Clarita y su muerte

Clarita y su muerte
Enero 11, 2017 por Paola Klug, México.

-Puedes orar cuanto quieras; al cielo o a la tierra. Pedirle ayuda a dios, al diablo, a los santos, a los ángeles o a los dioses antiguos; de cualquier manera, tu voz y tus plegarias no serán escuchadas por nadie, se perderán en el viento hasta convertirse en parte de él y recorrerán las estrellas hasta ser un eco más que no tenga respuesta.

No importa cuánto mires hacia el cielo azul, nadie está viéndote a ti. Ni tus fantasmas, ni tus ancestros; todo cuanto has conocido y se ha ido, es ahora ajeno a ti y a tu dolor o tu rabia. Las estrellas están tan ciegas como yo- me dijo.

¿Sabes cómo perdí la vista? – me preguntó tocándose los ojos cerrados.

-No, nunca me lo contó mi madre.

-Era una tarde hermosa Clementina; el sol aún brillaba en el cielo, pero también estaba la luna; redonda y blanca plasmada en el horizonte sobre las copas de los cedros. El aire era frío, estábamos a mitad del invierno y yo lo sentía quemar mis mejillas. Era una niña de no más de diez u once años. Fue entonces que ella apareció.

– ¿Quién abuela?

-Una mujer, la más hermosa que había visto en mi vida. Tenía la mirada dulce de mi abuela y la sonrisa de mi madre. Sus cabellos eran largos y los llevaba sueltos, olían a jazmín, clavel, geranio y flores silvestres. Tardé mucho en volver a oler aquella combinación de flores, fue dos años después de que ella apareció ante mí. Justo en el camposanto el día que enterramos a mi padre.

Me dijo, Clarita… Clarita, no creas en todo lo que tus ojos ven.

Se acercó a mi muy despacio, yo no le tenía miedo, quizá porque me recordaba a alguien. Parecía una buena mujer…

Se sentó a mi lado junto a la hierba muerta y con sus dedos me señaló el estanque que estaba frente a nosotros.

– ¿Qué ves allí Clarita? -me preguntó

-El sol y las nubes- le respondí

-Ahora mira hacia el cielo y dime que ves.

Yo le obedecí y miré lo mismo.

-El sol y las nubes.

– ¿En dónde están realmente niña?

Señalé hacia el cielo.

-Pero tus ojos también ven a las nubes y al sol ahogándose entre las ondas del agua. ¿Entonces en dónde están?

-En el cielo señora.

– ¿Entonces tus ojos mienten? ¿O el sol y las nubes están arriba y abajo al mismo tiempo?

No supe que responder.

-No temas Clarita, en ocasiones es más fácil entender las cosas con los ojos cerrados. Deberás perdonarme por dos cosas ahora niña. La primera es que te sumiré en la oscuridad para que puedas aprender, la segunda es porque en algún momento estarás segura de que te abandoné; pero no lo haré Clarita, volveré por ti y traeré conmigo lo que te he quitado.

De los ojos de aquella mujer brotaron un par de lágrimas, las puso entre sus dedos y humedeció con ellas mis ojos. Desde ese momento dejé de ver…

– ¿Quién era ella abuela?

-La muerte Clementina, era la muerte.

Esta vez era yo la que no sabía que decir. ¿Acaso la vejez y la enfermedad estaban minando la mente de la abuela? ¿Estaría tan débil ya? El doctor había dicho que si le dábamos los cuidados necesarios podría estar con nosotros un par de años más.

-Tampoco hay que creerles a los doctores niña. Ellos no saben todo lo que creen – me dijo mientras me agarraba la mano y sonreía. Sentí un escalofrío, era como si me hubiese leído la mente.

Ella cumplirá su promesa Clementina, vendrá por mi esta noche, pero antes de llevarme me devolverá la luz; después de ver tu cara podré irme en paz. Ahora ve a la cocina y tráeme un poco de café.

Me levanté de la cama y caminé hacia la puerta. Mi abuela se veía en paz, incluso sonreía. La fiebre había cedido.

Mientras el agua se calentaba le marqué a mamá, estaba preocupada por la abuela. Si había algo de verdad en sus palabras y moría esta noche, ella tendría que estar a su lado para despedirla. Marqué una y otra vez sin respuesta alguna, hasta que el agua hirvió y el olor del café se apoderó de la cocina. Tomé una taza y la llené, después regresé al lado de la abuela.

-No te preocupes por tu madre Clementina. Ella y yo nos despedimos hace muchos años y ambas estamos en paz- dijo mientras se reincorporaba de la cama y extendía sus manos hacia mí.

Tomó la taza entre sus manos y le dio un sorbo a su café; después, con un movimiento de cabeza me invitó a sentarme junto a ella otra vez.

-A pesar de estar ciega, mi vida fue más fácil que la de los demás. Ella tuvo razón, la oscuridad me permitió entender más cosas y moverme por el mundo. Extrañaba el azul del cielo, las nubes lilas del atardecer y los granos de café que mi madre tostaba en el comal, pero cada que yo desfallecía y me entristecía, ella regresaba a mi lado y me enseñaba cosas distintas; leer el miedo en la voz y sentir la mentira en las palabras. Aprendí a conocer si ver, a sentir sin mirar y también a amar y odiar sin ser engañada por las apariencias.

Así conocí a tu abuelo y así me enamoré de él. Sentí su fuerza y su cariño sin necesidad de ver su rostro y amé a tu madre sin conocer el color de sus ojos. La amé con cada rincón de mi piel y con cada hebra de mis cabellos; pero supe desde el primer instante que ella no me amaría de la misma forma y nunca la culpé por ello.  No tengo nada que reprocharle a tu madre y tú tampoco debes hacerlo; el amor debe fluir, aunque lastime Clementina, porque cuando se estanca comienza a pudrirse y echa a perder todo a su alrededor. El amor de mi hija, no fue capaz de moverse; así que terminó por secarse con el tiempo. Por eso la dejé ir y ella me dejó ir a mí; solo de esa manera, tu madre podría encontrar su camino y ese sendero la condujo hacia ti. Eso fue lo mejor que nos pasó a las tres.

No quiero que la culpes por nada, ni que te culpes a ti misma. Yo la amo, te amo a ti y estoy feliz de abrazar por fin a mi destino. Cuando tu abuelo murió, quise morir con él. Pasé días y noches enteras rezándole a dios porque me llevara a su lado, cuando me desesperé hice lo mismo con el diablo. No me importaba adonde fuera mi alma ni cuan condenada estuviera siempre que pudiese estar con él; en esos momentos de soledad, desesperación y tristeza ella apareció de nuevo y me confesó la verdad, aunque escuché un temblor en su voz.

Dijo que yo no encontraría a tu abuelo en ningún lado y que solo hay dos seres capaces de escuchar las oraciones que día a día se amontonan en el viento, pero ninguna de ellas puede arrancar de nuestros corazones lo que sentimos y queremos dejar de sentir. Una es la vida, que va tan rápido y tan ligeramente que es incapaz de dar marcha atrás; escucha a lo lejos las peticiones, las llamadas de auxilio, las palabras no dichas a tiempo y el llanto desconsolado de las personas y las confunde con el canto del viento, de las nubes y el sol. La vida no tiene tiempo para mirar hacia atrás ni para cambiar nada de lo que ya está hecho.

La otra es ella, la muerte. Que solo puede mirar y esperar a que llegue su momento; puede ir hacia atrás y hacia adelante, permanecer unos segundos en el instante en el que la buscan y después se esfuma como la espuma del mar. No puede ser sorprendida por nadie. Está hastiada, aburrida, cansada; tan cansada que prefiere no escuchar. Cuando la gente la llama se cubre los oídos y camina hacia otro lado. Después de todo, terminará por llegar aun cuando la gente ya no desee morir.

– ¿Y qué pasará entonces abuela? ¿Qué pasará contigo esta noche? -le pregunté con un nudo en la garganta y los ojos repletos de lágrimas.

-Vendrá por mí y me llevará con ella.

– ¿Adonde?

-Adonde no necesitaré ojos, ni labios, ni manos, ni voz. Adonde sabré todo sin conocer nada; adonde la luz se une con la oscuridad y los recuerdos se disuelven en el aire como el café en el agua. Iré adonde olvidaré todo hasta ser olvidada. A la nada que es el todo, a la espiral que se levanta cada anochecer. Y no debes llamarme ni llorar por mi Clementina, porque no vendré, ni te escucharé, ni te recordaré; no deberás sufrir por mí, porque yo dejaré de sufrir por todo. Fluiré como el agua del manantial de aquella mañana, me ahogaré con el sol, las nubes, la luna y las copas de los cedros. Lo único que se mantendrá de mí aquí, será lo que lleves dentro de tu pecho así que no lo guardes con rencor, dolor ni amargura; hazlo con paz y dulzura, tal y como será mi despedida.

Dame unos minutos para despedirme de la vida y regresa más tarde para despedirme de ti.

Mi abuela me dejó sin palabras. ¿Qué podía yo decirle a Clarita después de eso? Quería llorar, gritar, agarrarme fuerte de sus manos para que no se fuera. Quería maldecir a la muerte, golpearla, destruirla; así de grande era mi impotencia. No quería dejarla ir, pero tampoco quería tenerla atada a mi miedo. Salí de su habitación con las manos temblorosas; no quise mirar hacia la cama, ni escuchar lo que susurraba hacia la ventana. Esas palabras no estaban destinadas a mí y no tenía derecho a escucharlas.

Crucé el pasillo hasta llegar a la sala, en la pared había una vieja fotografía enmarcada en carrizo. Mi abuelo, mi abuela y mi madre de niña aparecían en ella; el abuelo llevaba un sombrero de paja y una guayabera blanca, la abuela un vestido de bolitas y un mandil floreado y mi madre tenía una mueca extraña en su cara que me hizo sonreír. Tal vez en ese momento, aún se querían. Tal vez nunca han dejado de quererse, pero el amor de las dos cambió y se convirtió en algo que no soy capaz de ver ni entender; quizá la abuela tiene razón y no hay que confiar siempre en lo que uno ve sino en lo que uno siente.

Lloré sin querer, despacio y en silencio para no mortificar a mi abuela; minutos después volvió a llamarme. Al escuchar su voz, sentí mucho miedo. Caminé muy lentamente de regreso, queriendo atrapar el tiempo con mis pasos.

Al llegar a su habitación, la encontré de pie junto a la cama con su cabello cano y suelto.

-Acércate mi querida Clementina- me dijo.

Lo hice mientras mis piernas temblaban; no tenía miedo de mi abuela, ni de la despedida sino de la energía que podía palparse en la habitación. La luz estaba encendida, estábamos solas, pero no lo estábamos. Mis ojos me engañaban, pero mi corazón no.

-Lo has entendido hija, no puedes verla, pero sabes que está aquí. Ha venido a buscarme, cumplió su promesa. Pero antes de irme, te quiero ver.

-Pero abuelita…

Ella giró su rostro; sus ojos estaban abiertos. Sentí que el piso daba vueltas y que mi corazón saldría de mi pecho.

Su mirada era tierna y alegre, sus ojos de color azul. Más azules que el cielo en el invierno y que la capa de hielo que cubre las piletas al amanecer.

Me miró y sonrió.

-Ahora lo entiendo todo- dijo acariciando mi rostro.

No tuve miedo de ella porque me parecía conocida, tú tienes la cara de mi muerte y eres lo más lindo que pude ver. Fuiste lo último que vi al perder mis ojos y serás lo último que vea al perder mi vida; serás lo último que olvide y lo que más quiera. Adiós mi niña, sin lágrimas ni lamentos. Déjame ir en paz.

Acaricié su rostro y su cabello y me abracé a ella con fuerza; dejé de sentir miedo cuando dejé de escuchar su respiración. Clarita se fue abrazada a mí, cerré sus ojos con mis manos y besé sus mejillas.

La dejé acostada sobre la cama y salí de la casa sin poder pensar, sin poder sentir. El teléfono sonó un par de horas después, era mi madre preguntando por la abuela. Al responderle nos quedamos las dos en silencio, tampoco eran necesarias las palabras.

A la mañana siguiente la llevamos a enterrar, olí el cabello de la muerte a mi lado. No me quitó los ojos, pero se llevó un pedacito de mi corazón; sé que de mi dolor y mi oscuridad aprenderé cosas, que un día vendrá también por mí y que me llevará al olvido terso y silencioso al que vamos todos cuando nuestros ojos se cierran y podemos comenzar a ver.

Texto: Paola Klug
Fotografía: Roasting coffee beans de Fran Antmann

Blog de Paola Klug.

Originally posted 2017-02-15 20:27:59.

Categories: Cuento, Destacado, México

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