La mujer que se inventó a sí misma y se convirtió en el único mito femenino en México

La mujer que se inventó a sí misma y se convirtió en el único mito femenino en México

“María nació dos veces: sus padres la engendraron y ella, después, se inventó a sí misma”.
Octavio Paz

Por Carlos Ureña 

 
Era 8 de abril del año 2002, un cortejo fúnebre partía desde la calle de Hegel, en Polanco, rodeado de cámaras, flashes, micrófonos, motocicletas y todos los ojos del país puestos en él, hasta llegar al Palacio de Bellas Artes, cuya explanada frontal estaba cubierta con cientos de personas que llevaban entre sus manos flores, imágenes y con la tristeza que genera la pérdida de un ser querido. El máximo recinto de las artes en México, se vestía de luto para recibir los restos mortales la gran diva del cine nacional: María Félix.

Nació el mismo día de su muerte, pero de 1914 en Álamos, Sonora, en una familia de 12 hermanos, y recibió el nombre de María de los Ángeles Félix Güereña. Disfrutaba de hacer actividades entonces destinadas sólo para los hombres, como montar caballo sin silla y realizar pasos mortales. En ocasiones, su hermano Pablo la acompañaba, con quien generó una muy estrecha relación; años más tarde, declaró que “el perfume del incesto no lo tiene ningún otro amor”; sin embargo, para separarlos, Pablo fue enviado a un internado militar en el que tiempo después perdió la vida; hecho que se convirtió en el primer golpe fuerte que María recibiría.

Al buscar escapar de su padre autoritario, en 1931 contrajo matrimonio con Enrique Álvarez, con quien tuvo a su único hijo, Enrique Álvarez Félix; la unión se volvió desafortunada cuando se dio cuenta que sólo había cambiado el yugo familiar por el matrimonio; tiempo después de soportar abusos, decidió divorciarse y fue señalada por la sociedad tradicionalista de aquella época.

 

Luego de asumir el dolor de tener que dejar a su hijo, la hermosa joven decidió tomar el destino en sus manos y mudarse a la Ciudad de México, donde tenía una cita preparada con la grandeza. En 1942, mientras caminaba por las calles del Centro Histórico, fue abordada por el Ing. Fernando Palacios, quien, cautivado por su hermoso rostro, la invita a entrar al mundo del cine.

María, reacia a la idea, acudió a la prueba de cámara, y se le fue otorgado el papel protagónico en la película “El Peñón de las Ánimas”; su coestelar fue el ya consagrado “Charro Cantor”, Jorge Negrete, quien despreció a la actriz novata y generó un ambiente tenso durante todo el rodaje. No obstante, María se convirtió en una sensación inmediata con el público, debido a su belleza, porte y grandes ojos.

Su oportunidad de oro llegó en 1943, cuando se realizó la versión cinematográfica de la novela “Doña Bárbara”, escrita por Rómulo Gallegos; la actriz elegida para encabezar el reparto era Isabela Corona; sin embargo, María Félix fue invitada a la comida de presentación del largometraje y, al momento de entrar al salón, su magnética presencia enamoró a los productores, quienes decidieron otorgarle el rol principal; se trató de una mujer inocente que había sido violada, por lo que despreciaba a las hombres, dominaba tierras y compraba leyes, cautivó a la audiencia, quienes le otorgaron su sobrenombre más famoso: “La Doña”. La férrea personalidad de Doña Bárbara empataba con la fuerza de la actriz, y aprovechó ese impulso para comenzar a consolidar la mítica imagen que mantendría frente al público hasta el último momento.

En 1946 realizó la primera de muchas colaboraciones con el director Emilio “El Indio” Fernández, quien le ofreció protagonizar junto con Pedro Armendáriz la película “Enamorada”, en la que se puede observar una faceta diferente de la actriz. La cinta estuvo fotografiada por el reconocido Gabriel Figueroa, en la que ambos lograron crear uno de los cuadros más recordados en la historia del cine mexicano: el close up a los expresivos y brillantes ojos de María, quien despertaba al sonido de la serenata que le era llevada a su balcón, con la canción “La Malagueña”.

Por su actuación, ganó un Ariel a mejor actriz protagónica en 1947, y en 1949 recibió su segunda estatuilla en la misma categoría, gracias a su trabajo en otra cinta clásica “Río Escondido”, de nuevo enmarcada por las composiciones estéticas de Figueroa, y dirigida por “El indio” Fernández, quien obtuvo una de las mejores actuaciones de toda su carrera. Finalmente, en 1951 recibió su tercer premio, luego de interpretar a una femme fatale en “Doña Diabla”.

María Félix fue una súper estrella que se convirtió en la actriz mejor pagada de su tiempo incluso al ganar más que sus colegas masculinos. Sus viajes internacionales fueron motivo de encabezados en los periódicos, y todos se rendía a sus pies. Cuando visitó La Habana, recibió las llaves de la ciudad, y gracias a su petición, Batista le perdonó la vida a un hombre prisionero; el Rey Faruk de Egipto le ofreció la diadema de oro de Nefertari a cambio de una noche de amor con él, oferta que la diva no sólo rechazó, también le dejó claro que sus noches no se compraban con oro.

Se casó por segunda vez con el renombrado cantautor Agustín Lara, quienes experimentaron una intensa relación llena de celos, infidelidades y un profundo amor; el “músico poeta” le ayudó a recuperar a su hijo; además de componerle canciones como ‘Humo en tus ojos’, ‘Palabras de mujer’, ‘Noche de ronda’, y la célebre ‘María Bonita’, que se convirtió en el himno personal de La Doña; sin embargo, tomó la decisión de terminar con el matrimonio después de que Lara, en un arranque de celos, le disparó, tiro que afortunadamente falló.

Siendo la más grande figura del séptimo arte mexicano, rechazó ofertas de trabajo en Hollywood al no parecerle dignas, aunque aceptó iniciar su carrera en Europa, y conquistó las pantallas de España, Italia y Francia; fue dirigida por Luis Buñuel y Jean Renoir, entre otros. Los medios de aquellos países la presentaban como “La mujer más bella del mundo”, sus grandes ojos y mirada profunda se convirtieron es su sello; derrochaba estilo dentro y fuera de sus películas, las grandes casas de moda hacían diseños exclusivos para ella, como Balenciaga, Valentino, Chanel, Givenchy, Dior, Saint Lauren, Hérmes, y sus inolvidables joyas de la casa Cartier.

Se casó por tercera vez con Jorge Negrete, pero su relación sólo duró un año debido a la muerte prematura del charro cantor. Su cuarto y último matrimonio fue con el millonario Alex Berger, quizá el gran amor de su vida y el hombre que más la influenció, ya que fue su época de mayor estabilidad emocional, y cambió su residencia a la ciudad de París; quedó embarazada por segunda vez pero a los pocos meses de gestación perdió al bebé. Aun así, María gozaba de una relación madura, alternaba su vida de esposa en Francia, con su trabajo cinematográfico en México; Berger consentía ampliamente a La Doña, de tal manera que como una suerte de regalo, el empresario hizo las gestiones con el gobierno de la Cuidad de México para construir un metro como el que existía en París. Pero la actriz recibió dos difíciles noticias: primero, el fallecimiento de su madre y, a los pocos meses, en 1974, falleció Alex Berger. Esto la sumió en una gran tristeza, pero dando muestra de su fuerte carácter logró sobreponerse, por lo que se hizo cargo de la cuadra de caballos que su esposo le heredó y se convirtió en la reina de los hipódromos del viejo continente, en los que ganó números premios durante 11 años.

Su inigualable belleza, elegancia y notable inteligencia, hicieron que a lo largo de su vida cultivara amistad con grandes personalidades como Jean Genet, Simone de Beauvoir, Jean Paul Sartre, Jean Cocteau, Picasso, Salvador Dalí, Manolete, Octavio Paz, Salvador Novo, Javier Villaurrutia, Renato Leduc, Carlos Monsivais, Jacobo Zabludovsky, Frida Kahlo, Eva Perón —quien supo que estaba por morir de cáncer, y le pedió que la acompañara en sus últimos meses—, Dolores del Río, entre muchos otros.

Siempre dijo que “la belleza es un don aparte, porque te ayuda para todo”; y ella se sabía hermosa; su imagen fue inmortalizada por los pinceles de Leonor Fini, Remedos Varo, Leonora Carrington, José Clemente Orozco, Antoine Tzapoff —joven pintor que fue su última pareja—, y su eterno enamorado Diego Rivera. Tuvo una relación con el actor argentino Carlos Thompson, con el torero español Luis Miguel Dominguin (en su debut en la Plaza México le brindó un toro). Su enamorado sin esperanza fue José Alfredo Jiménez, quien le escribió la canción “Ella”, misma que le mandó cantar a Buenos Aires con el tenor Pedro Vargas.
maria felix
También fue acreedora del premio El Ariel de Oro, que reconoció su carrera cinematográfica, La Diosa de Plata por su carrera internacional como actriz, La Medalla de la Ciudad de México, La Medalla al Mérito Artístico de la ANDA, la Medalla de la UNAM por su trayectoria fílmica, y en 1996 se convirtió en la primera actriz de América Latina en recibir la Condecoración de la Orden de las Artes y Letras en grado de Comandante del Gobierno Francés. Más de cuarenta títulos abarcan su carrera, como “La Devoradora, “French Can-Can”, “Tizoc” —ganadora del Globo de Oro a Mejor Película Extranjera—, “La Diosa Arrodillada”, “El Monje Blanco”, “Mare Nostrum”, “Mesalina”, y culminó su carrera en 1970 con “La Generala”.

En 1991, después de largo tiempo de ausencia, reapareció en México a través de un programa especial transmitido por televisión con una duración de cuatro horas, que rompió records de audiencia. En sus últimos años editó su libro autobiográfico “Todas mis guerras”, y experimentó su dolor más grande con la muerte de su único hijo en 1996. Cambió su residencia a la Ciudad de México, donde vivó entre sus casas de Polanco y su Palacio de las Tortugas en Cuernavaca, rodeada de sus lujos y su colección de antigüedades… hasta que se encontró con la muerte a la 1:00 de la mañana del 8 de abril de 2002, justo al cumplir 88 años.

“La mexicana del mundo”, como era conocida, siempre puso el nombre de su país en alto, dicen los expertos que es el único mito femenino en México creado por una mujer; Enrique Krauze la definió como: “Una de las mujeres más eminentes de toda la historia mexicana”. Miles de anécdotas, frases y leyendas rodearán siempre a la máxima diva del cine nacional, cuya vida fue un eterno esplendor que construyó a propia voluntad.

El hablar de mí es muy severo, porque soy mucho mejor de lo que parezco”.
—María Félix

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