Mujer, portera, pionera

Irene González, la primera futbolista, jugó como si el fútbol de los años veinte no estuviera restringido a las mujeres

Irene González Basanta experimentó el éxito por igualación. La suya no fue la típica historia deportiva de la que se descuelgan los trofeos de las vitrinas, sino el relato de quien participa de un espectáculo como si obviase que a ojos del público no es una más. Cómo explicarlo: Irene jugó al fútbol entre hombres en un equipo semiprofesional de los años veinte. Y poca más heroicidad cabría añadir al relato de una mujer que viste la camiseta de un club en aquella época, a menos que se quiera omitir la condición principal de su triunfo: Irene fue la primera.

Cuando el deporte no se conocía como deporte, sino como «sport», Irene ya intuía que su futuro se lo iba a labrar detrás de una pelota. Nacida en La Coruña en 1909, algunos cronistas sitúan sus inicios en el club del barrio de Orillamar, pero dio el salto a la popularidad con sus apariciones en el campo de A Estrada, un terreno asomado al Atlántico entre las dependencias militares del cuartel de Atocha.

Primero comenzó jugando de delantero centro, y como las trayectorias de futbolistas que administran el esfuerzo pero atesoran la calidad, fue retrasando su posición. Solo que la suya llegó hasta el final: hasta la portería. Cuenta el periodista Carlos Castro —colaborador del documental de Óscar Losada, «Irene a porteira»— que en los partidos se demostraba como una futbolista «de calidad» a la que «no le costaba ir al choque con el delantero». Tampoco le amedrentaba el hacerse grande en el área para «ir al uno contra uno e intentar tapar puerta».

Castro, en realidad, es mucho más sutil en su reseña de lo que lo eran entonces las notas de prensa. Irene era un polo de atracción, una figura en cierta medida admirada por su capacidad para llenar campos, y como tal las crónicas pedían adjetivos gruesos que resaltaran su condición de mujer no precisamente atiplada. «Recia» o «marimacho» la calificaban en ocasiones. En otras se destacaba su atuendo a base de pantalones bombachos a la altura de las rodillas y los zapatones para no encallar la pisada, como da fe una de las pocas imágenes que se conservan de ella, y que reposa en el archivo de ABC.

Por lo demás, «era muy mal hablada», resalta Castro,«ponía orden en la defensa y no se cortaba nada». Tampoco en la afrenta con la suerte. Junto a uno de los postes de la portería, solía colocar un pequeño amuleto de trapo para espantar el mal fario, su mal fario, que era el gol. La idea la había tomado del «Divino», el gran Ricardo Zamora.

El Irene F. C.

Los años veinte fueron años de cierto caos para el fútbol en Galicia. Castro cuenta que el campeonato era en realidad un amalgama de equipos provinciales puestos a competir «sin rigor», cuando no salpicados por algún escándalo. En ese contexto, Irene decidió fundar su propio equipo, el Irene F. C., y convertirse, no ya en la primera mujer que se pone debajo de los palos, sino en ser la primera en ocupar aquello que después se conocería como «los despachos».

La frontera entre el profesionalismo y el amateurismo era una neblina, pero el Irene F. C. aprovechaba el tirón de su fundadora para reclamar honorarios. Era un prólogo de la modernidad. Las «giras» del equipo se hacían por las fiestas de la provincia, adonde acudían a cambio de una única condición:«Que jugara Irene de portera», relata Castro. Los beneficios se repartían después entre la plantilla.

Con el paso de los años el fenómeno Irene fue cimentándose sobre la fórmula de los estadios llenos y las habladurías populares. Fue así sin siquiera haber cumplido veinte años. Entonces la enfermedad la incapacitó para seguir atajando bajo puerta, y los coruñeses, en contrapartida a lo que Irene les había entregado en forma de espectáculo, se volcaron en ayudarla a costear el tratamiento, y algunos enseres personales. El periodista Carlos Freite, autor de «Todo sobre o fútbol galego», recuerda en una de las pocas reseñas que existen sobre Irene que se llegó a organizar un partido para recaudar fondos. En 1928, un aficionado incluso publicó en «La Voz de Galicia» una llamada «a los buenos sentimientos» de los aficionados en una carta titulada «Hay que socorrer a Irene». «Si varios de ellos contribuyesen con la cuarta parte de lo que suelen pagar por una entrada al campo, y el equipo campeón quisiera ganar este partido de la caridad y el compañerismo, sería el más simpático de cuantos partidos lleva jugado», apelaba.

Irene ese partido lo perdió. Falleció con solo diecinueve años, pero su triunfo perduró en forma de canturreo de las niñas coruñesas: «Mamá futbolista quiero ser / para jugar como Irene que juega muy bien. Mamá cuando sea mayor /ganaré mucho dinero jugando al fútbol». La emancipación en la pelota.

ABC

Categories: Ventana al mundo