Una casa para Roberto

Por Cristina Pacheco 
Lo quisimos mucho. No hablo sólo de nuestros internos y de los profesores, sino de los visitantes que tuvieron oportunidad de acercársele. En el primer momento, por sus dimensiones y su actitud hosca, Roberto parecía un ser distante y agresivo, pero después conquistaba los afectos con su extraña forma de manifestar ternura.

Cuando llevábamos a los niños de día de campo, a un museo o a un concierto, Héctor, el conserje, lo sacaba de su necesario enclaustramiento y le permitía acompañarlo por el jardín mientras él podaba los arbustos y recogía las hojas muertas. Es justo decir que Roberto jamás hizo mal uso de su libertad. En ese sentido, su conducta era mucho mejor que la de los niños que, al menor descuido nuestro, se subían a las azoteas o a las bardas. Descubrir esas travesuras no era fácil, y muchas veces lo conseguimos con la ayuda de Roberto: a su manera indicaba el sitio hacia dónde se habían dirigido los niños que, pese a sus delaciones, lo adoraban.

II

¿Quién era Héctor? Hijo de madre soltera, nació con un leve retraso mental que fue haciéndose más evidente según iba creciendo y se le pedían mayores esfuerzos. En las clases se mostraba distraído y somnoliento; su dificultad para entender aun las más simples explicaciones retrasaba el programa de estudios. Sus profesores se mostraron comprensivos ante su limitación, pero sus condiscípulos no: con frecuencia lo aislaban de sus juegos y lo convertían en motivo de burlas humillantes.

La directora de la escuela consideró necesario poner a Elisa, la madre de Héctor, al tanto de la situación, y ella, para ahorrarle mayores sufrimientos a su hijo, decidió sacarlo de la escuela antes de que terminara el quinto año. A la directora, contraria a esa alternativa, le prometió que el niño volvería a los estudios después de recibir tratamiento médico.

Con la esperanza de realizar ese proyecto lo más ponto posible, Elisa aumentó el tiempo que dedicaba a vender golosinas por las calles. Los recorridos eran grandes y muchas veces bajo condiciones adversas. Lloraba sólo de imaginar que su hijo pudiera padecerlas y optó por dejarlo en la casa mientras ella se iba a trabajar. Para hacerle al niño menos tediosas las horas de soledad le buscó un compañero. De común acuerdo lo llamaron Roberto.

III

A fin de aumentar sus reducidas ganancias, a Elisa se le ocurrió poner, junto a la puerta de su cuarto, un anafre y una mesa para vender antojitos a los desvelados. El trabajo era agotador y terminó por aceptar la ayuda de su hijo. Héctor pensó que Roberto podría acompañarlos. La noche siguiente, antes de comenzar la venta de fritangas, instalaron muy cerca de su área de trabajo a Roberto. Su presencia enseguida llamó la atención de los viandantes y muchos se volvieron clientes de Elisa por el gusto de ver los malabares del perico y de escucharlo pronunciar su nombre: Rober-to. Ro-ber-tiro.

IV

Tiempo después, cuando por razones de salud su madre ya no pudo esforzarse tanto, Héctor se dedicó a buscar trabajo de lo que fuera: chícharo, ayudante de mecánico, cargador, mandadero, velador, conserje, jardinero. Parte de toda esa experiencia acumulada fue su carta de recomendación para que lo contratáramos en el internado, a cambio de un sueldo razonable y el derecho a vivir con su madre y con Roberto en el cuarto que durante algún tiempo había funcionado como bodega de muebles destartalados, mapas y pizarrones inservibles.

Roberto pasaba el día en su jaula. Colgada de la rama baja de un fresno, para nuestros niños era motivo de curiosidad y diversión. De recién llegado iban a verlo a la hora del recreo y le llevaban regalitos o le hacían bromas. Después fueron aislando sus visitas y terminaron por verlo como lo que era: un perico hermoso y verde que se confundía con el follaje de un árbol.

V

Un domingo, al volver de una función de teatro con los internos, encontramos a Héctor llorando, con Roberto entre sus manos ensangrentadas: un perro callejero se había saltado la barda y lo había atacado brutalmente durante su paseo por el jardín. Héctor intentó rescatarlo de sus garras, pero fue inútil: el intruso ya había herido de muerte a Roberto.

Héctor envolvió al perico con su pañuelo y se quedó mirándolo largo tiempo, ante la expresión aterrada de los niños que –en su mayoría– en esos momentos tuvieron su primera visión de la muerte.

Durante toda la noche permanecieron encendidas las luces en el cuarto de Héctor y su madre: era fácil imaginar su conversación y sus silencios, su llanto. Por la mañana, Alicia y yo fuimos a verlos para hablar de lo inevitable: el entierro de Roberto. Elisa dijo que ellos habían pensado que lo mejor era incinerarlo en la veterinaria y conservar sus cenizas en la casa para llevárselas con ellos si alguna vez dejan el internado.

VI

Ha trascurrido un mes de la tragedia. Elisa y Héctor continúan con su vida de siempre. En el fresno sigue colgada la jaula de Roberto. La habitará por muchos años más, dentro de una vasija.

 La Jornada
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