Margarita Carrera, humanista

Por Delia Quiñónez

Margarita Carrera, ágil y fecunda en ejercicios del intelecto es, en primer lugar, poetisa de variadas y complejas facetas, donde lo existencial y lo filosófico invaden la médula de su palabra.

La obra literaria de Margarita Carrera, Premio Nacional de Literatura Miguel Ángel Asturias -1996- se abrió con   Poemas Pequeños, 1951; Poesías, 1957; Desde adentro 1964; y se fue concentrando con nuevas y reveladoras esencias, en   Poemas de Sangre y Alba1969; Del Noveno Círculo, 1977; Letanías Malditas, 1979; Salpra, 1984; Mujer y Soledades, 1970; Signo XX 1986; y más recientemente, Iracundia Dea.

El acto de escribir está visto por Margarita Carrera como una función abarcadora, absoluta, total. Como una actitud de vida donde cabe toda la dimensión humana del poeta, toda su epifanía y sus caídas irredentas; todo el ser y sus recodos vulnerables; todos los añicos del tiempo en una sola eternidad.

Ella recoge esa visión totalizadora del escritor que se sumerge en la palabra con todo el goce de que es capaz su nervio, su músculo, su piel. Entonces, escribir es el acto supremo para recuperar la vida, para tomarla entre las manos con sílabas de fuego o de misterio; para retomar el universo y desde el ancho cielo de la memoria, reconstruir o destruir lo vivido. La vida y la muerte, el amor, la sensualidad, el erotismo y la afirmación de la mujer como sujeto y no objeto, forman parte del discurrir poético de Margarita Carrera. No falta, por supuesto, su incursión en el pensamiento helénico y todo ese mundo de plenitudes que es la cultura clásica.

Paralelamente a su expresión poética, ella ha consolidado una obra ensayística seria y sistemáticamente publicada en libros, revistas, suplementos culturales o columnas de opinión.

Poetisa de sólidas arquitecturas, ha   roto la síntesis de su poesía para abrirse paso en los campos sin fronteras del ensayo, donde son capaces de unirse el creador y el estudioso profundo del pensamiento de los hombres que, a su vez, han recreado o han interpretado el mundo.   El poder de discusión con que Margarita enfrenta y replantea el pensamiento de los grandes autores y creadores surge, a mi juicio, de un intenso e inextinguible amor hacia la capacidad creadora del hombre. Para Margarita, dudar y discutir es valorar. Todo lo contrario, es ignorar.

Antropos, una de sus obras de ensayos fue seleccionada, en 1982,   finalista en el XI Premio Anagrama. A ese título siguieron: Rebeliones y revelaciones en la obra literariaContra Reloj y Literatura y psicoanálisis; cuatro obras que, en su momento, 1985 fueron publicadas bajo el título de Obra ensayística.

En los ensayos de Margarita Carrera vibra la pasión porque ella no puede desvincular lo más fuerte o lo más amargo e incierto del ser humano: el amor, la muerte, la angustia de existir; la impotencia de la razón para el hallazgo de la felicidad. Margarita Carrera es apasionada porque reconoce los ámbitos donde el hombre sufre y llora con más intensidad, con más desgarrada soledad. Porque ama la raíz espiritual donde el hombre latinoamericano debe encontrar su propia salvación. No le es ajena la pasión que circula por las venas de Asturias o de Carpentier; ni la exuberancia de América ni las islas de angustia de nuestro continente.

Sin embargo, la obra de Margarita Carrera adopta un compromiso. Un rotundo compromiso con la literatura, con su pueblo, con su época y consigo misma. Cree en el hombre como ser social, en la hermandad de éste con la literatura, en aquellos que hacen de ese vehículo de cultura, un instrumento para mejorar y ennoblecer la calidad material y espiritual del ser humano. Pero también revela su apego a la libertad individual, a la postura siempre vigilante frente al dogma o frente a todo aparato que intente arrojar el pensamiento o el acto creador del ser humano en general y del artista en particular.

Margarita Carrera Molina también ha incursionado en la narrativa, principalmente con su valiente como exitosa obra En la mirilla del jaguar, (2002) donde la crueldad de la muerte se agiganta y se hace cada vez menos comprensible a la luz de los valores personales y de ejemplar conducta   de Monseñor Juan Gerardi, (asesinado el 26 de abril de 1998); y de otros que han luchado y que, sin previo juicio, han muerto en la búsqueda de una patria más humana.

Dos obras autobiográficas enriquecen la obra de la autora: Sumario del Olvido y Sumario del Recuerdo. Esta última es, a mi modo de ver, una gran lección de paciencia, humildad y rebeldía en donde deja un hermoso testimonio de sí misma. Ella camina con fuerza y agilidad extraordinarias en medio de una vida dolida, pero plena en sus realizaciones; audaz, pero prudente en su misma apasionada circunstancia; lúcida, pero mágica en la grandeza de su inagotable creatividad.

Existe en la densa obra literaria de Margarita, la coherencia conceptual entre cada una de las facetas donde su obra se articula. Es una especie de ramaje vital que la sostiene, de cara a su personal visión del mundo; por cierto, un mundo nutrido por lo más influyente del pensamiento universal. Y en el centro, esa pasión de Margarita que circula en toda su obra.

A propósito de esa coherencia entre pensamiento y obra, Margarita Carrera ha logrado plasmar en ella su sentido de libertad. Ella ha sido consecuente con todo aquel que en medio de su enorme soledad ha de encontrarse cada día con lo inescrutable y en un mundo igualmente incierto en donde es a la vez, un ser social, rodeado de otros seres humanos tan complejos como él, y tan vulnerables en su deambular por el mundo.

Ella encarna la capacidad del escritor que sabe dar unidad a su obra, adentrarse en su propio mundo para captar la realidad que le circunda, sin distanciarse de la reflexión, sino reflejarse en ella.

Margarita Carrera, (primera mujer graduada en Letras por la Universidad de San Carlos de Guatemala, primera en ingresar a la Academia Guatemalteca de la Lengua;   y distinguida por muchas instituciones, entre ellas la UNICEF) ha sido capaz de revelarnos, sin reserva y con gran dignidad académica, todo un mundo espiritual que su talento y su ángel (ella no dejaría de mencionar a sus demonios) han transformado en poesía, ensayos, narraciones.

¿A dónde ha conducido toda la creatividad reflexiva de Margarita? Sin duda alguna, a espacios susceptibles de ampliarse y multiplicarse gracias a su docencia, de la que muchísimos alumnos, maestros y académicos de varias generaciones han recibido el influjo de su pensamiento, de su vocación magisterial, de su devoción por la palabra. Voz multiplicada en sus columnas de opinión publicadas en los más importantes medios de comunicación de Guatemala.

Las numerosas distinciones, reconocimientos, premios literarios y otros actos de justicia quedarán siempre escasos frente a la calidad de su quehacer de escritora y educadora. (Quetzal de Oro APG, lo Juegos Florales Hispanoamericanos de Quetzaltenango o su Alma Máter)

En cada una de sus expresiones, reconocemos una obra literaria tan sólida y un pensamiento ejemplarmente reflexivo como el suyo. Por todo lo dicho y por lo mucho que habría que decirse, Margarita Carrera Molina es un ejemplo de vida cuyo compromiso ha sido siempre el de la labor fecunda, aquella que ha florecido   gracias a su espíritu y a su corazón de humanista inclaudicable.

Azacuan

Categories: Cultura, Guatemala, Reseña