¿Querés un guaipazo?

Por Mariela Castañón

El 11 de abril de 2016 fue asesinado Miguel Antonio Rojas, de 17 años, vivía en la calle, en condiciones precarias.  Faltaba un día para que se reflexionara sobre el Día Internacional de la Niñez en Situación de Calle, que se conmemora cada 12 de abril.  Miguel murió por disparos de arma de fuego en la 1ª. Calle y Avenida Reforma de la zona 10, mientras que otros dos de sus compañeros fueron heridos.

La Comisaría 13 de la Policía Nacional Civil (PNC) consignó en un informe que testigos dijeron que Rojas asaltaba, sin embargo, también refirió que los adolescentes “fueron confundidos con ladrones”.

En el documento había poca claridad sobre lo qué sucedió, cómo fue y en qué circunstancias. En el lugar la PNC registró testimonios de personas que tampoco estaban seguras de lo que había pasado.

Miguel fue identificado por Duncan Dyason, director de la Fundación Mi Arca, la cual trabaja con la niñez y juventud en situación de calle.

Por eso, busqué a Dyason, quien me explicó que Miguel estaba consciente de los problemas que podrían generarse al cometer un acto al margen de la Ley por lo que dudaba que estuviera delinquiendo.

“La mayoría de jóvenes con los que trabajamos tratan de vivir de manera tranquila, no están buscando problemas porque ellos saben que pueden traer problemas para los demás. La mayoría de ellos usan solvente para quitarse el hambre y el dolor que sienten, y piden dinero para sobrevivir y para su solvente”, reiteró Dyason.

Las palabras de Dyason me hicieron reflexionar sobre los niveles de insensibilidad a los que toda la población hemos llegado, porque mientras dormimos en una cama cómoda, con cobijas calientes, tenemos pan en nuestras mesas, un trabajo y hasta agua caliente para bañarnos, no estamos prestando atención a la necesidad de otros.

Después de la conversación con Dyason decidí buscar información sobre cómo viven los niños, niñas y adultos que deambulan por las calles, como seres invisibles, ante la indiferencia de todos.

Mi Arca fue el canal directo que me permitió llegar hasta la niñez de la calle.  Una desconocida no podía llegar a la esquina de los niños y adultos, invadir su espacio y decirles que quería escribir de ellos.  Necesitaba del apoyo de personas que trabajan con ellos y ellas.  Estos activistas son personas nobles que han llegado hasta lavar los pies a la niñez de la calle, curar sus heridas, suplir sus necesidades de corto, mediano y largo plazo.

Fue impactante ver a personas adultas aferrarse a su esquina en una banqueta, bebiendo botellas de alcohol, oliendo solvente, sin tener conciencia del día, fecha y hora.

Ese día hablé con un señor que tenía varios años de vivir en la calle, me comentó que era de Chiquimula y que había abandonado su casa cuando era niño porque era víctima de maltrato.  Me dijo que recordaba que tenía 12 años cuando salió de su casa y que había aprendido a sobrevivir en las calles.  Fue amable, las otras personas me miraron con desconfianza y me dijeron que no querían hablar conmigo porque no me conocían, respeté su espacio y me retiré.

Después fuimos a “la Casona” en la zona 4, un lugar donde un grupo de niños y jóvenes se encontraban.  Empezó la lluvia y todos se refugiaron en su esquina, se aferraron a sus colchonetas sucias, a su perro, tratando de resguardarse de la lluvia, cuidándose unos a otros, solidarios entre sí.

Una jovencita se acercó y me preguntó mi nombre.  Uno de los activistas le comentó cuál era mi propósito de estar junto a ellos.  Me dijo: “venite aquí no te mojes” y me acercó a la cornisa de una casa, con la manga de su chumpa limpió las gotas de lluvia que caían sobre mi cabeza y me indicó que debía pegarme más a la pared para que el agua no me afectara. Le respondí gracias.

Me preguntó si quería quedarme a vivir con ellos, que siempre era mejor estar acompañada de otros compañeros como ella y su hermano lo habían hecho todo este tiempo.  En la otra manga de su chumpa tenía escondido algo, era un pedazo de toalla con oler a solvente.

¿Querés un guaipazo?, me dijo.  Le pregunté qué era “un guaipazo”.  Acercó la toalla a mi nariz, sentí el olor a solvente.  Ella me dijo que si tenía frío o hambre no lo sentiría con el “guaipazo”.

Le respondí que agradecía por compartir conmigo su “guaipazo”, pero que prefería no olerlo.  Ella no se molestó.

Ese día pensé las veces que muchos de nosotros, me incluyo, hemos pasado por la Casona, sin detenernos a ver a tantas personas que sufren por las circunstancias de vida, por las razones de las que han huido de su casa, por el estigma, porque deben escapar todo el tiempo de la gente que no los quiere cerca, deambulan de banqueta en baqueta para buscar un espacio donde refugiarse del frío, lluvia y el sol.

También entendí cuán solidarias y nobles pueden ser estas personas, que sin conocerme ni tratarme antes, me compartieron su esquina, su banqueta, su “guaipazo”.  Limpiaron las gotas de lluvia que cayeron sobre mi cabeza y me aconsejaron que siempre es mejor estar acompañada cuando se vive en la calle.

Varias organizaciones como Mi Arca, Asociación Movimiento Jóvenes de la Calle, mujeres ejemplo como Eluvia Velásquez, entre otras, hacen mucho por estos niños, niñas y adultos con los recursos que tienen.  Ojalá todos nos involucremos más para saber qué podemos hacer por estas personas.  Desde el espacio donde nos corresponde, creo que podemos aportar algo.

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