Violencia sexual

Por Margarita Rosa de Francisco

La educación es lo único que puede contra la violencia de cualquier índole.

Después de leer tantas noticias sobre hombres poderosos que aprovechan esa ventaja para acosar sexualmente a las mujeres, me siento viviendo en un planeta de simios; los más fuertes de la manada toman a las hembras cuando lo demanda su instinto, sin que nada pueda mediar. Es curioso que eso siga pasando en países civilizados donde muchos de estos señores arrechos (¿qué otra palabra?) han tenido acceso a una educación de lujo. ¿Será una patología de la cultura?

Estoy convencida de que la educación es lo único que puede contra la violencia de cualquier índole, pero, francamente, me quedo sin argumentos ante el comportamiento primitivo de estos sujetos tan renombrados, como es el de bajarse los pantalones de buenas a primeras para mostrarles el pipí a mujeres desprevenidas, manosearlas sin su permiso y masturbarse delante de ellas en el mejor de los casos, pues lo peor viene con violada y asesinato.

Yo también me puse a hacer memoria para ver si recordaba haber tenido alguna experiencia similar en mi trabajo, y de verdad sigo creyendo que no. Sin embargo, hace un par de noches soñé con una conversación que ocurrió en la vida real, cuando participé en una serie dirigida por el español Pedro Masó (a mi inconsciente no se le escapó).

Es curioso que eso siga pasando en países civilizados donde muchos de estos señores arrechos han tenido acceso a una educación de lujo. ¿Será una patología de la cultura?

El hombre ya estaba mayor, y su estilo de dirección era muy de la vieja guardia; le gustaba torturar psicológicamente a las actrices dizque para sacar lo mejor de ellas. En una sobremesa, el viejo dijo en un tono muy jocoso: “Vosotras las mujeres os dividís en clases de coños”, y a partir de ahí empezó a describir con detalle cómo era esa clasificación y cuál categoría me correspondía. Yo era la única mujer en aquel grupo de machos que celebraban a carcajadas y complementaban su ocurrente teoría. Me sentí violentada, pero fui incapaz de reaccionar, ¡le tenía pavor!
A las mujeres también se nos ha acostumbrado a condescender con la brutalidad de las bromas sexistas, y mucho más cuando quienes las usan son figuras de poder, pues de poder, más que de sexo, es de lo que parece tratarse todo el asunto. ¿Cómo nombrar este nivel de agresión? En privado, Masó nunca se sobrepasó, fue siempre muy ‘decente’ conmigo.

¿Por dónde tiene que comenzar la educación de una sociedad para que sus hombres dejen de manejarse de esta manera y tanto ellos como nosotras sepamos por qué ocurre y a qué se le llama violencia sexual?

El Tiempo 

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