VIII Cumbre de las Américas: ¿cima o sima?

José Steinsleger /II
La Carta Democrática (CD) que Washington y sus títeres tratan de imponer a Venezuela, es un burdo remedo de la intervencionista doctrina Betancourt, que la OEA usó en 1962 para excluir a Cuba del llamado sistema interamericano.

La nueva y plagiada CD fue adoptada por la OEA en una sesión especial celebrada en Lima, el fatídico 11 de septiembre de 2001. Pero siete meses después quedó en evidencia el doble rasero del fútil documento. Fue cuando Estados Unidos (W. Bush), y el Estado español (José María Aznar), junto con los presidentes de Colombia (Andrés Pastrana), El Salvador (Francisco Flores) y Chile (Ricardo Lagos) se apresuraron a festejar el cuartelazo que en abril de 2002 secuestró al presidente Hugo Chávez durante 47 horas, poniendo en su lugar al payaso Pedro Carmona, El Breve.

En efecto, y tal como acontece mientras estos apuntes toman forma, los demócratas a la carta parecen subestimar la fuerza ética y moral de los chavistas, que hace 16 años bajaron de los cerros de Caracas para rescatar a su presidente. Y así, por culpa de Chávez, América Latina empezó a vivir algunos años de grandes esperanzas, mostrándose una firme voluntad independentista, antimperialista y emancipadora (2002/08).

El primero de enero de 2003, luego de tres intentos fallidos, el sindicalista Lula da Silva asumió la presidencia de Brasil, con 65 por ciento de los votos. Cinco meses después, en Argentina, un político peronista surgido del complejo proceso que siguió a la poblada contra Fernando de la Rúa a finales de 2001, Néstor Kirchner, empezó su gestión abrazando a las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, y cuestionando el modelo neoliberal.

En octubre de 2003, el presidente de Bolivia, Gonzalo Sánchez de Lozada (quien así como el emperador Carlos V apenas farfullaba el castellano), fue echado por el pueblo a patadas del Palacio Quemado, dejando un tendal de 68 muertos y 400 heridos. Y en abril de 2005, en Ecuador, el presidente Lucio Gutiérrez siguió el camino de Abdalá Bucaram y Jamil Mahuad, derrocados en sendos alzamientos populares (1997 y 2000).

Luego vino la histórica cuarta Cumbre de las Américas (CA, Mar del Plata, noviembre). Ocasión en que Estados Unidos y Canadá trataron de imponer, fuera de agenda, el Acuerdo de Libre Comercio de las Américas(Alca), con base en el TLC de México con Estados Unidos y Canadá. Entonces, Chávez respondió diciendo: ¡Alca, Alca!… ¡al carajo!, mientras Kirchner, el anfitrión, manifestó mirando de frente a W. Bush: “…no nos van a patotear”. Un mes después, Evo Morales fue elegido presidente de Bolivia, con más de 53.4 por ciento.

En noviembre de 2006, Rafael Correa ganó los comicios de Ecuador, con más de 56.6 por ciento de los votos. Y al mes, murió Pinochet, prócer putativo de la democracia a la chilena. En octubre de 2007, Kirchner entregó el bastón de mando a su esposa, Cristina Fernández (con más de 45 por ciento de los votos), y en octubre de 2008 Fernando Lugo se convirtió en el primer presidente izquierdista de Paraguay.

El ímpetu emancipador de América Latina se vio coronado con la constitución de la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA, 2004), Petrocaribe (2005), la Unión de Naciones Sudamericanas (Unasur, 2008), y el fortalecimiento del alicaído Mercosur (1991).

En el periodo referido hubo que lamentar la invasión militar del Pentágono en Haití (febrero de 2004), con el pretexto de la sangrienta crisis política provocada por contratistas(mercenarios) y ex golpistas de otras épocas. Pero el Departamento de Estado responsabilizó de la crisis al presidente Bertrand Aristide.

A propósito de intervencionismo y democracia, el caso de Aristide resulta harto ilustrativo. Primer presidente elegido democráticamente en la historia del país antillano (febrero de 1991), Aristide fue derrocado siete meses después y, curiosamente, Washington lo ayudó a recuperar el poder en octubre de 1994. Sin embargo, durante su tercer gobierno (que en 2000 ganó con más de 91 por ciento de los votos, parece que Aristide no resultó un buen presidente. ¡Había restablecido relaciones con Cuba, y miraba con cariño la revolución bolivariana!

Por consiguiente, los centuriones de la doctrina Monroe concluyeron que Aristide “…no estaba actuando en el mejor interés de Haití, y que su expulsión era necesaria para la estabilidad futura del país” (sic). Sin condenar la invasión militar, la OEA guardó silencio y Haití fue ocupada por 7 mil cascos azules de 23 países de la ONU.

Retomemos el hilo. Con la quiebra del banco de inversión Lehman Brothers en 2008 (550 mil millones de dólares) y la fuerte caída de los precios de las materias primas, empezó el periodo que obligó a los gobiernos nacional-populares a guardar más prudencia y cautela.

En todo caso, la quinta CA (Puerto España, abril de 2009), fue precedida en marzo por el acuerdo que en la OEA revocó la resolución que en 1962 había excluido a Cuba del organismo. Pero en junio de 2009, la historia (o al menos esta historia nuestra) probó que puede repetirse ad infinitum. Por órdenes del Pentágono, un comando de militares hondureños interrumpió el sueño del presidente Manuel Zelaya, y en pijama lo mandó al exilio.

Y ahí sí, la OEA se desgarró las vestiduras leyéndonos su Carta Democrática, sin muchas ganas, claro. Porque, al igual que Aristide, Zelaya estaba resultando otro mal presidente: ¡en 2007 se había adherido a la ALBA!

La Jornada
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