No lo vieron venir

Por Epigmenio Ibarra 

Se supone que la guerra sucia tiene como objetivo sembrar la confusión en las filas del enemigo y facilitar así su destrucción. La mentira, los infundios, los falsos rumores, la ridiculización del adversario deben generar una ola de desprestigio e infundir una mezcla precisa de miedo y odio en su contra para cerrarle el camino de la victoria.

Anaya, Meade, el propio Peña Nieto, los grupos empresariales y los periodistas e intelectuales al servicio del régimen siguieron al pie de la letra el manual. Desataron una ofensiva integral de guerra sucia contra Andrés Manuel López Obrador, gastaron en ella centenares de millones de pesos, utilizaron todos los medios, se creyeron capaces de manipular a una sociedad conservadora y agobiada por la inseguridad. En lugar de infectar y confundir al electorado, los infectados, los confundidos fueron ellos.

Su análisis de la actuación de López Obrador estuvo siempre preñado de los prejuicios que la guerra sucia debería haber generado en el electorado. Ellos sí se creyeron los infundios, las mentiras, los rumores que supuestamente deberían desfondar al tabasqueño. Se compraron la caricatura que de él habían hecho y que difundieron profusamente. Su manera de ver y juzgar la contienda electoral estuvo matizada por el desprecio y la tendencia a minimizar a un oponente que, prácticamente, los borró del mapa.

Víctimas de su propia estrategia simple y sencillamente no vieron siquiera venir a López Obrador y mucho menos se dieron cuenta de cómo se iba gestando esa avalancha social en la que se convirtió su campaña. Una avalancha que terminaría por sepultarlos.

“Solo habla –y lento- de corrupción; es repetitivo, simple y rudimentario” pensaban de López Obrador y enfocaban en esa dirección todas sus baterías. Uno era el más preparado, el otro un brillante orador. Ninguno de los dos cesaba de hablar de el, de caricaturizarlo y de hacerlo casi en los mismos términos. Ambos se colocaron así, a pesar de sus disputas internas, en la misma orilla dejando en la de enfrente a Andrés Manuel y a la mayoría de los votantes.

No se dieron cuenta cómo, en lo que puede considerarse una especie de revolución copernicana de la izquierda, López Obrador logró, por fin, escapar de las premisas ideológicas tradicionales que limitaban su crecimiento y articular un discurso que movilizó a esa enorme masa de población que lo llevó a la presidencia.

En lugar de seguir insistiendo en que el capital y la plusvalía son los causantes de la desigualdad, López Obrador con un discurso heterodoxo de izquierda, colocó a la corrupción como la causa fundamental de la descomposición del país. Una descomposición causada por la enorme desigualdad entre quienes tienen el poder o se benefician de él y los muchos millones de obreros, campesinos, empresarios, comerciantes, la clase de la que son parte importa poco, que son las víctimas directas de ese cáncer.

De la lucha de clases como motor del cambio se pasó a la lucha entre las mujeres y hombres de bien contra los corruptos y sus cómplices. De la guerra como “partera de la historia” se pasó a la movilización electoral como instrumento de transformación. El régimen pasó a ser el enemigo común y alineados con él estaban Meade y Anaya y los partidos que los postularon.

De pronto, en este país, bastó a cualquiera con ser decente para ser revolucionario y esa consciencia, la de ser protagonista de una transformación, sin ser necesariamente el obrero o el campesino explotado, generó un entusiasmo y una autoconfianza en la gente, de muy distintos estratos sociales, que se supo capaz de hacer historia, de ser protagonista de la misma.

López Obrador sacó a la izquierda de la capilla marxista tradicional. Convocó a la nación a una insurrección cívica, se hizo portador de los agravios sufridos durante décadas y más que promesas de campaña –eso tampoco lo entendieron jamás sus oponentes- supo articular un programa con las reivindicaciones más sentidas por capas de población tan amplias como diversas.

Una y otra vez -tuve el privilegio de registrar con mi cámara mítines en 17 estados- López Obrador repetía el mismo discurso, tocaba las mismas fibras. Se excusaba incluso, con quienes lo acompañaban de una ciudad a otra: “La obligación de un artista, de un escritor -decía- es no repetirse; la de un dirigente político es insistir con terquedad para crear consciencia”. Y así fue; creó conciencia en millones de personas sobre la urgencia y la posibilidad real de un cambio.

Sus mítines, cada vez más concurridos fueron la oportunidad para que la gente al reconquistar el espacio público, del que en muchos estados se ha visto expulsada por la inseguridad, se reconociera en los otros y al verlo a él moverse, “como peje en el agua” entre la multitud y sin seguridad, se reconociera en él; lo viera como uno más, se sintiera fortalecida y esperanzada y le creyera cuando afirma que el poder ha de ejercerse con humildad y para servir a la gente.

Se produjo así –eso tampoco lo supieron ver quienes hablaron de fanatismo en torno a López Obrador o repitieron una y otra vez aquello del “mesías tropical”- una recomposición casi instantánea del tejido social. Esa sociedad sin miedo no podía ser infectada con mentiras emitidas a larga distancia, elaboradas por estrategas que no pisan las calles y repetidas por periodistas e intelectuales que, acostumbrados a pasearse por los pasillos de Palacio, no dejan de ver con cierta repulsión a “las masas”.

Y esas masas están ahí. Pendientes de que ese hombre, que en otro giro sustantivo en la estrategia de la izquierda, no se colocó ni colocó a la vanguardia al frente sino detrás de ellas, no les falle. Listas para lo empujarlo cuando sea necesario y hacer así posible e inevitable el cambio.

Los enemigos de López Obrador, que son legión, esos que no lo vieron venir no son tampoco capaces de ver el calado real de la transformación que comienza a tener cuerpo. Ya los arrastró la avalancha social en las urnas pero no aprenden. Se compraron sus propias mentiras y siguen repitiéndolas con más amargura, más odio y menos tino.

SinEmbargo
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