El golpe

Por Cristina Pacheco

Edelmira se siente rejuvenecida, con fuerzas para bajar los cinco tramos de escalera que le faltan para llegar a la puerta. Mientras lo hace imagina los comentarios de sus hermanos y de sus cuñadas, el pánico de su madre ante la posibilidad de que se haya vuelto loca, porque sólo así se le ha podido ocurrir… Por el momento lo único que le interesa es ver a Mónica y contarle que al fin empezó a ser tomada en cuenta por su familia.

Ya en la avenida, Edelmira se detiene a mirar las filas de ciclistas que circulan por el carril de baja. Hoy en particular le simpatizan, se siente libre y fuerte como ellos. Ve un taxi y corre a detenerlo. No acostumbra abordar ese transporte en la calle. Si lo hace es porque le urge llegar lo antes posible a la casa de Mónica. Da indicaciones al chofer y se acomoda en el asiento oloroso a plástico. En un alto, a través de la ventanilla, observa a una pareja que impulsa una carriola. El hombre lleva lentes oscuros, cachucha, camiseta, bermudas y tenis.

II

Edelmira rechaza toda posibilidad de que su inesperada pareja vaya a tener ese aspecto, pero le queda claro que ella tendrá que inventarle nombre, fisonomía, ocupación. No se le ocurre nada ni se inquieta: Mónica la ayudará a llenar esos renglones del interrogatorio a que la someterá su familia en cuanto la vea, si no es que antes, por teléfono.

Por lo pronto necesita poner en orden los acontecimientos a partir de que llegó a la casa de su madre, pasadas las tres de la tarde. A esa hora encontró a sus hermanos discutiendo acerca de los que están anunciados y los que vendrán. En medio de su euforia contestaron a sus saludos con un desabrido Hola.

Después, sólo se dirigieron a ella para pedirle una servilleta, el platón de botanas o un vaso. Ella aprovechó cada uno de esos momentos para buscar una fisura y deslizarse en la conversación. Inútil: a cada intento suyo alguno de sus hermanos le imponía silencio con una frase abominable: Luego nos dices lo que quieras. Deja que oigamos lo que opina… Quien fuera el opinante daba lo mismo. Toda palabra tenía más valor que la suya, incluida la de sus cuñadas.

Siente afecto hacia ellas, pero también lástima de verlas tan obsequiosas con tal de que sus maridos les den permiso de asistir a clases de yoga, ver a sus viejas amigas o sumarse al viaje anual (de mujeres solas) a Tequisquiapan. De allá regresan con miles de fotografías. A Edelmira, más que recuerditos le parecen una forma de documentar su buen comportamiento a la hora de la cena, cuando se permitieron ciertas libertades: compartir una botella de vino, beberse unas margaritas, bailar juntas en la terraza del hotel que les fascina por tranquilo, pero al que ella ni muerta iría.

III

Edelmira lamentó haber asistido a la reunión dominical. El sábado quiso evitarlo argumentando carga de trabajo, pero doña Mica, su madre, no aceptó la excusa y la doblegó con su almibarada tenacidad: Mi amor, pero si mañana es domingo. Sólo tú trabajas. Haz un esfuerzo. Ven, aunque sea tardecito. Sabes que nos da mucho gusto verte. Tus hermanos no te lo dicen porque son secos, como todos los hombres. Sabía que era inútil discutir ese punto y se limitó a mostrarse convencida: Está bien, iré, pero no a las dos y media. Llegaré más tardecito.

En el fondo le agradó su decisión. Tal vez ella fuera demasiado sensible y quiso convencerse de que tras la frialdad y la indiferencia de su familia había cariño, respeto, interés. El hecho de que nunca la incluyeran en sus conversaciones era otra cosa.

IV

Este domingo fue idéntico a los anteriores en cuanto al silencio y la indiferencia que la rodearon. Nunca antes le había pesado tanto. Algo en su interior le dijo que este era el día para romper con el círculo de exclusión donde la tienen confinada. Lograría que todo cambiara siempre y cuando procediera con inteligencia y serenidad.

Era necesario esperar un buen momento para hablar con sus hermanos y preguntarles a qué se debía el trato que le daban. Comprendió que ellos iban a considerar sus palabras como un reproche y ese nunca es un buen camino para iniciar una conversación. Pensándolo mejor decidió recurrir a una noticia sorpresiva, inesperada, que cayera como una roca sobre un cristal. Entonces la asaltaron al mismo tiempo varias posibilidades: enfermedad, viaje, robo, un repentino ímpetu religioso, una nueva vocación. No era necesario elegir de inmediato. Las comidas allí siempre eran largas. Hablaría en el momento en que todos estuvieran más relajados: durante la sobremesa, como en las películas.

IV

Llegado el momento, golpeó con su cucharita la taza del café. En vista de que no había logrado despertar el interés de su familia, se puso de pie, dio una palmada y tomó la palabra: Tengo algo muy importante que decirles. Nadie guardó silencio, excepto doña Mica, quien pidió silencio. De inmediato, más sorprendida que interesada, le preguntó de qué se trataba.

Edelmira demoró la respuesta. No podía recordar ninguna de las tramadas durante la comida. De pronto miró en la mano regordeta de su hermano Sixto la argolla matrimonial que le estrangulaba el dedo y dijo sin más: Me caso. Sé lo que están pensando: que a mi edad es una locura. Puede que lo sea y que por eso no estén de acuerdo con mi proyecto. No me importa: seguiré adelante.

Los rumores que sus palabras desataron entre sus allegados no le impidieron seguir hablando: Si se preguntan por qué no lo dije antes respondo: simplemen-te porque nunca les ha importado mi vida. Si en eso actuaron bien o mal, no es asunto mío. Bueno, ya dije lo que tenía que decirles. Me voy. Su cuñada Adela la inmovilizó tomándola del brazo: Somos tu familia. Necesitamos saber quién es ese hombre, a qué se dedica, cuántos años tiene, a lo que ella contestó: Quince menos que yo.

Apenas lo dijo, sin vanidad alguna, Edelmira reconoció que ese último detalle de su invención había sido, por lo menos, genial y más que efectivo.

La Jornada

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