José Martí en Nueva York: razones de una estatua que se mueve

Réplica de la estatua de José Martí. Foto: PL

Por Luis Toledo Sande 

Reacciones diversas originó la llegada a La Habana, en 2017, de la réplica de la estatua de Martí creada en los años cincuenta del siglo pasado y que, tras el triunfo de la Revolución Cubana, halló obstáculos por parte de las autoridades de Nueva York para su emplazamiento en el Parque Central de esa ciudad, en el que finalmente se ubicó en 1965. Algunas de las reacciones aludidas remitían a la euforia propiciada por el cambio de táctica hacia Cuba del entonces presidente de los Estados Unidos, Barack Obama.

Tal euforia, cuando la hubo, podía explicarse por los convulsos nexos entre los dos países. Mediaban décadas de abiertas agresiones del segundo de ellos para derrocar a la Revolución que, desde el alba de 1959, le dio al primero la independencia y la soberanía que en 1898 le había arrebatado la entonces emergente potencia imperialista.

Pero la euforia resultaba desmesurada, o ilusa, cuando incluía, por muy leve que fuese el déficit, olvidar o subvalorar el pasado, la historia, y desconocer que el imperio seguía siendo el mismo. El propio mandatario que anunció el cambio de táctica sin ceder en el fin de borrar a la Revolución Cubana y su influjo en otras tierras, especialmente en nuestra América, ni siquiera pudo o no quiso ser más audaz —no lo fue— al implementar medidas que calzaran sus pretensiones beneficiando factualmente a Cuba.

Y ahora el bautizo habanero de la réplica de la estatua se hará cuando en la Casa Blanca se aloja el grosero Donald Trump, que muestra, acaso como ninguno de sus césares hasta hoy, la decadencia de un imperio cuya desfachatez se revela con menos pudor que nunca antes, si alguno tuvo. Con respecto a Cuba ratifica que la hostilidad imperial persiste sin renunciar a métodos burdos, contra los cuales, después de todo, parece más fácil resistir y luchar que contra las falaces blanduras de su predecesor que, aunque ya no es presidente, pudiera seguir buscando ardides para edulcorar su imagen.

Las razones básicas de la existencia de la estatua de Martí en Nueva York y de su réplica en La Habana no vienen de contingencias de la política imperial ni del modo como algunos pudieran percibirlas. Ni servirá el vínculo escultórico entre ambas ciudades para calzar ideas del panamericanismo imperialista, contra el cual se pronunció y actuó el revolucionario cubano desde antes de que se institucionalizara, entre 1889 y 1890, el proceso concebido por artífices imperiales para uncir con coyundas económicas —y, por tanto, políticas— a nuestra América.

Entre las ideas y la acción martianas y la panamericanidad objetiva que signa a los pueblos de las Américas vale, sí, reconocer un nexo. Pero radica en lo que fue un propósito vital de Martí: su afán por contribuir a salvar el equilibrio del mundo, poniendo freno a los planes imperialistas de los Estados Unidos de apoderarse de nuestra América toda, un paso hacia la hegemonía con que ese país aspiraba a erigirse en mandón planetario, como ha ocurrido.

Y no terminaba en ese punto el programa de Martí. Incluía salvar, junto con el equilibrio mundial, el honor —que ya él sabía dudoso y lastimado— de los Estados Unidos. Lo dijo en textos como “El tercer año del Partido Revolucionario Cubano. El alma de la Revolución, y el deber de Cuba en América”, artículo publicado en Patria el 17 de abril de 1894 y, ya rumbo a los campos de Cuba en armas, en carta del 25 de marzo de 1895 al amigo dominicano Federico Henríquez y Carvajal.

Si en 1876, en México, el vertical revolucionario cubano declaró que, dondequiera que se hallase, sería, “para la lisonja, siempre extranjero; para el peligro, siempre ciudadano”, considérese lo que tal resolución significaría para los cerca de quince años que vivió en Nueva York. Esa no fue para él una residencia escogida por placer: fue —según sus propias palabras— una “metrópoli ahíta y gozadora”, “copa de veneno” a la que lo ataban el destierro, la necesidad de evadir la vigilancia española —en lo posible, porque ella, que no dejó de perseguirlo, tuvo aliados en agentes estadounidenses— y disponer de vías para relacionarse desde allí o directamente con los compatriotas que, como él, se hallaban en los Estados Unidos o en otras tierras. Entre ellos fundó el Partido Revolucionario Cubano y dio pasos decisivos hacia la guerra de liberación en Cuba, y en coordinación con esta.

La cosmopolita Nueva York le facilitó además desarrollar sus relaciones —por la prensa, la tribuna, la diplomacia y cuanto camino digno halló— con los pueblos de nuestra América, y le proporcionó fuentes por las cuales se mantuvo al tanto de mucho de lo más vivo y germinante de la cultura mundial, tanto en arte y literatura como en ciencia y tecnología y otros saberes. Sobre todo, desde las entrañas del monstruo caló en el rumbo de la nación donde se gestaban, con el imperialismo, los mayores peligros para los países situados desde México hasta la Patagonia, incluidas las islas.

Y en los Estados Unidos el irreductible patriota cubano fue también, de hecho, un revolucionario estadounidense, aunque suela decirse poco, o tal vez ni se vea. Salvar el honor de aquella nación habría librado al pueblo norteño de vivir en una potencia agresora, que sembraría cada vez más terror en el mundo, por medio de las armas y la economía, y se valdría de una maquinaria cultural y propagandística igualmente poderosa. Esa maquinaria les ha facilitado en gran medida a los gobernantes del país manejar a su propia opinión pública —así lo denunció Martí— no como a un “corcel de raza buena”, sino como a una “mula mansa y bellaca”.

El afán liberador personificado en Martí se apreció asimismo en su capacidad para apreciar las virtudes de grandes disidentes de aquella sociedad, a la cual le señalaban rumbos diferentes: entre ellos sobresalían el pensador Ralph Waldo Emerson, el activista social Wendell Phillips, el sacerdote católico irlandés Edward Mc Glynn y otros. De la escritora Helen Hunt Jackson tradujo con entusiasmo al español la novela Ramona, y tomó la idea que transformó en el poema “Dos príncipes”, de La Edad de Oro. El revolucionario desterrado buscó relacionarse con personas de allí que tuvieran potencialidades no solo para influir en favor de la causa cubana, sino también contra las lacras internas del Norte revuelto y brutal, como lo llamó en la carta a su amigo mexicano Manuel Mercado.

En ella, escrita el 18 de mayo de 1895, víspera de su muerte, confirma que sus preocupaciones con respecto a los Estados Unidos las encauzaba no solo por trincheras de ideas, sino con resolución práctica, lucha armada incluida. Todo cuando había hecho, y haría, le dice a Mercado, era para impedir los planes expansionistas de las fuerzas dominantes en aquella nación, y, ya en campaña, se sentía satisfecho de estar cada día en peligro de dar su vida por el cumplimiento de ese que él consideraba su deber.

De ahí, más allá del material que siga dando a la crítica especializada, el acierto de la estadounidense Anna Hyatt Huntington (1876-1973) al representar a Martí no en pose contemplativa u oratoria, sino a caballo, en el ímpetu de la carga en que perdió la vida y pasó a la eternidad emancipadora. Ese gesto, plasmado por una artista de prestigio internacional —y ya conocida en La Habana por la hermosa escultura El legado cultural hispánico, disfrutable en una de las esquinas de las calles Ayestarán y 20 de Mayo—, no cesa de convocar a la acción a personas de buena voluntad en todo el mundo.

Así como, particularmente luego del triunfo de la Revolución Cubana el emplazamiento de la estatua de Martí en Nueva York tuvo obstáculos entre autoridades de aquella urbe, los tendría la instalación de su réplica en La Habana. Han sido parte de la acción de fuerzas enemigas de Cuba, incluyendo algunas personas, nacidas en este país, que han visto con disgusto que a Nueva York y La Habana las vincule una estatua que, por contenido y factura, llama a la lucha antimperialista.

El legado del héroe a quien esa obra rinde homenaje es fuente de luz, de sabiduría, de pensamiento, de ejemplo para combatir acciones imperialistas de todo tipo, ya sean las maniobras de un presidente astuto o las groserías de un patán inmundo, que insulta a la humanidad y deshonra a su pueblo, a las muchas personas dignas que allí hay.

La Jiribilla
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