Confeti

Por Cristina Pacheco

I. Luces de colores

A

rréglense. Vamos al Zócalo a ver la iluminación, decía mi padre con tono emocionado, solemne. Después de la comida empezaban los preparativos para salir: asearnos, bolear los zapatos, someter el cabello con gotas de limón y al fin vestirnos con nuestras mejores ropas. Allí entraban desde las prendas heredadas por alguno de nuestros primos mayores hasta las que habíamos usado durante la mañana de nuestra primera comunión.

Era lo indicado, porque después de todo íbamos participar en una especie de ceremonia colectiva que nos hermanaba con muchas otras personas, ya que asistían familias numerosas, grupos de jóvenes, parejas y compatriotas llegados de la provincia con el afán preciso de ver la iluminación que señalaba las Fiestas Patrias.

Las luces, los vendedores de banderas y juguetes tricolores, el sonido de cornetas y matracas, la cascada de serpentinas y confeti contribuían a acentuar la atmósfera festiva durante las horas que pasábamos admirando, maravillados, los adornos, las figuras y los rostros de los padres de la patria: todo delineado por una profusión de luces multicolores. Verde es la esperanza amada./ Blanca es la inocente vida./ Colorada enrojecida es la llama del amor/ con que el niño mexicano/ debe tener en su mano/ el pabellón tricolor.

Casi siempre, hacia el anochecer, llovía y era necesario que nos guareciéramos en los portales. Desde allí mirábamos la Catedral, el Palacio Nacional, la Regencia: edificios que surcados por la lluvia y envueltos en una ligera bruma aumentaban su sobria majestuosidad y su belleza.

Para hacer más plena nuestra felicidad, mis padres nos compraban juguetes, escudos y banderitas. Al final nos conducían hacia alguno de los puestos de madera, enfilados en los portales, donde se vendían antojitos y tortas desbordantes de escarolas de lechuga y rebanadas de jitomate. Verde es la esperanza amada…

Entusiasmados, ansiosos de prolongar aquel recorrido por el Zócalo y sus alrededores, postergábamos lo más posible el regreso a la casa, pero al fin mi madre nos decía: Ya lo vieron todo. Es muy tarde (las nueve de la noche), vámonos. Si quieren, otro día los traemos.

A nuestro pesar, ya algo somnolientos, con el cabello y las ropas pringados de confeti, abordábamos el tranvía con destino a nuestro barrio. Al llegar veíamos en las ventanas banderitas, guirnaldas y cenefas de papel de China con los rostros de los Niños Héroes. Colorada enrojecida es la llama del amor/ con que el niño mexicano/ debe tener en su mano/ el pabellón tricolor…

Estoy consciente de haber olvidado muchos detalles de aquella celebración colectiva. Sin embargo, recuerdo con nitidez el entusiasmo con que nos preparábamos para disfrutarla y la voz de mi padre anunciándonos nuestro paseo anual: Arréglense. Vamos a ver la iluminación en el Zócalo.

II. El hombre del carrito

Previo al mes de septiembre iban apareciendo en las esquina del barrio los vendedores de banderas, cornetas, matracas, cascos de cartón y otras curiosidades alusivas al mes patrio. La presencia de aquellos comerciantes adornaba el barrio con una especie de floración tricolor.

Entre todos los vendedores había uno infaltable: don Hilario. Le cruzaba el párpado derecho una cicatriz y eso le daba a su cara una expresión de enojo contraria a su carácter afable. El surtido de su carrito y el buen gusto con que acomodaba sus mercancías despertaban nuestra curiosidad y en pocos minutos rodeábamos a don Hilario.

Nos llamaba mirones porque sabía que muy probablemente no íbamos a comprarle nada. Ahora comprendo que nuestro genuino interés por sus artesanías despertaba en él satisfacción, orgullo y un recuerdo muy hermoso acerca de su padre, de quien, según nos contó una tarde, había heredado nombre y oficio.

Don Hilario –así llamaba a su progenitor– desde niño lo había enseñado a manejar el papel de china, el cartón, la madera y los otros materiales que empleaba para hacer las piezas que en septiembre vendía durante sus prolongados recorridos por las calles de la ciudad. Hilario era su compañero en las caminatas que terminaban ya entrada la noche.

Cuando por razones de salud don Hilario se vio imposibilitado de mantenerse activo, le pidió a su hijo que continuara con la tarea que significaba para él una tradición familiar y un deber: seguir haciendo las artesanías que alegran y embellecen las fiestas patrias.

Durante muchos años, cada septiembre, vimos a don Hilario empujando su carrito hasta detenerse en su esquina, en espera de compradores para sus artesanías. El sol arrancaba destellos a los escudos forrados con papel de estaño; las banderitas, movidas por el viento, eran como un recordatorio del fervor patrio y un llamado a la celebración.

III. P:S

Frente a lo visto en otros años, es claro que ha disminuido el número de carritos donde se exhiben y venden adornos septembrinos. Sin embargo, y por fortuna, quedan algunos que a lo largo de sus desplazamientos van sembrando por la ciudad una conmovedora floración tricolor.

La Jornada
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