El salvadoreño que amó la verdad, a los pobres y a los mancillados

El salvadoreño que amó la verdad, a los pobres y a los mancillados

Por Dennis Orlando Escobar Galicia

Este año, el 15 de agosto, estaría cumpliendo cien años de haber nacido en San Miguel, El Salvador, Óscar Arnulfo Romero Galdámez. También este año, el 24 de marzo, se cumplieron 37 años de su brutal asesinato.

Monseñor Óscar Arnulfo Romero, considerado el más universal de los salvadoreños, no por haber sido beatificado por la manera en que murió sino, ante todo, por su consecuencia con sus convicciones cristianas.

En una de sus homilías en la Catedral de San Salvador (29 de mayo de 1977) manifestó: «La persecución es algo necesario en la iglesia. ¿Saben por qué? Porque la verdad siempre es perseguida». Tres años después, en 1980, fue brutalmente martirizado en la Catedral de San Salvador, mientras oficiaba misa.

La sangre de Monseñor Romero ha venido a regar las aspiraciones de millones de pobres, mancillados y justos que seguimos soñando con un mundo mejor. Una Tierra en donde sus prédicas en defensa de los derechos humanos se hagan realidad.

Monseñor Romero fue un salvadoreño que predicó con el ejemplo y enfrentó a sus oponentes, a los hipócritas y fariseos, cara a cara y en público. Fue en consecuencia un ser humano de razón y acción.

En el año del centenario de su nacimiento y a los treintaisiete años de su cobarde asesinato, su insigne figura debe encumbrarse en los altares de los creyentes cristianos y en la bandera de lucha de quienes aún creemos que otro mundo es posible.

Los universitarios e intelectuales de pura cepa, los consecuentes con la autenticidad, debemos retomar su humanismo y comunicar con la verdad, aunque esta sea perseguida por los oscurantistas que obstruyen la construcción de una sociedad de justicia social.

El pensamiento humano y consecuente de Monseñor Romero sigue repicando no solo en la tierra que lo vio nacer y en los fieles que lo oyeron predicar; está presente en el grito de quienes piden pan y agua; en los que claman justicia y libertad; en quienes aún creemos en un mundo mejor.

Este año, el pueblo salvadoreño ha redoblado su espíritu combativo, y para conmemorar a su más querido benefactor y mártir revolucionario, está llevando a cabo una serie de actos para perpetuar su ideario.

Recién se acaba de realizar un festival poético en donde salvadoreños y guatemaltecos de diferentes edades y disciplinas profesionales, pero unidos por la literatura,  manifestaron su homenaje a Monseñor Romero.

«Una voz de evangelio vital, /voz de los pauperizados, /campesina, obrera, sufrida, doméstica/ se escuchó por última vez en el altar eclesial; /un ojo descompuesto de ira apuntó al corazón/ de lo humano,/ de San Salvador, y volaron las palabras/ ensangrentadas a la luz,/ a la mañana que debía construirse/ con detenimiento después del desánimo y la / represión.», recitó Gustavo Bracamonte Cerón.

«En el continente no es posible la paz mientras no se construya el justo orden de las condiciones sociales. La paz auténtica de guerra no es tampoco miedo a la represión; ni el equilibrio de los poderes sino el fruto de la justicia.», expresó Carlos René García.

«Monseñor Romero nos enseñó que es posible recuperar la dignidad y mantenerla fortalecida. Él sabía que con esa enseñanza se jugaba la vida; él sabía la monstruosidad del enemigo al que se enfrentaba. Muchas voces consejeras llegaron a él con la recomendación de que no se arriesgara, que tomara precauciones. No las tomó a pesar de saber que su muerte era inminente; a pesar de las innumerables amenazas veladas y concretas. Y aceptó el compromiso con el martirio. Tomó la decisión heroica de entregar su vida para que los caminos de la justicia comenzaran a abrirse. Pocas personas en el mundo han sido tan generosas al no claudicar en la lucha, a pesar de que la vida que defienden, como paradoja, se les terminará en manos de la violencia criminal.», exteriorizó Juan Antonio Canel Cabrera.

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