45 años de la Universidad Nacional de Misiones en el centenario de la Reforma Universitaria

Por Javier Gortari

Entendemos que el desarrollo de nuestra universidad y su impacto en la realidad misionera resulta por demás manifiesto en números, pero también en el valor cualitativo de esas cantidades: de 1.000 estudiantes en 1973 pasamos a 24.000 en la actualidad, de 10 carreras de grado y tecnicaturas que había entonces hoy superamos las 60, hemos acreditado además casi 40 posgrados incluidos 6 doctorados y organizado 3 institutos de doble dependencia con el CONICET (Instituto de Estudios Sociales y Humanos, Instituto de Biología Subtropical e Instituto de Materiales de Misiones) en los que trabajan decenas de científicos y becarios. De los poco más de 100 docentes que teníamos en los inicios, hoy suman 1.500 (40% con formación de posgrado y 70% categorizados en el Programa Nacional de Incentivos a la Investigación). Del mismo modo hemos pasado de tener 50 trabajadores de apoyo técnico, profesional y administrativo a superar los 600, de los cuales  más del 40% cuentan con estudios superiores. Y hemos alcanzado los 21.000 graduados técnicos y profesionales, que representan casi un 80% de las 27.000 personas con estudios universitarios completos que registró el Censo de Población del año 2010 en la Provincia de Misiones.

Si hemos de manejarnos con rigor y memoria, cuando hablamos de producción de conocimiento y su difusión  en la región, debemos remontarnos a los 7 mil años de historia tupí guaraní y sus saberes ancestrales que hoy constituyen el sustrato sustantivo de nuestro acervo cultural: cosmovisión, idioma, fitomedicina, alimentos regionales, entre ellos la infusión de yerba mate –bebida nacional-, cuya elaboración y preparación actual repite en esencia los mismos procedimientos y rituales practicados por aquellos pobladores originarios.  En ese sentido, también corresponde rescatar lo producido en los 500 años de mestizaje intercultural desde el primer asentamiento español en la cuenca del Plata, entre los que destacan por el impacto de la construcción sincrética los cerca de 200 años que los misioneros de la Compañía de Jesús convivieron con los nativos de la región en los 30 pueblos jesuíticos levantados en ambas orillas de los ríos Paraná y Uruguay, generando la escritura en guaraní, música, arquitectura y arte de las misiones, así como la tecnología para producir instrumentos, herramientas, muebles, impresión de libros, además de organización social, política y religiosa.

Sin olvidar la necesaria formación militar, la fabricación de pólvora y armas para defenderse de las incursiones en búsqueda de mano de obra esclava de españoles y portugueses. (En las misiones también se desarrolló la tecnología de germinación y plantación de Yerba Mate, que se perdió después de la expulsión de los jesuitas y la destrucción  de las reducciones, y que recién se recuperaría a principios del siglo XX). Y el nuevo aporte inmigratorio nororiental europeo, italiano, francés, japonés, árabe, paraguayo y brasileño que desde principios del siglo pasado, le dieron una vuelta de tuerca a aquel mestizaje histórico, produciendo el interesante crisol etnográfico que caracteriza a nuestra provincia. Toda esa impronta  sociocultural está muy viva en nuestra huella genética regional y constituye nuestro perfil identitario misionero.

Más allá de aniversarios  institucionales, los argentinos tenemos una celebración cotidiana que se resignifica en circunstanciales onomásticos como las que hoy nos ocupan: vivir en libertad y en democracia. Para una universidad, por caso la UNaM, que nació con un decreto presidencial firmado por un general golpista  y que sufrió durante la última dictadura cívico militar la persecución y asesinato de un ex decano (Alfredo González)  y cuatro estudiantes  (Juan Figueredo, Mariano Zaremba, Carlos Tereszecuk y Luis Franzen), la exoneración y/o cárcel de una treintena de docentes y no docentes, festejar sus 45 años de funcionamiento y desarrollo en un contexto democrático de consenso ciudadano sobre el acceso a los estudios universitarios como derecho humano básico y bien público de responsabilidad estatal, tiene un valor agregado simbólico trascendente.

Así como la profunda convicción colectiva sostenida y profundizada en estos 100 años que nos separan de la Reforma Universitaria de 1918, acerca de la autonomía, la pluralidad de ideas, el concurso abierto y la libertad en las cátedras, el cogobierno, la democracia interna, el compromiso social, la pertinencia regional y el rigor científico que deben caracterizar a la educación superior pública, gratuita y de excelencia. Entendiendo a la educación en general como la inversión estratégica de toda sociedad que concientemente decidió proyectarse hacia un futuro de inclusión social, desarrollo humano, productivo y científico-tecnológico, preservando el medio ambiente, garantizando la soberanía política y mejorando cada día la calidad institucional y democrática de la Nación.

Esta enunciación casi declarativa, nos entronca con la historia viva del sistema universitario argentino y con los principios liminares de transformación social y revolución política de la Reforma Universitaria de 1918. Y en esa vivencia, más allá de los fastos a que nos someterá la obviedad celebratoria, debemos ser capaces de redescubrir  y reinventar la voluntad colectiva de democratizar el conocimiento, de garantizar la oportunidad de los estudios universitarios como un derecho universal de ciudadanos y ciudadanas que debe ser garantizado por el Estado, y de ponerlo al servicio de un proyecto emancipador de la república. Es el mejor homenaje que merecen los reformistas de 1918.

Nodal
Categories: Argentina, Misceláneo