Memoria de Brasil: ¿negligencia, desidia o amnesia?

Por José Steinsleger

tras el triunfo de Jair Messias Bolsonaro, millones de brasileños y latinoamericanos sintieron una angustia similar a la de Eric Nepomuceno. En Página 12, de Buenos Aires, el corresponsal de La Jornada en Río de Janeiro, escribió un texto con fuerte carga emotiva, (Adiós, mi país, adiós, (29/10), y uno más analítico en este espacio (Urnas brasileñas parieron a un Pinochet, 30/10).

En el primero, Eric cuenta que en víspera del balotaje, su hijo le propuso: hay que llevar un libro. Un modo de responder a Bolsonaro, quien en su campaña dijo que quería ver a cada brasileño con un arma en la mano. Agrega: “Mi compañera eligió Las venas abiertas de América Latina, de nuestro hermano Eduardo, y yo O Povo Brasileiro, de mi segundo padre, Darcy Ribeiro”.

Y mientras caminaba junto con su familia al sitio de votación, Nepomuceno observó “a parejas, grupos de jóvenes y ‘gentes de mi generación’, con libros en las manos”. Simultáneamente (y en no tan rara sincronía), me hallaba revisando El siglo del viento, tercer tomo de Memoria del fuego, de Galeano.

En los meses recientes he leído docenas de análisis sobre Brasil. Casi todos muy buenos, precisos, bien informados. Incluyendo también Las 14 características del fascismo, de Umberto Eco, notable novelista y semiólogo, aunque poco versado en historia y política de América Latina.

En el numeral dos, Eco sostiene que el principio de la depravación moderna sería el rechazo al modernismo (la ilustración, la edad de la razón) y en este sentido lo que él llama ur-fascismo (el fascismo eterno) podría definirse como irracionalismo.

Un enfoque eurocentrista (y por ende universal) que suena bien. Sin embargo, me pregunto si sonará igual en los oídos de un sertanejo, guajiro, aymara o maya quiché. Pero en ninguno de los textos de marras encontré algo más atinado al párrafo que Galeano dedicó al segundo padre de Eric Nepomuceno: “1979. Darcy Ribeiro recibe el título de doctor honoris causa de la Sorbona. Él acepta, dice, por ‘mérito de sus fracasos’. Ha fracasado como antropólogo, porque los indios del Brasil siguen condenados a la aniquilación. Ha fracasado como rector de una universidad que él quiso que fuera transformadora de la realidad. Ha fracasado como ministro de Educación en un país que multiplica analfabetos. Ha fracasado como miembro de un gobierno que intentó la reforma agraria y controlar al caníbal capital extranjero. Ha fracasado como escritor que soñó con prohibir que la historia se repita. Estos son sus fracasos. Estas son sus dignidades”.

Todos los libros de Galeano enaltecen a los hombres, mujeres, niños, viejos, escritores, intelectuales y artistas que no se engañan a sí mismos. Como en el caso de Ruy Barbosa (1849-1923), liberal, masón, escritor, jurista, coautor de la primera constitución republicana de Brasil y abolicionista de la esclavitud que, siendo ministro de Finanzas, autorizó la destrucción de los archivos gubernamentales relacionados con la esclavitud (1890).

La docta y universal Wikipedia recuerda a Barbosa con una de sus frases para el bronce: De tanto ver triunfar a las nulidades, de tanto ver prosperar la deshonra, de tanto ver crecer la injusticia, de tanto ver agigantarse los poderes en las manos de los malos, el hombre llega a desanimarse de la virtud, a reírse de la honra, a tener vergüenza de ser honesto. Pero Galeano dispara desde otro lugar. En Retrato del abogado más caro de Brasil, dice que el prócer constitucionalista “…se opuso a la vacuna antivariólica en nombre de la libertad [ya que…] el Estado no tiene derecho a violar el pensamiento ni el cuerpo, ni siquiera en nombre de la higiene pública […]. Fundamenta su fe con eruditas citas de romanos imperiales y liberales ingleses. Abogado de la empresa extranjera Light and Power, que en Brasil manda más que Dios”.

Ídem con la imagen de Gilberto Freyre, autor de Casa-grande e senzala, gloria de la literatura de Brasil, y panegirista de la dictadura militar (1964-85):

1973. A 40 años de la primera edición de la obra, el autor celebra con camareros disfrazados de esclavos que sirven las mesas. Decoran el ambiente con látigos, cepos, picotas, cadenas y argollas de hierro que cuelgan de las paredes. Los invitados sienten que han vuelto a los buenos tiempos en que el negro servía al blanco sin chistar, como el hijo servía al padre, la mujer al marido, el civil al militar, y la colonia a la metrópoli.

¿Cuál es la novedad de un Bolsonaro, cuando su ideología cierra con la esclavocracia imperial y seudorrepublicana, de la que la sociedad brasileña nunca pudo liberarse?

Habrá que estar en guardia frente a lo que se viene, agarrándonos del viento, con las uñas (Juan Rulfo).

La Jornada

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