“Los sectores ilustrados de la sociedad no tienen hábito cultural”

Por Daniel Cholakian

José Miguel Onaindia parece vivir con extrema naturaleza su andar entre Montevideo y Buenos Aires. Me cita en un bar, temprano por la mañana, a pocas cuadras del puerto y a minutos del desembarco de su viaje desde la costa uruguaya. Llega con absoluta puntualidad y un aspecto tranquilo, como si viniera caminando desde su casa.

Es la representación del caballero de películas de los años ’60, atildado, cordial, muy preciso en sus palabras. Onaindia es una suerte de David Niven rioplatense.

Abogado, llegó desde el derecho a la gestión cultural. Actualmente es coordinador del Instituto Nacional de Artes Escénicas de Uruguay, pero tiene una larga trayectoria en la gestión cultural a uno y otro lado del Río de la Plata. Fue presidente del Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales (INCAA) de Argentina a comienzo de siglo, siendo responsable de la puesta en marcha de la ley de cine y un actor clave en el comienzo del ciclo de crecimiento de la cinematografía nacional.

Infobae Cultura dialogó con Onaindia sobre su paso por el INCAA, la política cultural en Argentina, la cuestión de la gestión pública a uno y otro lado del Río de la Plata, el significado de la existencia de un ministerio y la poca importancia que los dirigentes políticos suelen dar a la cultura. Además propone una mirada crítica sobre los espectáculos masivos como práctica habitual de los organismos culturales.

–Su gestión al frente del INCAA fue una suerte de bisagra luego de sancionada la ley de cine (1994) ¿por qué ocurrió eso a pesar de que ocupó el cargo en el período de mayor crisis económica del país (2000-2002)?

-En realidad la mía fue la gestión que puso en funcionamiento la ley. Yo armé el primer consejo asesor. Se incorporó toda la gente joven que hasta entonces no había tenido acceso. Se pudo construir un consenso dentro del cine, pese al ambiente tan tenso en lo político.
Yo me propuse que dialogaran. Había distintas asociaciones de directores y productores que no se sentaban a conversar en la misma mesa. Hasta que yo al tercer mes dije: ‘miren yo no puedo tener un diálogo con dos entidades, otro con dos entidades, porque después salen y unos comentan una cosa y otros, otras. Entonces yo lamento que no se saluden’. Y finalmente se fue armando y construyendo consenso. Trabajé muy bien con el consejo asesor donde eran todos opositores políticos al gobierno que yo representaba. Entre ellos estaba Octavio Getino con quien me llevé maravillosamente bien y coincidíamos. Hay gente con la que no coincidís en la interpretación histórica pero coincidís en el pensamiento sobre la cuestión, entonces superás esa valla. También estaba Antonio Ottone, que había sido director del INCAA durante el menemismo, con quien tuve una excelente relación. Y estaban los cinco representantes de las provincias, que eran todas gobernadas por el peronismo, con los que también tuve la mejor relación. Así que para mí fue una práctica de consenso y de acercar posiciones.
Los diferentes sectores no son competitivos sino que suman. La película del joven que aspiraba a ser, que se había hecho con muy poco dinero y aspiraba a tener 30 mil espectadores -en ese momento que era lo que estilaba una película chica- no competía con las películas de Suar que aspiraba a 2 millones y medio. Entonces, me parece que es esa mirada de diversidad la que se pudo lograr. En parte por eso aumentó mucho la producción y aumentó mucho la cantidad de estrenos.
Por primera vez en el año 2000 se superó la marca que venía desde 1954, ya que se filmaron 46 películas. La producción media del cine argentino había sido entre 25 y 35. En el año 1993, antes del dictado de la ley, se habían estrenado apenas 14 y no habían llevado ni dos millones de espectadores al cine en todo el año.

–En relación con esta construcción de consenso y a partir de las prácticas y los intereses de quienes son parte de la cultura, en ese compartir proyectos y escollos ¿hay un espacio de encuentro que sea más difícil construir en otro campo?

-A mí me parece que lo puede haber. El problema es que a veces el sector cultural reproduce la misma intransigencia que reproducen los sectores políticos. Entonces se da el problema de que no sientan en la misma mesa. O empiezan las exclusiones. Yo creo que es un ámbito posible, porque podés reunir con una diversidad de miradas gente que tiene una misma expectativa por la creación y por las expresiones culturales, aunque provengan de horizontes ideológicos diferentes. Pueden entenderse aún en la discrepancia. Pero tenés que hacer un ejercicio.
Esto es muy afín a mi personalidad. A mí me enriquece más el diálogo con alguien que no piensa como yo. Porque me hace ver otra cosa. Me gusta ver espectáculos con gente que no tiene mí misma formación o el mismo acercamiento. Porque siempre hay una mirada o más ingenua o desde otra estética, que a mí me agrega aunque no coincida. O sino surge la polémica que es muy enriquecedora ¿no? La historia de la cultura está hecha de polémicas.

Sabiendo que esto es así, ¿por qué hoy Argentina no tiene lugar dentro de la gestión cultural en el espacio público?

-Yo en realidad en la gestión pública dura y dura en la Argentina estuve en el INCAA y en el Centro Cultural Rojas. El resto de mi actuación en el mundo de la cultura ha sido desde organismos no gubernamentales o desde mi propia actividad, escribiendo, digamos mi propia actividad de producción cultural o académica. Pero no tuve otras oportunidades, más allá de que alguna vez me han convocado y alguna vez he dicho que no. Tampoco he hecho mucho esfuerzo para ocupar lugares. Pero en concreto, en toda la vida que tuve en la Argentina tuve solamente tres años y un poco más de gestión cultural. En siete años que vivo en Uruguay tengo seis años continuos de gestión cultural.

–Esto parece sorprendente. ¿Se entronca con esta misma idea de diálogo que mencionaba y las diferencias en la política entre Uruguay y Argentina?

-Sí, en Uruguay se da de otro modo. Hay una mucha mayor tolerancia y respeto por el pensamiento del otro. Incluso en la discrepancia. Es muy interesante ver, aún en el mismo Frente Amplio donde conviven sectores que muchas veces no coinciden sobre los mismos puntos, cómo esa discrepancia se verbaliza. Durante su gobierno, Mujica muchas veces no coincidía públicamente con Astori, el vicepresidente, y nadie consideraba que Astori estuviera traicionando a Mujica porque no opinaba de la misma manera. No se dan esas fidelidades, entonces encontré un ámbito más afín.
No quiero hacer una queja, pero en relación con el modo en que yo ejercí la función pública en la Argentina, no fui tratado de igual modo cuando no la ejercí. Después de mi paso por el cine ninguna gestión me convocó ni para pedir mi opinión. Es como si yo no hubiera existido, para el funcionariato. Me consultaban los diarios, me pedían los medios, pero no los funcionarios.
En muchos temas culturales me consultan los sectores privados, el periodismo y la academia, pero no los sectores políticos de gestión.

–¿Usted es una suerte de iniciador de lo que ahora se conoce de un modo más institucionalizado como ‘Gestión Cultural’ en Argentina?

-Sí, soy de la primera ola. Cuando yo empecé a hacer gestión cultural no existía el término. Existía el término productor que te remitía a lo económico, a la producción económica, pero los que trabajamos en las fundaciones o en las asociaciones, éramos personas que colaborábamos en nuestros tiempos libres con los artistas y con la promoción de la cultura.
Fui fundador incluso académicamente, fui de los primeros profesores cuando no existían todas estas titulaciones y estos cursos que después contribuían a la construcción de esa área.
Yo llego por el Derecho y la cultura, porque yo tengo algo así como una profesión originaria que es la de espectador. Que es el oficio más antiguo que ejerzo y al que le fui fiel desde mi infancia. Porque antes de aprender a leer iba al cine y al teatro y era un espectador como mis padres. Me lo brindaban y me lo permitían. En una época donde vieron que ejercía una atracción para mí, me incorporaban a sus programas de adultos. Mi relación con el mundo cultural es una relación muy originaria. Con la lectura. Con la música no, porque vengo de un hogar donde se escuchaba música popular, después fui incorporando por decisión propia la ópera, el ballet y otras formas de la música académica. Y luego elegí la profesión de abogado, sin tener claro que esto me iba a llevar a una relación muy estrecha entre el derecho y la cultura, que es lo que hago. Actualmente tengo una especialidad en lo que hoy se denomina derechos culturales. Cuando hace veinte años decía derechos culturales me preguntaban de qué hablaba.

–¿Qué pasa con el derecho del público cómo se piensa en términos del derechos culturales y derechos del público?

-Yo creo que en los derechos culturales hay derechos individuales, que son los que se visualizan más rápido: el derecho a la creación, a la libertad artística, estética, etc. Pero como derecho colectivo está el derecho de acceso a la cultura y cómo facilitamos que la gente tenga la efectiva posibilidad de elegir que la cultura sea parte de su ámbito de vida. Creo que ese es el gran desafío y creo que ese, en países como Argentina, es el gran déficit que hay desde el punto de vista legislativo y de los programas de políticas culturales.

–¿Cuáles son o cuáles serían los déficits y las necesidades alrededor de estas?

-Creo que la mayoría de la legislación vigente en la Argentina es una legislación que adolece de tres temas. Es pre-informática en su mayoría, la Ley de Servicios Audiovisuales no, pero el resto general sí lo es. Es corporativa, porque está hecha al calor del sector que pujó porque cada ley se dictara. Y el tercer y más grande problema es que carece de la visión de a quién está dirigido y quién es el destinatario. O sea, protegemos la producción escénica, audiovisual u otras. Perfecto. Pero no deberíamos hacerlo para generar un grupo beneficiario, sino para que eso tenga un impacto sobre el resto de la sociedad. Y eso no está presente. Por ejemplo, en la Ley de Cine están previstos los apoyos y los fomentos a la producción, pero no está pensado cómo ese cine llega al destinatario. Cómo generás una masa de público. Entonces, un Estado que destina presupuesto público para la producción cultural debe pensar también en destinar fondos en acción política para que la gente goce de esas obras. Y que esto no quede encriptado en pequeños grupos.

–Siempre es complejo pensar el fomento del acceso del público a los bienes culturales. Hay una tensión entre los consumos masivos -aquello que nos dicen “que la gente quiere”- y la posibilidad de formar públicos que puedan acceder a un consumo diverso y más rico que ese consumo masivo construido desde una gran maquinaria. ¿Qué piensa al respecto?

-Yo creo que ahí hay un grave problema, aún en los discursos progresistas, que está en creer que podemos adivinar cuándo se produce la conexión estética entre la persona y la obra. Lo que tenemos que hacer es facilitarlo. Pero pensar que la ópera es elitista es un pre-concepto absolutamente autoritario. La ópera es elitista porque se da en determinados espacios y determinadas condiciones. Pero finalmente es una conexión estética que no sabemos por dónde pasa. Entonces lo que tenemos que armar es con este concepto. Cuando se habla de planes de formación de espectadores o de creación de nuevas audiencias, lo primero que tenés que hacer para tener buenos espectadores es apuntar a la excelencia artística. Tenés que apoyar a los artistas para que puedan trabajar en las condiciones para poder producir con mayor calidad. Ya sé que el tema de calidad y de excelencia en las artes es un tema absolutamente polisémico, pero si no se puede hacer de la mejor manera posible es muy difícil que encuentres quién lo quiera ver.

–¿Qué ocurre cuando cualquier gobierno -porque esto lo han hecho todos los gobiernos y todas las gestiones culturales- llevan por ejemplo a Pavarotti al Puente Alsina? Lo llevan un día, canta y se va. ¿Cómo se apropia la gente de eso? ¿Qué efecto tiene?

-Pienso que ninguno. Me he ganado algunas antipatías por decirlo públicamente. Pero a mí me parece que esos espectáculos masivos en la calle, los cuales en la Argentina se han hecho toda la vida, no es ninguna invención contemporánea. No generan nada. Porque lo importante de la política cultural es marcar y sellar un hábito. El señor que escucha Pavarotti en la 9 de Julio, escucharía a Pavarotti o a cualquier otro. Va porque sale a pasear, porque se genera la idea de la apropiación del espacio, con la 9 de Julio cortada, el comer el pancho y la Coca Cola. Y ver algo ahí, ese que está cantando no genera nada; y seguramente nunca más lo escuchará; y seguramente ni se enteró muy bien de quién era Pavarotti. Lo importante para mí desde lo público es generar políticas que fidelicen, que hagan que la gente verdaderamente incorpore el hábito. Y a mí lo que me sorprende -porque es un fenómeno que se ve y se ve mucho en la Argentina- es cómo los sectores ilustrados de la sociedad no tienen el hábito cultural. Ni lee, ni escucha música, ni va al teatro, y escasamente ve una película pero ahora la ve en reproducción hogareña.

–Sin embargo, consideran en general estos mismos sectores positivamente esos hábitos ¿no?

-Sí, la cultura tiene todavía cierto prestigio. Pero es llamativo. Me acuerdo que hace unos años, en el 2005, se hizo una versión de Las Troyanas cuando yo daba un seminario de derechos humanos. Y me interesó y llevé a la comisión. Eran todos alumnos de último período, con eso mucha gente se recibía. Ni los 35 alumnos que fueron, ni el jefe de trabajos prácticos de la cátedra, había visto antes un espectáculo de teatro. Y en casi todas las monografías agregaron un párrafo de agradecimiento porque era la primera vez que habían visto de teatro griego.

La mayoría de esa gente llega en auto a la facultad. La mayoría. Es llamativo porque Argentina ha sido un país con una accesibilidad a la cultura muy amplia. A la educación y la cultura. Por eso tenso mucho la discusión, porque en general cuando se habla de políticas de creación de público, de audiencias, siempre vinculado con el tema de la pobreza y los sectores marginales. Que me parece perfecto pensar en eso porque excluirlos de la cultura es una forma de acentuar la exclusión y la inclusión a través de la cultura es una política social muy eficaz. Pero pensemos qué es lo que nos pasa en la educación contemporánea, donde la gente que no tiene problemas económicos, que ha sido educada, que la mayoría habla dos idiomas, no va al teatro, no va a la ópera, no va al ballet, no escucha música, salvo aquello que el mercado le ofrece. Y generalmente si consume algo audiovisual es lo que el mercado le ofrece. Entonces creo que eso es algo que los que intentamos reflexionar o gestionar tenemos que pensar. En cómo atacar la cuestión y desarticularla.

–¿Qué reflexión tiene sobre la transformación del ministerio de cultura en secretaría? ¿Cómo está viendo el momento en relación con las políticas culturales?

-A mí, por mi experiencia de observador de lo que viví en los dos países, creo que el tener un Ministerio de Cultura tiene una única ventaja: tener a un ministro sentado peleando por el presupuesto mano a mano con el ministro de economía. Y que haya un Ministerio de Cultura implica que a la cultura se le da protagonismo en la política pública. Desde el punto de vista práctico esto puede estar vacío. Depende de si realmente el Ministerio tiene fuerza para pelear con el ministro y si realmente es una política de Estado o es simplemente un maquillaje. A mí no me preocupa excesivamente, si bien en Uruguay he formado parte de la comisión redactora de la Ley de Cultura que ingresa ahora al Parlamento y una de las propuestas es elevar al Ministerio. Creo que es mejor que haya un Ministerio, pero me parece que es un tema que fundamentalmente está en la práctica. El momento en que yo fui director del Instituto de Cine, la Secretaría de Cultura era una secretaría del Estado de las más poderosas que había en el gobierno de la Alianza. Lopérfido tenía el despacho al lado del despacho del presidente. Y las políticas culturales, cualquiera sea la opinión sobre el gobierno, tenían un apoyo presidencial muy importante. Y no era ministerio.

Cuando se creó el ministerio aquí yo ya no vivía en la Argentina entonces no tengo una percepción directa, no sé si eso le agregó o le desagregó. De cualquier manera entiendo la preocupación del medio, porque a la percepción genérica parece que hubiera un descenso pero no me parece determinante. Creo que dependerá si el presidente y el ministro que tenga la cartera a cargo le den la relevancia que esto tiene. Yo prefiero que lo haya pero creo es más que nada una decisión política y si la dirigencia política, y no solo el presidente, ven a la cultura como un elemento sustancial.

–¿Y le parece que lo ven como un elemento importante?

-Yo creo que no lo ven en la Argentina en general. Y voy a repetir algo que he escrito, creo que Alfonsín sí vio que la cultura era un elemento que al menos le servía para cambiar la imagen argentina en el mundo, para salir de esa Argentina oscura y violadora de los derechos humanos. En los pocos viajes presidenciales que hizo De la Rúa, por su breve gobierno, siempre pudimos incorporar una muestra. En el resto creo que no hubo la misma percepción. De cualquier manera, eso si hablamos de políticas culturales profundas. En cambio creo que hay una práctica en la Argentina de usar la cultura como método de propaganda o marketing. Como marketing político o como propaganda ideológica. Lo que nos lleva a discutir si eso entra dentro de los menús de lo que debe ser un Estado democrático ¿no?

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