Quinientos años

Por César Moheno
Hoy todos lo sabemos. El tiempo está ritmado por su propia esencia, es relativo. Quizá por eso la historia hay que contarla y recontarla al infinito. Acaso así podremos encontrarle ritmos más cercanos a nosotros. Y construir una gramática que con hechos e ideas permita que las historias encuentren consonancia con nuestras vidas cotidianas.

¿Cómo es mejor decirlo? ¿Quinientos años, cinco siglos, medio milenio? Parece lo mismo, pero en cada frase el sentimiento es un poco distinto. Este 2018 se cumplen 500 años, cinco siglos, medio milenio desde el 8 de junio de 1518 en el que Juan de Grijalva y sus hombres se sorprendieron al encontrar un río tan caudaloso yendo la armada por la costa, unas 6 millas apartada de tierra, vimos una corriente de agua muy grande que salía de un río principal, el que arrojaba agua dulce cosa de 6 millas mar adentro. Y con esa corriente no pudimos entrar por el dicho río, al que pusimos por nombre el río de Grijalva. De allí a Potonchán, a la cruenta batalla de Centla unos meses después y, hechas las paces con los mayas chontales de Tabasco mediando el año de 1519, con un calor que alcanzaba con facilidad 40 grados a la sombra en medio de nubes de mosquitos y jejenes, los principales de esas tierras ganadas al manglar le llevaron de regalo a Hernán Cortés algunas joyas, comida y 20 mujeres para que les moliesen pan, es decir tortillas. El tiempo cobró una dimensión distinta. Se aceleró. Se inició así el mestizaje cultural que nos dio nación.

La idea que los hombres tenemos de nosotros mismos depende de un mínimo principio de convicción. La imaginación, aparejada a una viva y permanente reflexión, puede lograr desmenuzar el tiempo para alcanzar la facultad de la historia como explicación de la vida de los hombres. Aquella máxima de que cada generación escribe y rescribe la historia posiblemente sea más, mucho más que un destino. No puede ser de otro modo. Más allá del atractivo de la simple novedad ideológica o de la moda que más acomode, la escritura de la historia se compone de acuerdo con las necesidades de explicación verosímil para que así nos regalemos las capacidades de tejer interpretaciones sin termino.

Tenemos la fortuna de vivir en estos tiempos. Las cuatro generaciones que de acuerdo con la lógica de Luis González y González convivimos hoy con posibilidades de acción social tenemos la suerte de poder impulsar la divulgación, el pensamiento, la discusión que permita reflexionar sobre aquella época de hace 500 años para tratar de sembrar de explicaciones nuestro presente y nuestro futuro. Nos invita a hacerlo con toda claridad el ya centenario José Luis Martínez cuando, recordando en un epígrafe a Octavio Paz nos señala, en esa obra cumbre de la historiografía que es su Hernán Cortés, que al pensar en esos tiempos los mexicanos podremos vernos a nosotros mismos con una mirada más clara, más generosa y más serena.

Grande es la oportunidad en este año. Los cinco siglos de mestizaje cultural son ocasión para exposiciones, congresos y seminarios de discusión, edición de fuentes, programas especiales, creación de cartografías, suma de pensamientos. Seguramente en los próximos días la Secretaría de Cultura dará a conocer el programa que tiene preparado para ello. Es el momento.

Está de nuestro lado la grandeza. El mestizaje cultural es el alma de México. Es lazo, urdimbre de cohesión social, esencia de nuestra vida cotidiana. Nos representa en cada aliento, en la inmensa diversidad de nuestros comunes ideales. Vive en nuestra gastronomía; lo vemos en la arquitectura vernácula, en la de los conventos, haciendas y catedrales; lo escuchamos en la voz de Chimalpahin, de Sor Juana Inés de la Cruz, de Juan Rulfo; lo oímos en la música de los sones de Veracruz, de Michoacán, de Guerrero o de Jalisco; lo vivimos en la forma de ocupar nuestras ciudades, en los colores para pintar nuestras casas, en la obra de Luis Barragán, de Ricardo Legorreta, de Teodoro González de León; lo cantamos en nuestras maneras de hablar.

Al desembarco en las riberas del río Grijalva en 1518, a la invención de Santa María de la Victoria sobre las ruinas de Potonchán en 1519 y, unas décadas después, a la fundación de San Juan Bautista a la que antes de que concluyera el siglo XVI Felipe II otorgó el título de Villa Hermosa, le siguió un tiempo que removió los siglos. El mundo no fue nunca más como había sido conocido. El universo mudó su carácter al crearse la cultura mestiza: cuna, raíz y fronda de lo que hoy es México; lanzadera de lo que hoy es Iberoamérica. Vayamos a construir el futuro visitando con pensamiento crítico esos tiempos de hace 500 años, cinco siglos, medio milenio.

La Jornada