sueños, preguntas, pesadillas. Sería justo que cuando fuésemos testigos de estas insistencias en algún niño (o adulto) tuviéramos el modesto gesto de escuchar y acogerlas.

En Casa del Encuentro recibimos a niños y niñas de ascendencia mapuche, es poco lo que hablan sobre esto, la mayoría asiste a iglesias evangélicas del sector. Un día una de estas niñas se dio cuenta que en el canasto de los instrumentos musicales había un pequeño kultrun (instrumento de percusión), lo sacó con entusiasmo, le decimos el nombre y ella asiente, dice que sí  lo sabe, y también sabe que su sonido es como el del corazón. Otra niña más pequeña llega a veces con una polera que tiene de estampado una machi, le hemos preguntado por esa imagen y sonríe diciendo que se la ha regalado su papá. Al anotar en la pizarra el nombre de nuestros visitantes, preguntamos a veces cómo es que se las ha ocurrido ponerles ese nombre  a sus hijos. Una vez pregunté ¿y qué significa este apellido? No lo sé, me dijo, y se metió en el celular. Luego de un rato nos dice “¡Ya sé!” Y nos cuenta lo que significa, diciendo “es bonito, nunca lo había buscado”. Una madre  dice en voz baja que le puso a su hija el nombre que se le apareció en un sueño porque así escuchó de una machi, que se podía escoger el nombre de un hijo.

Queda un llamado a continuar exigiendo al Estado de Chile la protección de los derechos fundamentales de niños y niñas mapuche. Que las instituciones tomen medidas y se hagan cargo de sus propias violencias. La niñez mapuche no aguanta más bombas lacrimógenas, ni allanamientos, ni balines, esto no es una selva, hay una cultura que cuidar. Por mientras, los niños y niñas seguirán dibujando este exceso.

El desconcierto 

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