Los primeros mundiales se sobrepusieron a conflictos armados y a la politización

En el partido inaugural de Uruguay 1930, Francia vapuleó 4-1 a México

Mussolini exigió el triunfo a Italia, consciente de la importancia propagandística del torneo


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La selección francesa posa para una foto a bordo del crucero Conte Verde, en julio de 1930, embarcación en la cual el equipo llegó a Uruguay para participar en el primer Mundial de futbol

El primer paso importante hacia la creación de la Copa Mundial de futbol fue el 21 de mayo de 1904, pues en esa fecha nació la Federación Internacional de Futbol Asociación (FIFA) en París, en la sede de la Unión Francesa de Deportes Atléticos, fundada por siete países europeos.

Sin embargo, la Primera Guerra Mundial (1914-1918) frenó la posibilidad de organizar un torneo a escala planetaria. En 1920, la llegada de Jules Rimet a la presidencia de la FIFA significó un avance para en un futuro dar forma a la competición intercontinental de naciones.

Diez años después, los anhelos de los hombres del balompié de aquella época se cristalizaron con la primera Copa del Mundo, en Uruguay.

Uruguay 1930: final rioplatense

El pequeño país sudamericano había ganado el derecho a organizar aquella primera edición después de haber obtenido la medalla de oro en los Juegos Olímpicos de París en 1924 y Amsterdam en 1928.

En este primer torneo en blanco y negro sólo acudieron cuatro naciones europeas –Francia, Bélgica, Yugoslavia y Rumania– ya que, según argumentaron otras federaciones, el viaje en barco resultaba demasiado largo (15 días) y costoso. A esos cuatro países se le sumaron otros nueve americanos, para sumar 13 en total.

El primer partido, disputado el 13 de julio, enfrentó a México con Francia (4-1, victoria gala). Los amantes de las estadísticas ya contaban con un precioso dato: el primer gol de un Mundial lo marcó el francés Lucien Laurent, en el minuto 19.

Como era previsible, dos selecciones sudamericanas llegaron a la final. Argentina, que se deshizo en semifinales de un sorprendente Estados Unidos (6-1), y el anfitrión, Uruguay, que liquidó a Yugoslavia (6-1). El duelo rioplatense estaba de nuevo servido: los dos países se volvían a ver las caras después de la final olímpica de 1928 y Argentina clamaba venganza.

La Argentina del artillero Stabile ganaba en el descanso (2-1), pero la celeste de Andrade, Cea y Scarone dominó claramente la segunda parte y metió tres tantos que sellaron el 4-2 y Uruguay se convirtió en el primer vencedor.

Italia 1934: capricho del Duce

Cuatro años más tarde, en 1934, se disputó en Italia el primer Mundial en Europa. Que Dios lo ayude si fracasa, dicen que advirtió el dictador Benito Mussolini al seleccionador italiano, Vittorio Pozzo.

El Duce quería propaganda para su régimen y comprendió cómo obtenerla: organizando un Mundial, el de 1934, y ganándolo.

Para alcanzar su objetivo, Italia naturalizó de urgencia a cuatro argentinos: Raimundo Orsi, Luis Monti, Enrique Guaita y Atilia Demaría, así como al brasileño Anfilogino Guarisi. Además, contó con la inestimable ayuda de unos árbitros muy favorables –la FIFA expulsó después a dos de ellos– en un torneo de marcado carácter europeo.

Y es que de las 16 naciones que participaron en la fase final –se inscribieron 32 y se celebró una ronda preliminar de clasificación– sólo acudieron tres representantes americanos: Argentina, Brasil y Estados Unidos, que apenas tuvieron tiempo de nada al caer eliminados en el primer partido.

Uruguay decidió no acudir en represalia por las ausencias europeas de cuatro años antes –única vez en la historia que el campeón no defendió su título– y Egipto se convirtió en la primera nación africana en participar en una Copa del Mundo.

Italia disputó el trofeo con Checoslovaquia, que contaba con figuras como el portero Planicka, Kostalek, Puc o Nejedly.

Puc abrió el marcador en el minuto 72. Todo el estadio enmudeció. Pero a ocho minutos del final empató Orsi y, ya en el tiempo suplementario, Angelo Schiavio hizo realidad el sueño del Duce: Italia era campeón mundial.

Francia 1938: homenaje a Rimet

Olía a guerra en Europa cuando Francia recibió el Mundial de 1938. Austria, que disponía de una gran selección, no acudió a la cita a pesar de haberse clasificado, porque el delirio expansionista de Adolfo Hitler comenzó con ellos. España tampoco fue, se desangraba en una guerra civil (1936-1939).

Con todo, 36 países se inscribieron para las eliminatorias, tres más que en Italia 1934, de los cuales pasaron 15. Además, y por primera vez, se aplicó el sistema de clasificación automática del país anfitrión y el reciente campeón.

Brasil y Cuba, esta última primeriza en lides mundialistas, fueron los únicos representantes latinoamericanos. El resto boicoteó la cita porque creía que ésta debía intercalarse en continentes diferentes, por mucho que se tratara, en este caso, de una recompensa para la patria de Jules Rimet, el creador del torneo y que siempre luchó porque ésta no se politizara.

Sin embargo, el futbol sudamericano estuvo magníficamente representado por un Brasil ya maduro. Fue la sensación del torneo gracias a uno de los pioneros en concebir el balompié como espectáculo: Leonidas, el Diamante Negro, exuberante centro delantero capaz de los más increíbles malabarismos. De hecho, fue el mayor artillero de la cita, con ocho tantos.

En el partido de debut, contra Polonia, metió tres tantos –uno de ellos descalzo, porque llovía mucho–, en un vibrante encuentro que terminó 6-5 para los auriverdes tras la prórroga. En cuartos fue decisivo contra los duros checos y, en semifinales, contra Italia, no jugó porque el entrenador brasileño decidió reservarlo para la final, tan convencido estaba de la victoria. Italia ganó aquella semifinal (2-1) y la final a Hungría por 4-2.

Brasil 1950: el maracanazo

El mundo comenzaba a reponerse de los estragos de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) cuando la FIFA decidió en 1946, durante un congreso en Luxemburgo, celebrar la cuarta Copa del Mundo, un trofeo que empezó a llamarse a partir de ese momento Copa Jules Rimet en honor del creador de la justa.

Un solo país presentó su candidatura para organizarla, Brasil, donde el balompié ya se había convertido en pasión nacional. Las autoridades de aquel país decidieron deslumbrar construyendo el estadio más grande del mundo en Río de Janeiro, el Maracaná, para 200 mil personas.

Los anfitriones fueron ganando todos los encuentros con un futbol ágil y bonito, gracias a figuras como Ademir y Chico.

En el último duelo les bastaba un empate contra su vecino Uruguay para ser campeones. El torneo parecía finiquitado.

Sin embargo, hubo una sorpresa mayúscula. El 16 de julio, con un estadio Maracaná lleno a reventar, los uruguayos demostraron lo que es la garra charrúa. En el minuto 47 Brasil se adelantó con gol de Friaça. Juan Alberto Schiaffino logró el empate, en el 66.

Y a 11 minutos del final, un disparo rasante de Alcides Ghiggia enmudeció el estadio y a todo el país: era el 2-1 definitivo. Los uruguayos volvían a ser campeones gracias a una gesta –el maracanazo– que quedó grabada en la historia de los mundiales.

La Jornada