Eugenio María de Hostos en la República Dominicana

Eugenio María de Hostos en la República Dominicana

Una Mirada a la cultura Dominicana desde el ensayo “Quisqueya, su sociedad y algunos de sus hijos” de Eugenio María de Hostos

 


Introducción

Para intentar sumergirnos en los rasgos característicos que marca la cultura Dominicana, nada más prudente y certero que hacerlo de la mano de uno de los pensadores más ilustres que ha pisado la República Dominicana. Nos referimos al puertorriqueño Eugenio María de Hostos (1839-1903) cuya obra y trabajo intelectual marcó de manera significativa el pensamiento y la educación en la República Dominicana. Para tener por lo menos un esbozo del pensamiento de Hostos, nos dejaremos iluminar por uno de sus ensayos: Quisqueya, su sociedad y algunos de sus hijos[1] que fue publicado en primera instancia en el periódico La Patria, de Valparaíso,

Chile entre agosto y octubre de 1892, y más tarde, en el periódico de Santo Domingo, El Eco de la Opinión en noviembre del mismo año. A través de este artículo Hostos nos presenta un pueblo, una nación, una cultura, un país, la República Dominicana y lo hace desde sus comentarios sobre la cultura, la política, las costumbres y las luchas internas por el poder en nuestra isla desde los tiempos de la colonia hasta la anexión a España y más tarde la Restauración. En este ensayo intentaré demostrar, basándome en el texto de Hostos y en su pensamiento, que nuestra cultura está marcada fuertemente por todo nuestro acontecer histórico. Intentaré hacer ver que ella no debe ser estudiada aisladamente sino en el conjunto de los avatares de la historia. Muchos factores sociológicos unidos forman una imagen, una proyección que se podrá traducir como parte de la identidad dominicana. Por eso haremos este recorrido histórico socio-político a través de nuestra historia pues puede servirnos de guía para comprender algo tan rico y a la vez tan amplio de tratar, como es el tema de la cultura dominicana y su proceso histórico. Antes de abordar el tema quisiera tratar brevemente el pensamiento hostosiano.

Su pensamiento[2]. Para Hostos el último cuarto del siglo XIX anunciaba una época de reconstrucción moral y los materiales de esa reconstrucción estaban esparcidos, según él, en las entrañas de la ciencia. En las nacientes repúblicas americanas Hostos ve el material histórico para dicha reconstrucción. América es para Hostos “una patria desconocida de sí misma, que no sabe de su fuerza, que si supiera haría prodigios en el porvenir”. Pero los vestigios del colonialismo impiden dar cumplimiento a este destino y revoluciones políticas republicanas fallaron en establecer el ideal que las animó. Hostos ve en la anarquía la ausencia de un orden racional, es el estado social que caracteriza los pueblos recién emancipados, “su estado sociológico es un estado de mal”[3], como resultado de un proceso histórico que ha creado una razón enferma y una sociedad refractaria a la luz de la verdad y de la justicia.

 

Pensamiento Hostosiano

En cuanto a la influencia del pensamiento de Hostos en la República Dominicana podemos decir que con el triunfo en nuestro país del sector liberal que encabeza su protector Gregorio Luperón, Hostos en 1879 lleva adelante los esfuerzos por reformar la educación pública que se encuentra en total deterioro y es casi inexistente en el país. Redacta entonces el proyecto de ley de la reforma educacional y se pone a cargo como director y profesor, tanto de la Escuela Normal que prepara a los futuros maestros, como del Instituto Profesional de Enseñanza, que en aquel momento funge como único centro universitario. Con esta gesta pone Hostos los cimientos de la escuela dominicana y convierte a este país, según muchos estudiosos en la materia, en uno de los más avanzados para su época en términos de política, filosofía y organización educativa. Sus ideas positivistas y liberales, en especial su defensa de la separación de la iglesia y el estado, del desarrollo de una educación laicista y de la educación de la mujer, le colocaron en oposición y conflicto con los sectores políticos conservadores y con las autoridades de la Iglesia Católica.
Después de haber hecho un pequeño recorrido por el pensamiento de Hostos y viendo en algunos aspectos sus grandes aportes en el área de la educación y en el pensamiento dominicano, podemos proceder a analizar el ensayo Quisqueya, su sociedad y algunos de sus hijos, del ilustre pensador Eugenio María de Hostos.

La cultura dominicana en el s.XIX desde la perspectiva hostosiana


Hostos da inicio describiendo lo maravillado que quedó Colón, en 1492 al llegar desde Cuba, a una isla cuyos habitantes llamaban Haití. Esta tierra se convirtió para el Almirante en predilecta pues quedó embriagado de “su hermosura y bondad”[4], como comenta Las Casas en el extracto del diario – carta de Colón -. Pero ¿qué fue lo que vio Colón para quedarse deslumbrado y lleno de admiración? Las costas, el valle del Cibao, sus ríos, la fertilidad de sus tierras, sus selvas vírgenes, el valle que más tarde llamó La Vega Real, su gente, de quienes él mismo describió como “la mejor gente del mundo y más mansa”. Desde que se da el contacto de Colón con esa gente mansa y humilde, inmediatamente, y tal vez sin él saberlo, quedó decretada la sentencia de muerte que realizaría la civilización evangelizadora del Nuevo Mundo, sobre la barbarie y primitiva comunidad de aquellos infelices herejes. A mi entender, en este aspecto, Hostos se presenta poco crítico ante la explotación que significó la factoría colombina de la metrópolis para la isla, y no obstante, prefiere hacer hincapié en el éxtasis maravilloso de Colón al vislumbrar tanta belleza en nuestra isla.

Después de agotado el oro, como es sabido, ni belleza ni encanto de su población, población aborigen que ya se encontraba en vía de extinsión, fue suficiente razón para que la metrópoli, al encontrar mejores tierras y yacimientos más ricos en oro y plata, abandonaran esta isla y la dejaran a su suerte. Es así como los filibusteros, aventureros del mar, así los llama Hostos, se apropiaron de la parte occidental de la isla aprovechando la fertilidad de sus tierras ya que sus antiguos poseedores la mantenían despoblada e improductiva. Esa misma tierra luego fue puesta bajo el patrocinio de Francia que luego la convirtió en colonia Francesa. Es entonces donde sobreviene la lucha entre “los negros de Haití”, como los llama despectivamente Hostos, encabezados por Toussaint Louverture, y la “lucha de los dominicanos” con los franceses, con objeto de volver a la dependencia de España, rasgo que marca fuertemente todo el período de la Primera República (1844-1861). “Veintidós años bajo el yugo”, afirma Hostos, habían pasado los dominicanos, cuando por fin, un gran patriota, Duarte, y dos discípulos suyos, muy dignos de admiración, Sánchez y Mella, arrebataron de “las garras del haitiano la presa que habían desgarrado, desangrado y desorganizado”[5].

Uno de los temas, que a mi juicio, puede ilustrar de manera significativa cultura Dominicana es conocer el estilo de vida del ciudadano común en el período de la Primera República. Habría que empezar diciendo qué clases sociales existían para aquél entonces en nuestro país. Como es sabido, la esclavitud en la isla había sido abolida desde la independencia del vecino país, Haití. La sociedad estaba conformada, en una menor parte, por los blancos, descendientes directos de los españoles, que en muchos sentidos fueron considerados como una casta privilegiada. Otro grupo de la población, los mulatos, que eran la mayoría y conformaban la clase media baja del país, y de quienes una gran parte eran campesinos residentes en la parte norte de la R.D. y en los distintos puntos geográficos del país. También se encontraban los negros libertos, que según las nuevas leyes, debían de tener los mismos derechos y deberes que cualquier otro ciudadano común, en un menor lugar, “representando el 6% del total de la población, estaban los distintos grupos de inmigrantes que habían sido atraídos a la isla con el ofrecimiento de tierras y libertad religiosa, para incentivar la economía de la incipiente nación” .[6] Esta sociedad también estaba compuesta por la indiscutida autoridad del clero seglar, que no era numeroso y del clero regular, que por adaptación, se había hecho querido e influyente, llegando por esta forma a modelar en grandes aspectos aquella sociedad, “que parecía una gran familia muy conforme con su suerte” con sus jefes, con sus servidores, con su régimen y con sus costumbres.

Hostos plantea que el ensayo de organización pública que empezó en 1880, había ya dado en 1884 sus primeros frutos: la enseñanza secundaria y la profesional que produjeron maestros normalistas, bachilleres y abogados que se pusieron al servicio de la enseñanza que habían recibido y que contribuyeron en la formación de “nuevos auxiliares de la verdad, la libertad y la civilización”. Otro de los grandes avances en el área de la educación, plantea Hostos, fue la educación de la mujer, que como es sabido, antes se limitaba al ambiente familiar y a la educación de los hijos. Vemos entonces, como en medio de la misma desorganización que caracteriza esa sociedad dominicana de finales del s. XIX comienzan a surgir ráfagas de progreso y civilización, avances que no sólo llegan con los conocimientos técnicos y científicos sino que encuentran un lugar en la civilización cuando la misma población recibe el pan de la enseñanza, el pan de la educación.

Hostos habla de un avance a pesar de la desorganización de la población. ¿Cuáles son las causas de tal desorganización? Entre otros cosas, menciona Hostos, el hecho que los propietarios de suelo no tengan con la sociedad dominicana más vínculo que el del suelo, radica en un problema para el país ya que estos capitalistas extranjeros sólo intentan enriquecerse a sí mismos pero no tienen empero ningún incentivo social que les reclame por la formación de una sociedad más justa e igualitaria para todos. Otro mal que afecta la sociedad y que no se aleja mucho de nuestra sociedad actual, es que los municipios son demasiados pobres para hacer de sus municipalidades un gobierno independiente del Ejecutivo que pudiera traducirse, diría yo, en un avance significativo de las zonas alejadas de la capital del país, que en aquél entonces y como hoy también es Santo Domingo.

La sociedad toca los comienzos de la barbarie insinúa Hostos y son pocos los hombres comprometidos con su patria y consigo mismos. Hostos se muestra muy crítico ante la inercia de una sociedad que se conforma con su día a día, que no se proyecta a sí misma y que no es capaz de llevar hacia delante su nación, su estado. Un pueblo no son simplemente sus dirigentes. Un pueblo no puede limitarse a ser un grupo que se amotina para exigir sus necesidades a un gobierno o que se contenta con actividades que no van más allá de la búsqueda de diversión y entretenimiento que no conduce a nada bueno, un pueblo es mucho más que eso y Hostos critica la conformidad en la que vive el pueblo dominicano. A pesar de esto existen algunos dominicanos ilustres, algunas excepciones, encontramos barones profundamente comprometidos con su patria, entre los cuales Hostos cita a Prudhome, Nouel, los Henríquez, los discípulos de la Escuela Normal y del Instituto Superior, a excepción de ese grupo, corta tajantemente Hostos, “la sociedad dominicana vive aún la misma vida de la colonia”.[7]

Hostos ve al pueblo dominicano, conforme consigo mismo y conforme de su circunstancia, pero ¿cómo era la vida de ese pueblo? ¿Cómo era la vida del ciudadano común? Los domingos y los días de fiestas, que eran los días de distracción religiosa, eran esperados con esperanza, – escribe Hostos – desahogo y rompimiento de uniformidad”.[8]Durante esos días los ciudadanos se levantaban temprano, la mayoría para ir a misa otros tantos para reunirse en alguna esquina y contar, imagino yo, los acontecimientos de la semana que envolvían su ambiente laboral. Las noches son convertidas en ambientes para la tertulia, las calzadas y balcones, en antesalas donde las familias reciben visitas o donde éstos mismos se convierten en visitantes. En una que otra ocasión llega de Cuba o Puerto Rico alguna compañía de comedia o drama que da la vuelta a las ciudades litorales y que llega a internarse hasta Santiago de los Caballeros. Realmente no eran muchas las opciones del ciudadano de clase media y baja, que como planteé al inicio del trabajo, significaba la mayoría más de la mitad del total de la población. ¿Qué otras distracciones tenía el ciudadano? Hostos se muestra muy crítico y las califica de extravagante y barbáricas. La primera es el fandango, que es un baile mezclado con un antiguo baile español y el tamborileo de los negros africanos. La segunda es la gallera, conocida como cancha de gallos, la cual es calificada en el ensayo como un vicio que degenera en diversión. No podemos dejar de mencionar las fiestas parroquiales, que hoy en día conocemos como fiestas patronales, donde cada barrio celebra fiesta de su patrón, fiesta en la que un “santo es pretexto de todo para todos”.[9] Dirá Hostos al respecto: “Pobre sociedad recién nacida… tan capaz de dejarse guiar a nobles fines, y tan inicuamente guiada casi siempre a rumbos de corrupción y de barbarie”.[10]


Conclusión

¿Quiénes somos, hacia dónde vamos? Preguntas trascendentales que siempre han marcado la historia de los pueblos y naciones también son preguntas que como dominicanos nos hacemos cada día y que sólo podremos contestar si llegamos a entender nuestro pasado reconciliándonos con él, aceptándolo como parte importante de nuestro ser como nación y como país. La historia de la República Dominicana, y en este caso, su cultura, su sincretismo y su sociedad, y por qué no, su política, no puede ser estudiada e interpretada desde pinceladas puntuales aislando cada aspecto de la sociedad como un acontecimiento independiente uno del otro. ¡No! Nuestra historia se caracteriza por un conglomerado casi unitario de luchas políticas, intereses personales, luchas bestiales por el poder, anexionismo y conservadurismo, civilización y barbarie, catolicismo, clericalismo, sincretismo y popularidad religiosa forman nuestro todo y desembocan en lo que hoy es nuestro presente. Hoy somos en cierta medida lo que hemos sido, nuestra historia parece, según iba viendo en las descripciones que hace Hostos de la sociedad dominicana, como si se repitiera en sí misma, o como si realmente no fuera mucho lo que ha cambiado desde la sociedad dominicana de finales del s. XIX a nuestra contemporaneidad. No estamos obligados a repetir nuestros errores, no estamos forzados a vivir con la sombra del pasado, pero tampoco estamos llamados a vivir como si aquello no hubiera ocurrido. Nuestro futuro inmediato será siempre y en cada momento, el presente que forjemos vislumbrado desde la luz de nuestra historia y proyectado sobre la superficie de nuestro conocimiento y nuestra lucha por la superación como nación. Hoy más que nunca debemos comprender, como planteara ese maestro de maestros, Hostos el sembrador, que la ideología del progreso no se limita al avance científico o técnico de las naciones, sino que llega más profundo, a las aulas de la enseñanza donde se forja con el día a día un mañana mejor, y desde donde el futuro comienza a tener sentido y razón.

 

Bibliografía
[1] EMILIO RODRIGUEZ DEMORIZI, Hostos en Santo Domingo, Vol. 1, Santo Domingo, García Suc., 1932, pp. 253-316
[2] Ibíd. Pp. 55-78
[3] Ibíd. P. 74
[4] EMILIO RODRIGUEZ DEMORIZI, Hostos en Santo Domingo, Vol. 1, Santo Domingo, García Suc., 1932, pág. 254
[5] Ibíd. 277
[6] Cassá, Roberto. Hitoria Social yEconómica de la República Dominicana, Santo Domingo, Edit. Alfa y Omega, 1999, pág. 63
[7] EMILIO RODRIGUEZ DEMORIZI, Hostos en Santo Domingo, Vol. 1, Santo Domingo, García Suc., 1932, pág. 268
[8] Ibíd. P. 270
[9] Ibíd. P. 280
[10] Ibíd. P. 282

Humanidades 07