Mayo feminista: La rebelión contra el patriarcado chileno

Texto de presentación del libro Mayo feminista: La rebelión contra el patriarcado.

Esta lectura es un agradecimiento. Las gracias profundas a cada una de las compañeras, compañeros, compañeres, con “e” y con “x”, que respondieron a la urgencia. Escribir la historia del feminismo, su propia historia, es rebelarse contra el patriarcado que nos ha dejado marginadas a un pequeño recuadro de la historia que se nos ha mostrado como neutral e imparcial. “En 1952 las mujeres de Chile votaron por primera vez en una elección presidencial”, señalan los pequeños cuadros de ¿sabías qué? de los libros de historia y ciencias sociales del Ministerio de Educación. No hay nombres, ni mujeres, ni feminismos.

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Una historia que pareciera no tener autor, con la cual debemos coincidir, y de la cual, sin embargo, no somos parte. Esa historia de las dominaciones, de las opresiones, de la relegación al rol de la reproducción, es la historia a la cual Mayo Feminista se rebela. Los patios traseros del poder, los patios comunes de los conventillos donde nos hemos reunido a gestar la política, o mejor dicho, una política: una política otra. El tejido enredado del feminismo/los feminismos, con sus nudos y sus lugares comunes, nos convoca a articulaciones para la resistencia. Las escrituras que hoy nos reúnen, provocan a todas quienes estuvimos y estamos en este campo de disputa, la sensación de que si somos las locas, las locas somos cada vez más, y hace siglos hay locas tramando y tejiendo el camino que hoy podemos recorrer. Espero que cada una, uno, une de ustedes pueda encontrarse en estas palabras, dibujadas con la profunda emoción y admiración que sentí y siento con cada una de sus escrituras.

“Las mujeres en la historia son únicas, siempre están solas y sus historias son narradas en el vértigo de la primera vez”. Para muchas de nosotras, la mayor enseñanza de este estallido feminista fue comprender que nuestra lucha siempre es en colectivo, que no existirá “la” dirigenta, “la” vocera, “la” representante del mundo feminista. Al levantarse la toma de derecho de la universidad de Chile, quisieron decir que mi caso era la excepción, a lo que respondimos con fuerza que nuestra toma no era la única, y que la violencia de género y el abuso de poder eran problemas estructurales. Entonces quisieron decir, que era la primera, a lo que nuevamente respondimos con fuerza, como las compañeras de Valdivia y Temuco se habían organizado unas semanas antes que nosotras. Me nombraron como el caso emblemático, la niña símbolo, la primera, la más relevante, la cabeza del movimiento. Sacaron mis iniciales a la luz, luego pedazos inconexos de mi relato, de mis vivencias.

La historia del patriarcado nos informó que la violencia de género no es algo tan grave si no estamos muertas, y que si estamos muertas podemos tener una ley con nuestro nombre. Que es algo natural, que éramos las histéricas, las exageradas, que ¿qué es eso de una educación no sexista?, que la libertad de cátedra, que la libertad de expresión, que el debido proceso, que ¿cómo puede ser esto en una facultad de derecho?… la cuna de La República. La historia que intenta mostrarse desde aquella neutralidad, aquella que se dice imparcial desde el positivismo androcéntrico, y que nos denomina despectivamente como ideológicas, se contrapone a esta historia, una historia que volvió para quedarse y no va a dejar ser contada. Nuestra historia.

La mitología que entraman las políticas del género, había dejado la lucha de las mujeres y disidencias sexuales en un marco inconexo de demandas suspendidas en el aire. Las mujeres no tienen lugar, ni tiempo. La supuesta minoría en que se encasillan los problemas de género, en este escenario, a lo más que puede aspirar es a ser “un sector”. El sector de las mujeres, el Servicio de las mujeres, el departamento de las mujeres. En la historia oficial las mujeres no tenemos clase, no tenemos raza, tenemos un solo cuerpo: vágina y útero, y tenemos dos formas de estar presentes y ser presentadas: como víctima o como madre. Es por esto que la palabra feminismo se mostró como palabra prohibida todos estos años. El género como dispositivo era activado cuando se hablaba de esa agenda que supuestamente se hacía cargo de nuestros asuntos. En los primeros años de la lucha feminista post 2011, en el movimiento estudiantil, constituimos secretarías y vocalías de género en los liceos y universidades, por miedo a ser tildadas de posmodernas o de dividir la lucha de los estudiantes.

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El velo del género nos anclaba en nuestro sector, aquel sector donde la masculinidad que se preocupaba de los grandes problemas de la política no podía entrar, ni hacerse parte. Sin embargo, el legado feminista del que somos continuidad nos empezó a interpelar también, para correr los cercos propios en los cuales nos habíamos mantenido. Las feministas al interior de los movimientos sociales habíamos existido desde siempre, solo faltaba una irrupción, una interrupción que activase cada una de las luces que portamos, aquellas luces que hoy iluminan nuestras luchas por la recuperación de los derechos sociales, contra la precarización de nuestras vidas, contra el despojo de un sistema que nos explota y acumula en base al sostenimiento que le dan nuestros cuerpos.

De este modo, la toma feminista es la toma del lugar y del tiempo, la interrupción de aquel orden que nos situaba en la suspensión propia del particularismo. Cuando el feminismo se sitúa en la lucha contra la precarización de la vida, y se plantea la disputa de la educación no sexista de manera masiva, son otras las aperturas y los riesgos. Ahí, lo que aquella historia oficial intenta decirnos nuevamente, es que dichas tomas están aisladas en nuestra cronología, que nuestro movimiento no es heredero de nada, que es una pataleta, que jamás lograremos algo a la altura del movimiento sufragista, que somos una élite venida a menos, encerradas en las paredes del academicismo.

Y entonces, nosotras nos miramos entre nosotras, miramos a nuestras compañeras que vuelven cansadas a la toma después del trabajo, a las trabajadoras que bajo el régimen precario de la subcontratación van a darnos apoyo, a quienes a veces no pueden venir por tener que cuidar a algún abuelo o familiar enfermo. Miramos nuestra deuda educativa, el beaucher que se nos ha vendido como supuesta gratuidad, la expulsión de la educación que ha significado para tantas otras antes que nosotras, el no someterse a los mandatos del acoso sexual. Nos miramos utilizando nuestros medios para la lucha invisibilizada que lleva el Machi Celestino Córdova, desplegando lienzos comunes. Recordamos y repensamos a Macarena Valdés y Marielle Franco, y entonces, la historia es de nuevo otra, esta historia. Nuestra historia. La de nuestras abuelas que se tomaron los conventillos para luchar por una vivienda digna, que migraron desde diversas latitudes para buscar mejores condiciones de vida. La de nuestras tías lesbianas que tuvieron que huir de la familia. La de las colas del barrio, la de esos niños que no se sentían tan niños, la de esas niñas que no se sentían tan niñas.

Entonces, al reconocernos en esa historia del feminismo. El feminismo incomoda, pues nuestro desorden, nuestra porfía implica saltar la reja hacia los patios delanteros del orden dominante. En esos patios trastocamos aquel espacio infranqueable de lo político, paralizamos la agenda del gobierno en las calles, transitamos lo político irrumpiendo en el género, en el capitalismo patriarcal que nos enseñó que nuestros cuerpos debían ser cubiertos cuando no servían para el consumo, y que calladas éramos más bonitas.

Y entonces, la incomodidad vino, puesto que en la toma feminista no hay voceros a los cuales pegarles una palmada en la espalda para zanjar los pactos de caballeros. “Oiga pos compadre, controle a su gente. No deje que se le descarrilen las yeguas”. Los presidentes se revuelcan en sus tumbas mientras la élite intelectual desarma los pilares de su debido proceso, trasviste sus emblemas, hace mixtos los baños. Esa misma élite intelectual cuya casa embargan las deudas del Crédito con Aval del Estado, mendiga subsidios habitacionales para sus familias, y lucha por pensiones dignas. Y aun así tienen la desfachatez de preguntarnos: ¿cuál es nuestra relación con el movimiento estudiantil?, porque el 2011 sí fue un verdadero movimiento político.

El 2018 venimos a notificar que nosotras somos el movimiento estudiantil. Mirar la alianza entre el sexismo y el mercado en la educación es profundizar en las demandas, que nuestros compañeros, “los grandes líderes de la política”, nunca quisieron mirar, puesto que hacerlo era mirarse también a ellos mismos. Las formas en que ellos también reproducían dicha opresión, el mandato implícito a que en la toma fuéramos a hacer los baños y la comida, mientras ellos seguían en las importantes negociaciones con el gobierno.

Y ahora que se han bajado nuestras tomas, los veremos nuevamente intentando restaurar aquel orden de comodidad. Los veremos nuevamente intentando encasillarnos en el ser víctimas y ser madres, y ser mujeres, y ser minoría. Ahora que pasó la revuelta, “podemos volver a la política”. Pero no, porque sin feminismo no habrá política posible, solo repeticiones, reiteraciones con empaques novedosos, “deconstruidos”, pero que terminan siendo más de lo mismo. Sin incomodidad no hay política, sin feminismo no habrá emancipación posible.

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Este transitar que nos propone Mayo Feminista, es para muchas de nosotras el respaldo de esperanza de que nuestro camino se va a seguir tejiendo, con todos sus nudos, con todas sus redes, con todas sus articulaciones. Ese mismo respaldo de esperanza que en un momento, donde la emoción, la pena y la rabia me carcomieron, salí llorando de una de las reuniones con el decanato y la rectoría de la universidad, donde se jugaba mi vuelta a clases y posibilidad de la bajada de la toma. Lo único que pensaba era: “la expulsada seré yo, mi delito fue romper el pacto de silencio, la sanción es la relegación al lugar donde nos han hecho pertenecer, y el cual me atreví a desafiar”. En ese momento, Faride Zerán y mis compañeras voceras de dicha toma, salieron tras de mí: “Si te vas, es una derrota para el feminismo”. Esas palabras, estas escrituras, son el recordatorio y las reflexiones que necesitamos dar, ahí cuando pensamos que todo está perdido. Por suerte, nunca se es loca sola. No sabían, ni saben, que las feministas somos la Hidra de Lerna, una bestia con un solo cuerpo, de múltiples cabezas. Por cada cabeza que corten, nacerán nuevas, con múltiples voces, con sus propios unísonos y disonancias.

Esta insurrección profunda, que se viene trazando hace siglos, que muchas y muchos de ustedes que hoy están presentes, que quienes estuvieron en las tomas de terrenos, en los campamentos, en los pueblos chicos, en la lucha por la democracia en los centros de madres, en las universidades, en los liceos, y hasta en los más impensados rincones vienen trenzando, me dio y me da la fuerza para reconocer mis dolores propios como heridas de guerra de la lucha contra el patriarcado, para que nunca más ninguna de nosotras seamos la cuna de los cuidados de La República, para unirme a trenzar el camino del cual hemos sido expulsadas como subalternas, para ser socialmente libres, y sacarnos lo hombre y lo mujer de encima.

SurySur

Categories: Chile, Feminismos, Género