Alvaro de la Barra, cineasta chileno: “La memoria, y su recuperación, en Chile ha sido frágil”

Por Daniel Cholakian 

La película Venían a Buscarme, de Álvaro de la Barra, es una búsqueda personal, de identidad. Comienza Álvaro, a sus 32 años, en una fiesta de una suerte de falso bautismo. En el festejo, compartido con su familia, el realizador / protagonista, celebra haber recibido el certificado por el cual el Estado chileno lo reconoce como hijo legítimo de sus padres: Alejandro de la Barra y Ana María Puga. Ellos eran  militantes del Movimiento de Izquierda Revolucionaria, MIR, y fueron asesinados en la puerta de su jardín infantil, luego de dejarlo allí como todas las mañanas. El niño, de apenas un año y medio, fue enviado solo a París, para ser recibido allí por su tío, que lo crío y a quien Piti, como le llamaban, le decía Papá.

La película es una profunda indagación sobre el tema de la identidad. De la identidad de un niño víctima de una dictadura sanguinaria. Más allá de no haber sido apropiado, como es el caso de medio millar de niños argentinos, su caso es también el de alguien que parte de un pasado arrasado, una historia que se silencia, que se hace tabú y no se nombra. No hay abandono, no hay accidente, no hay tragedia. Hay una acción planificada que incluso buscó borrar su propia existencia. Hasta su nombre debió ser cambiado, en un gesto heroico, y con ello perdido hasta el sentido original de la posibilidad de ser nombrado.

Hacer esta película en Chile, hablando de los niños que fueron víctimas de la dictadura es algo que hoy, en el año que se cumplen 45 años del golpe de estado, sigue siendo un gesto de riesgo estético político.

Venian a buscarme afiche horizontal

De la Barra hace de su película camino, y de su camino película. En esa dialéctica revela la complejidad del tema de la reconstrucción de la identidad sobre una historia arrasada, una historia que debe buscarse, una historia sin voces, sin fotos, sin aromas del cuerpo materno. El nombre, la ausencia de una imagen de la totalidad que se busca recuperar, los dos padres para un solo hijo, el lugar de la madre como incógnita, la idea de la trascendencia de la familia. Todas son cuestiones a completar, a reconstruir cuando casi no hay con que.

Lo heredado asoma en la tradición de su abuelo figura central del teatro chileno; su madre actriz de la vanguardia sesentista y su tío / padre cineasta y militante.

La posibilidad de pensar, sin enojo, el sentido de la lucha y el deseo de sus padres, como cientos, de formar una familia y sostenerla en medio de un fuego cruzado.

El trabajo de investigación es notable y la construcción  del relato, que permite contar mucho más que la historia personal  y responder las dudas primeras sobre sus padres, tiene un articulado sentido dramático. De la Barra arma un rompecabezas de un modo para nada lineal y da voz a quienes incluso eran anónimos, ajenos, pero pusieron el cuerpo y el riesgo para sostenerlo con vida y a salvo de la DINA. La Dirección de Inteligencia Nacional de Chile, aun cuando nadie lo crea, se dedicó a perseguir a un niño que apenas tenía un año y medio.

Entrevistamos a De la Barra a propósito de Venían a buscarme. Conversamos sobre la identidad, la memoria, el modo en que produjo al mismo tiempo cine y búsqueda y el presente político en Chile, su país natal.

Alvaro de la Barra¿Cuándo recuerda haber entendido cabalmente cuál era su historia personal? ¿Cuándo decidió que era importante para usted trabajar sobre su historia a partir de una película? 

Siempre conocí mi historia, quizás a los 4 años empecé a preguntar más detalles y en la medida en que crecía quería saber más, pero contaron desde niño, y eso lo agradezco. Sin embargo, en el exilio en Venezuela no tenía muchas personas a quienes preguntarle.

Desde que decidí dedicarme al cine siempre supe que esta sería mi primera película. Hace poco encontré unas páginas de un guión de cortometraje ficción que hice cuando tenía unos 15 años sobre mi historia, y fue un bonito encuentro porque me di cuenta de que había muchos elementos que están hoy en la película documental.

Si bien usted supo la verdad sobre la historia y su identidad personal no le fue negada ¿Cómo se puede pensar la cuestión de la identidad más allá del nombre y el apellido en casos como el suyo?

Justamente, el recibir mis apellidos es el gatillo disparador para que yo me lance en esa búsqueda, en la búsqueda de la identidad, porque si bien sabía de quiénes era hijo algo pasa cuando en tus documentos cambian tus apellidos. Pero ¿es eso solamente la identidad? Uno no deja de ser la persona que ha sido hasta ese momento por tener otros apellidos, o por finalmente vivir en el país donde nació. Creo que no. Como tampoco puedo negar que Pablo (mi Tío) es mi padre y que venezolano es mi andar.

Una cuestión central en su película es la relación con sus padres. ¿Cuánto aportó hacer esta película para pensar esa relación desde el presente?

Yo siento que uno siempre tiene un momento en la vida en que se pregunta cómo fue la infancia de sus padres, cómo fue la relación de ellos a su vez con sus propios padres, de dónde vienen ellos, etc. Porque finalmente es de ahí de donde uno viene. Y  esta búsqueda, es mi intento de conocer lo que ya no está, lo que se va desvaneciendo en la memoria de otros, en las cosas que ya no están pero aún se recuerdan. Esto no es acerca de poder imaginar cómo sería una hipotética relación con mis padres, pero la pregunta no se puede evitar, quizá porque la relación parental que sí tuve me plantea preguntas, interrogantes, vacíos.

Muchos de los que aparecen en la película son víctimas de una u otra manera de la dictadura y la violenta represión ¿Cree que en Chile se comprende la dimensión que tuvo el daño producido?

No, yo siento que sobre todo las nuevas generaciones no ven que todos hemos sufrido de una manera u otra las consecuencias de la dictadura, y que hoy aún las sufrimos. La dictadura cívico-militar creó una estructura socio-política muy firme y esta ha sido consolidada y no abolida, como uno esperaría de un proceso histórico de vuelta a la democracia, la sociedad chilena es la más inhumana que he conocido hasta ahora. Ser consciente de esto cuesta llevarlo presente en la vida cotidiana, para los que alcanzan a tenerla, porque el hombre necesita de esperanza para seguir el día a día y la sociedad chilena suele vender muy bien la ilusión de bienestar.

La película está organizada alrededor de un recorrido que es a la vez reencuentro y búsqueda de información, algunos de ellos muy íntimos y personalmente muy comprometidos ¿cómo fue tener esos encuentros frente a las cámaras? ¿Cómo trabajó su lugar de protagonista central y su lugar como realizador?

Consciente de que mi película sería un documental de la palabra, no quería hacer “entrevistas” propiamente como tales, así que me planteé la idea de hacer encuentros en muchos de los cuales fuera conociendo a los personajes ahí, directamente frente a la cámara. Por esto decidí rodearme de un equipo muy cercano familiarmente, los camarógrafos fueron colegas que a su vez eran amigos cercanos o familiares. Eso me permitió realizar los encuentros según esa premisa, y sentirme bastante liberado del rol de director durante el rodaje, ya que pude apoyarme muy confiadamente en mi equipo.

Finaliza la película haciendo una referencia al Chile del presente ¿Cambió su mirada sobre el país luego de hacer la película? ¿Cuál es su visión del presente chileno en relación con la memoria?

Sí, muchísimo. Yo nunca había vivido en Chile y la imagen que tenía me había sido transmitida por familiares exiliados, que dejaron un Chile del 73 muy distinto, muy distinto incluso del Chile de los 60. En el exilio uno crece pensando que Chile es todo lo opuesto al arribismo, racismo, materialismo y conformismo que uno encuentra hoy en día.

La memoria, y su recuperación, en Chile ha sido frágil. Comenzó por iniciativas particulares, sin recursos y con mucho esfuerzo, pero sin ninguna ayuda gubernamental y mucho menos como política de Estado, por lo que es desordenada y sin una intención clara de cómo y para qué estamos intentando recuperarla. Quizás la única excepción sea el Museo de la Memoria de Santiago.

Nodal Cultura
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