A deshora

Por Cristina Pacheco

Felipe conoce tan bien ese camino que podría recorrerlo con los ojos cerrados sin tropezar. Sabe de memoria los nombres de los comercios y talleres a ambos lados de la calle. A sus propietarios, durante años, los llamó por su nombre y muchas veces se detuvo para sostener con ellos breves conversaciones.

Hoy podría hacerlo con holgura, mañana también y después y después… No tiene prisa. Quizá no la tenga durante mucho tiempo: el que deba transcurrir hasta que consiga otro empleo. Breve o larga, esa etapa le resultará insoportable. Lleva dos meses sin trabajo y las semanas se le han hecho siglos. Imagina que a Gloria, su compañera, también. Ella ha tenido que soportar su malhumor, su pesimismo, sus ofensas y en los últimos días también sus arranques de violencia.

Cuando logra controlarse, Felipe reconoce que actúa así para ocultar su debilidad y le aconseja a Gloria que se aparte de él antes de que suceda algo irreparable. Ella se niega. Está dispuesta a hacer cuanto sea necesario para que Felipe recupere su fe y su optimismo. ¿En dónde quedaron? –le preguntó anoche para sacarlo de su abatimiento, pero sólo consiguió ponerlo en su contra. La llamó estúpida cretina. ¿Quería que un hombre desempleado, lleno de compromisos y deudas, se comportara como si todo estuviera de maravilla? Es fácil ser optimista cuando se tiene trabajo, dinero seguro, oportunidad de progresar y compañeros que con el tiempo llegaron a ser buenos amigos. Él había perdido todo eso de la noche a la mañana, sin imaginarse que la paga de noviembre era la última.

II

Desde entonces ha estado buscando empleo incansablemente. Cuando sale a la calle lo observa todo con la esperanza de encontrar por ahí el anhelado aviso: Se solicita… En varias ocasiones pensó en volver a la fábrica de jabón en Xalostoc y pedirle al ingeniero Vega, su antiguo jefe, otra oportunidad. Por miedo al rechazo se desistió, pero no puede más: hoy lo hará. Piensa llegar a la fábrica poco antes de la hora de la comida. Con el pretexto de que andaba por el rumbo solicitará el permiso del guardia en turno para ir a saludar a sus antiguos compañeros.

Detrás de este afán cortés hay una esperanza: conseguir entrevista con el ingeniero Vega y explicarle su situación: le quedan pocos ahorros, Gloria está embarazada y, por más esfuerzos que ha hecho, no ha podido conseguir trabajo. Tal vez sea posible regresar a la fábrica –su fábrica–, aunque sea a un cargo inferior al que tenía. Inge: ¿cree que habrá chance?

III

Siente un golpe en el pecho cuando, a la distancia, mira la reja de la fábrica adornada con motivos navideños. Son los mismos que él y Arnulfo Sandoval colgaron tantas veces mientras hacían planes para las compras y los festejos. El recuerdo lo alegra y aviva sus esperanzas. Acelera el paso y se frota las manos. Pese al frío, las tiene húmedas. Ni que fuera un chamaco, dice mientras se encamina a la entrada de la fábrica.

Lo tranquiliza ver que Guadalupe Roldán está de guardia. Se conocen desde hace años y eso le permite cierta familiaridad: Órale, güey, ¿todavía andas por aquí? Roldán lo escucha indiferente, pero Felipe no pierde el buen humor: Me alegra. Te ves bien. Pasaba por aquí y me gustaría felicitar a los cuates. ¿Puedo? El guardia consulta el reloj marcador a sus espaldas: Pero no te quedes por mucho tiempo. Falta poco para que salgan a comer. ¿Traes tu IFE? Dámelo para que te entregue tu gafete. ¡Te manchas! Nos conocemos hace… ¡Son órdenes!

Felipe obedece y empieza a caminar por la explanada. El ruido que sale de las naves, el movimiento de los camiones en el estacionamiento, el intenso olor a grasa de cebo le causan la impresión de que ha vuelto a ser un obrero más entre los cientos que laboran allí. Conoce a la mayoría, pero sus amigos pertenecen a la sección de terminados donde, según se especifica en una cartulina sobre la entrada, Sólo hay chingones cumbiamberos.

Sabe en qué módulo están, cómo suena la radio permanentemente sintonizada en el 88.1, qué calendarios y pósters adornan las paredes. Disfruta por adelantado la cordialidad de sus antiguos compañeros y las bromas que le harán cuando lo vean, el tono amistoso con que volverán a llamarlo por su apodo: Ferruco.

IV

En cuanto ingresa al área, Felipe nota que el ambiente ha cambiado. Lo atribuye a que hay menos trabajadores. Entre ellos sólo se encuentran algunos conocidos: Arévalo, Salcedo, Macías y Sandoval. Este es el único que interrumpe sus tareas para darle la bienvenida y, después de un rápido intercambio de saludos, ponerlo al tanto de la situación: doble carga de trabajo por el mismo salario, rumores de que habrá más despidos o tal vez cierre y cero contrataciones.

A pesar de las malas noticias, Felipe conserva las esperanzas. Pregunta por el ingeniero Vega. No puede contener una exclamación de disgusto cuando oye la respuesta de Sandoval: Entró en el último recorte. Se dice que va a sustituirlo un sobrino del dueño, pero quién sabe. Y tú, ¿cómo andas? ¡De la chingada! Ya te imaginarás… Si sé de algo, te aviso. Felipe agradece la oferta aunque sepa que no es garantía de nada. Quiere despedirse, pero no sabe cómo y prolonga la charla hasta que suena la chicharra que indica la hora de comida: No quiero entretenerte, Sandoval. Otro día paso, a ver si nos tomamos unas chelas. Luego hace una despedida general y al salir ve junto a la puerta el famoso cartelito: Sólo hay chingones cumbiamberos.

V

Son las dos de la tarde y para Felipe el día ha terminado. No tiene proyectos ni destino inmediato y no quiere regresar a su vivienda. Tendrá que desocuparla si no logra conseguir trabajo. A sus 42 años no será fácil y el tiempo sigue corriendo. Cada día, cada minuto que pasen significarán oportunidades que se alejan, puertas que se cierran, caminos que ya no conducen a ninguna parte. Felipe no logra controlar sus pensamientos ni la sensación de hallarse perseguido por su mayor enemigo: el tiempo.

La Jornada

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