“Roma” o lo bonito de ser pobre

Por Rodrigo

En 1934, el filósofo alemán Walter Benjamin leyó en el Instituto de Estudios del Fascismo de París, un discurso que posteriormente se editaría con el título de “El autor como productor”, no voy a ahondar demasiado en lo que el libro dice, solo me limitaré a decir que es una reflexión sobre el papel que debería tener un escritor, un cineasta, un pintor o un artista en general dentro de los roles de producción y dentro de los procesos de lucha contra la desigualdad. 

Para Benjamin, toda buena obra de arte estaba compuesta de dos elementos esenciales e inseparables: por un lado, la técnica, es decir, cómo un escritor estructura los tiempos narrativos, cómo un cineasta diseña los encuadres o cómo un pintor logra trabajar la perspectiva. Y por el otro, la buena intención política. El anterior concepto es un poco más complicado de ejemplificar. Benjamin dedicó cientos de cuartillas de su obra para tratar de explicar lo que “la buena intención política” significaba, pero tomando en cuenta el contexto en el que Walter vivió y su condición como filósofo marxista, se puede concluir que para él una obra artística con intenciones fascistas o reaccionarias no podía, de ninguna manera, ser una buena obra de arte, ni siquiera si esta había sido realizada con una técnica perfecta.

¿Y qué tiene que ver lo que un filósofo judío dijo hace casi 100 años con Roma, de Alfonso Cuarón? Bueno, mucho. Por lo menos para mí. Benjamin en la obra ya citada nos habla de un sujeto que puede resultar igual de peligroso que un fascista o un reaccionario: el artista pequeño burgués de izquierda. Estos sujetos —prueba absoluta  de la decadencia europea, según Walter— se dedican a hacer todo tipo de obras en distintos formatos con la intención de denunciar situaciones de desigualdad o de pobreza pero, debido a su falta total de compromiso y a su frivolidad, en vez de denunciar la desigualdad y la explotación, terminan por hacer de ella algo sublime. En palabras de Benjamin: “han logrado hacer incluso de la miseria un objeto de disfrute”, y esto lejos de denunciar algo, lo normaliza.

Luego entonces llegamos a Roma, una película que ha ganado ya varios premios en los festivales de cine más importantes del mundo y de la que todos los días nuevos periódicos o revistas escriben sobre lo buena e increíble que es. “Es una obra maestra”, repiten los medios y los críticos.

Pero para mí, Roma no puede ser una obra maestra. Por más perfecta que pueda llegar a ser su fotografía y el manejo de la cámara o  por más buenas que hayan sido sus actuaciones. Porque, Roma no tiene una buena intención política. Su objetivo de denunciar y de concientizar se cae a pedazos cuando nos damos cuenta de que Cuarón, en realidad no deja a hablar a Cleo, la protagonista. Nunca sabemos de dónde es, o qué sueños tiene. Nunca sabemos qué piensa. Se le ve como a un fantasma, como a un ser que camina por una realidad que le es hostil en todos los sentidos y a la que ni ella ni nadie cuestiona.

Cuarón realiza tomas preciosas como la de Cleo trapeando, justo al inicio de la película; la del esposo estacionando el automóvil; las diferentes escenas en las que, a través del manejo magistral de la cámara, el director nos deja conocer la casa o las tomas en la playa al final, donde la familia se abraza y bla bla bla… Pero por más preciosas que algunas escenas sean, muy pocas aportan algo de valor crítico al personaje central de Cleo, un personaje de cartón y no porque estuviera mal pensado, sino porque el director, Alfonso Cuarón, prefirió mostrarnos repetidas escenas de los niñitos jugando, o del cenicero del carro del esposo o  de las fiestas a las que la patrona iba en vez de crear una obra intimista que realmente se tratara de una empleada doméstica. De sus conflictos, de sus deseos, de sus preocupaciones, y donde el personaje de Cleo no fuera solo un instrumento o un telón de fondo para que el director nos enseñara su aburridísima infancia.

Y es quizá esto lo que más me incomoda: el hecho de que a pesar de todo, a pesar de los conflictos políticos a los que la película hace referencia o a pesar de los problemas a los que la protagonista se enfrenta, se hable de que esta película es un retrato de la clase media del México de los 70s —o traducido: un retrato de la infancia privilegiada de Cuarón— . Quizá a esto se refería Benjamín al decir que los artistas burgueses de izquierda eran tan egoístas, tan ilusos y estaban encerrados en su propia burbuja que solo podían producir obras de arte decadentes.

Por eso cada vez que escucho o leo a alguien diciendo que Roma es una obra maestra, lo entiendo, entiendo perfectamente que esta película le haya encantado a tanta gente.  Y cómo no iba a hacerlo, es una oda a los lugares comunes, a la clase media y al status quo. Y aunque, quiero creer que sí sirvió para que algunas personas vieran a sus empleadas con otros ojos, la obra en sí no invita a ello, al contrario, invita a reforzar la idea de que no está mal explotarlas, gritarles u obligarlas a ir de vacaciones después de un aborto —como en la película— porque de todos modos las quieres como a alguien de la familia y a veces eres bueno con ellas.

Roma es mejor que el 99% de las películas que han salido este año, si fuera mala no daría para que la gente escribiera y dijera tanto —para bien o para mal— sobre ella, pero siempre es bueno cuestionarse lo que tantísimas personas consideran como a “una obra maestra de la cinematografía contemporánea”.

Tierra Baldía

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