Carlos Payán, México y Horacio Labastida

Por José Steinsleger

Me disponía a empezar el año comentando el inicio del segundo periodo de Nicolás Maduro (presidente constitucional de la República Bolivariana de Venezuela), y la digna posición de México en el canallesco Grupo de Lima, cuando la columna Nosotros no somos los mismos me rescató de la cruda decembrina (Ortiz Tejeda, La Jornada, 7/1/19).

Fuerza y salud para el colega. Quien sin temor a que el orden de los factores altere el producto nos recordó, implícitamente, que la patria es primero. Al tiempo de señalar, que nada sería ella sin las luces de un Carlos Payán o un Horacio Labastida para disipar sus tinieblas.

Luces que junto con muchas otras nos permiten retomar las fundadas y renovadas esperanzas en el porvenir del país, convalidando el anhelo de 30 millones de ciudadanos. En consecuencia, el desprecio de izquierdistas y derechistas de este dato duro de la realidad equivale al trágico, recurrente y políticamente necio infantilismo de los primeros, y en ambos a un insulto contra México y los mexicanos.

A veces, los pueblos se dejan engatusar por la sonora pomposidad de las ideologías vacías. Ahí está el timo de una alternancia convenida a inicios del siglo por los de arriba, tergiversando un legítimo y sentido clamor nacional que terminó arrojando a México al abismo. O el caso reciente de Brasil.

En 2018, México retomó sus mejores ideales políticos porque el pueblo entendió, finalmente, que detrás de esas palabras tan prestigiadas por la propaganda y el liberalismo criminalmente entendido (democracia, libertad), las oligarquías esconden los más formidables, turbios y abyectos intereses económicos. Y aunque no hayan sido derrotados (¡están ahí!), periodistas y pensadores como Payán y Labastida contribuyeron a rayar la cancha.

Horacio publicó en 2002 Belisario Domínguez y el Estado criminal (Siglo XXI), libro de vibrante actualidad que, con exquisita agilidad y minuciosidad, narra el asesinato del senador chiapaneco por orden del traidor Victoriano Huerta (7 de octubre de 1913). Y se ha dicho que antes de matarlo, sus autores cortaron su lengua y se la enviaron al usurpador.

A los expertos en desmitificar lo que ellos llaman historia de bronceles encanta recordar que el macabro detalle nunca tuvo lugar. Cosa que la investigación de Labastida, confirma. Como fuere, ya el ingenioso inglés Samuel Johnson (1709-84) dejó escrito: Si para todo lo que se dice de la política hubiese que dar pruebas fehacientes, la historia no se podría escribir.

Así pues, a Belisario Domínguez y los 250 periodistas asesinados durante la alternancia en lo que corre del siglo, les cortaron efectivamente la lengua. Y estaban en el corazón de Payán cuando en el Senado, luego de recibir la Medalla de Honor Belisario Domínguez, los recordó “…a ellos más que a nadie”.

En Miré los muros de esta patria mía, su discurso, Payán contó que “empezaba a despedirse de las personas, los animales, los libros y los lugares que tanto ha amado…” Me pregunté, entonces, cuáles planes tendría en mente y a cuento de qué el apuro.

¿Qué homenaje idóneo dispensar al director fundador de La Jornada? De mi lado, tan sólo manifestar gracias por su profesionalismo y ejemplo, junto con el orgullo de poder escribir en sus páginas.

¿Qué memoria guardar para Horacio, el amigo y maestro que en ricas tertulias me enseñó a decodificar con serenidad los milenarios secretos de México? Ídem: tan sólo celebrar que me haya hablado con solidez y claridad.

¿Y cuáles palabras dirigir a la mujer única, que a diario conduce esta increíble nave editorial plena de credibilidad?

Con emoción contenida, me detengo. Ponderar a los que ayudan a vivir con su prestigio emanado, y no fabricado, es muy difícil.

La Jornada

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