¡No olvidar! 50 años después

 Por Américo Saldívar V.

n esta colaboración presento algunas reflexiones de carácter personal sobre mi experiencia vivida el 2 de octubre en Tlatelolco, que me llevan a refutar la versión de que esa tarde el Ejército cayó en una trampa.

La tesis de la trampa contra el Ejército, manejada por el entonces secretario de la Defensa Nacional, Marcelino García Barragán, debemos rechazarla a riesgo de que prevalezca la verdad histórica oficial y tergiversada sobre el movimiento de 1968. Lo cierto es que en Tlatelolco se trató, más que de una provocación, de un grave error. No se puede entender de otro modo que durante más de media hora haya habido fuego cruzado bastante nutrido entre las propias fuerzas represoras sin que se detuviera la balacera, a pesar de los varios generales y muchos oficiales que intervinieron en la operación Galeana y que se convirtió en una verdadera emboscada.

Pero para nosotros los participantes, que fuimos literalmente venadeados, se trató de una grave impericia e irresponsabilidad del Ejército y los mandos militares, entre los cuales estaba también el Estado Mayor Presidencial (EMP), con intervención directa de las llamadas guardias presidenciales. También se manejó la tesis de una supuesta amenaza de golpe de Estado y situación de emergencia nacional, burdamente sostenida por políticos, jueces y militares.

Como asistente al mitin y de acuerdo con lo que esa tarde pude apreciar, los que iniciaron la demencial balacera fueron tanto los francotiradores, guardias presidenciales del EMP, así como los elementos del batallón Olimpia, provenientes de la policía militar, encargados de apresar a los líderes que se encontraban en el edificio Chihuahua sin disparar un solo tiro, cosa que no ocurrió.

La verdad es que en medio de la trifulca y tiroteo estábamos esa tarde más de dos o tres millares de activistas y simpatizantes desarmados, inofensivos, que ese miércoles nos manifestábamos en el mitin de manera pacífica.

Al ver que los del guante blanco apuntaban contra los del micrófono en el segundo piso del Chihuahua, varias decenas corrimos hacia allá en un vano intento por apoyarlos. En ese preciso momento los del Olimpia dirigieron sus balas contra nosotros. Por ello presentar la tesis de la provocación y supuesto fuego cruzado entre estudiantes y Ejército constituye una verdadera y burda coartada para eludir la responsabilidad central de este último en la barbarie.

El sociólogo R. K. Merton apuntaba que deben asumirse las consecuencias de tus propias decisiones, tengan éstas resultados positivos o negativos, esperados o inesperados. Los errores, ineficiencias u omisiones cometidos el 2 de octubre no eximen al Ejército, en su conjunto, de constituir una máquina poderosa de control social que definió, en primera y última instancias, el terrible desenlace de la protesta legítima del 68, así como de muchos otros movimientos previos y posteriores. Fue una operación de Estado.

Si bien para el 2 de octubre se apreciaba ya una disminución de la capacidad de movilización y lucha del M68, la represión de Tlatelolco fue el tiro de gracia y la puntilla que forzó al movimiento a vivir a salto de mata en condiciones precarias para la resistencia ulterior. Con la mayoría de los líderes del Consejo Nacional de Huelga presos y el resto en situación de clandestinidad extrema, mantener viva la protesta era prácticamente insostenible. El 5 de diciembre la mayoría de los líderes aún en libertad aprobaron el Manifiesto a la Nación 2 de Octubre, con la decisión de levantar la huelga.

¿Qué enseñanzas nos dejó el movimiento del 68? A 50 años de distancia recordamos un pasado que no nos deja en paz, no sólo porque fue reprimido y derrotado para sus efectos inmediatos prácticos, sin desestimar su importancia, sino porque no se hizo ni se ha hecho justicia y no ha terminado de cicatrizar la herida. Además, al no haberse aceptado ninguno de los seis puntos del pliego petitorio, la represión dejó un sinfín de secuelas de estancamiento sociopolítico y de la vida democrática mexicana, amén de las decenas de muertos y heridos, así como centenas de prisioneros políticos resultado de las luchas mantenidas por varios meses.

Hablamos de un evento que ya resulta histórico, sin duda el más importante de la segunda mitad del pasado siglo, que levantó problemas largamente anidados y desatendidos por décadas, destacadamente el rezago democrático y el autoritarismo asfixiante del régimen político. Su no triunfo impidió el que éstos no se atacaran ni resolvieran con prestancia y decisión, pues el régimen político y los grupos de poder no supieron ni fueron capaces de entender los dos reclamos centrales de la lucha: ¡libertad de los presos políticos y libertades democráticas!

Hoy, gracias a los resultados de julio, el Estado mexicano empieza a reconocer la importancia y legitimidad de ese acontecimiento, asumiendo su responsabilidad en el mismo. ¡Enhorabuena!

*Sobreviviente del 2 de octubre

La Jornada

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