Tarcila Rivera: “Las mujeres indígenas tenemos que construir nuestro propio concepto de feminismo”

Tarcila Rivera Zea, fundadora del Enlace Continental de Mujeres Indígenas de las Américas y del Foro Internacional de Mujeres Indígenas, y presidenta de Chirapaq, es hoy un referente en las luchas del feminismo indígena.


Nació rebelde, dice. Por influencia de su abuelo, Santos Zea, el gran salvaje, que amenazó al hacendado con la hoz en el pescuezo y le dijo que él solo trabajaba gratis para Dios. O de su madre, mujer libre, trabajadora, que también gozaba de las fiestas. Tarcila Rivera Zea es quechua, de Ayacucho, de una comunidad heredera de la civilización chanca, que a pedradas expulsó a los incas de su territorio. “La historia nos presentó como los salvajes. Pero yo creo que solo estábamos defendiendo nuestros derechos”. Lo tiene claro.

Nos recibe en las oficinas de Chirapaq, la asociación que formó hace 30 años para trabajar por la cultura y la identidad de los pueblos originarios. Recibe una llamada telefónica desde Bolivia. Son días ajetreados, tiene que preparar su inminente viaje a las Naciones Unidas en Nueva York, donde es la voz de la experiencia de los pueblos indígenas. Subimos a su apartamento en el mismo edificio del céntrico barrio limeño de Jesús María. Luminoso, como ella, y con paredes y estanterías repletas de arte tradicional peruano. Su mirada es la de una sabia y así la han reconocido varios organismos.

Inspirada por el movimiento indígena y el feminismo, Tarcila Rivera Zea es hoy un referente en la lucha por los derechos de los más de 45 millones de indígenas que residen en Latinoamérica. Siete millones en Perú, su país. Nos habla de feminismo indígena y de alternativas de resistencia en un Perú cada vez más globalizado y aún conmovido por el reciente indulto al exdictador Alberto Fujimori.

“Los indios no tienen derecho a tener derechos”, afirmaste un tiempo atrás. ¿Los tienen ahora?
Ahora somos más conscientes de nuestros derechos. En los 90, nos veían como algo muy folclórico, pero ahora los pueblos indígenas nos hemos convertido en un peligro para el sistema. Les hablo aquí con toda transparencia y tranquilidad, pero recién a los 42 años fue cuando pude hablar en público y reconocer que era indígena y quechua-hablante.

¿Por qué?
Por mi condición étnica, de género y cultural. A las mujeres indígenas nos consideran menos, nos ven como atrasadas, nuestra cultura no vale. Nos han dañado totalmente la autoestima. Por eso, en 2001 las mujeres indígenas definimos que la peor forma de violencia era el racismo.

¿Fue esa discriminación en tu país la que te llevó a defender los derechos de los pueblos indígenas?
Sí. Las mujeres andinas, aimaras, quechuas o amazónicas nos hemos socializado con la cultura de fuera a través del servicio doméstico. Ese fue mi caso. De niña mi familia me mandó a Lima a trabajar, pero yo quería estudiar más que ganar dinero. Un día, la señora de la casa me arrinconó en la pared y me preguntó: “¿Por qué quieres seguir estudiando? Estudies o no, siempre serás una indiecita”. Le dije: “Sí, pero una indiecita que sabe”. Terminé la secundaria y entré a trabajar en el Instituto Nacional de Cultura, donde se marcó mi identidad. En los 80 hubo un encuentro en Perú de pueblos indígenas y como no había ninguna otra india, me mandaron a mí. Fue ahí donde me enrolé al movimiento indio. Pero como mujer tuve mis problemas: los hombres querían que me fuese, me querían obligar a renunciar.

Nos ha costado a las mujeres indígenas entender el feminismo desde las otras y entender si nosotras somos o no feministas. Entonces llegamos a la conclusión de que tenemos que construir nuestro propio concepto de feminismo, desde nuestras propias referencias

En esa época, hablar de igualdad de género en el movimiento indio sería aún más revolucionario.
En aquellos años me decían que era una feminista. Eso no gustaba a los líderes varones indígenas, porque decían que no había problemas de género en el movimiento, que todo eso era occidental. Yo como mujer siempre estaba en un espacio. Como indígena, en otro. Pero al mismo tiempo iba juntando mi rol como indígena y como mujer hasta desarrollar, ahora lo puedo decir, una visión más amplia del ser mujer que lucha por los derechos humanos, sin dejar de lado el desequilibrio que hay en las relaciones dentro del mundo indígena entre hombres y mujeres, niñas y niños. Que las mujeres indígenas participásemos del movimiento mixto nos permitió tomar mayor conciencia de nuestra posición, capacidad y problemas.

¿Cómo entiendes el feminismo desde la cosmovisión andina?
Una vez yo dije en una reunión en España: yo no sé si soy feminista o no, porque cuando yo digo una cosa, ustedes dicen que eso no es correcto. Nos ha costado a las mujeres indígenas entender el feminismo desde las otras y entender si nosotras somos o no feministas. Entonces llegamos a la conclusión de que tenemos que construir nuestro propio concepto de feminismo, desde nuestras propias referencias. Aprendí de un anciano de Ollantaytambo que en nuestro pueblo y en nuestra vida las cosas valen cuando están en su punto de equilibrio. El desequilibrio es el equivalente a los problemas de género en nuestro mundo. Nuestra prioridad son los derechos colectivos, los derechos de territorio como pueblo y luego los derechos individuales. Hace poco una feminista que fue miembro del CEDAW (Convención sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación contra la Mujer) me dijo: tú hablas de derechos colectivos, pero eso no es para todas. Y yo le dije: claro que sí, porque tus derechos colectivos son tener un ambiente sano que respirar en tu colectividad, ese es un derecho colectivo. Se quedó muda.

Bueno, hay muchos feminismos.
Hay mucha necesidad de escucharse mutuamente y nosotras de perder el miedo a hablar y sostener nuestros puntos de vista. Mi inspiración no solo está en las indígenas, también en otras feministas.

¿Cuál es el papel de la mujer en el movimiento de los pueblos indígenas?
En Guatemala, Perú y Colombia, las mujeres han estado delante en la defensa ante toma de tierras o por recuperación de tierras invadidas, expropiadas. Las indígenas tenemos esa cosa tan fuerte relacionada con la vida colectiva que olvidamos nuestro ser individual. Puede ser porque nos criaron diciendo que tenemos que parir, que somos la expresión de la madre tierra y que generamos vida y que por lo tanto cuidamos y amamos la vida. Este concepto nos lleva a otra diferencia con el feminismo occidental, la maternidad y el derecho al aborto en sí, donde estamos más por la educación y la prevención. Ahora las mujeres de nuestras comunidades permiten que sus hijas reciban información para no tener los ocho hijos que antes se tenían.

A casi 30 años de la Plataforma de Acción de Beijing, donde participaste, ¿qué opinas sobre la evolución en materia de derechos de mujeres indígenas?
Beijing para nosotras es un hito. Nosotras veíamos el feminismo como un movimiento solo de académicas o de mujeres de clase alta. Para las indígenas fue muy difícil ser escuchadas, en cambio ahora están estudiándonos, están mirándonos. Justamente en el Beijing +5 fue la primera vez que hicimos una mesa con mujeres indígenas y feministas para hablar sobre la diferencia entre derechos individuales y colectivos. Tuvimos que aprender lo que significaban los derechos individuales y ahora podemos decir que, junto con los colectivos, se complementan y son inseparables. En estos años, hemos ido avanzando en el plano local y al mismo tiempo inspirando otras posibilidades a nivel internacional. Formamos el Enlace Continental de Mujeres Indígenas y, a partir de ahí, de cara al nuevo milenio, el Foro Internacional de Mujeres Indígenas.

¿Cuáles son las prioridades del feminismo indígena?
La primera es el cumplimiento del derecho colectivo a la tierra, al territorio y a los recursos naturales, porque es el espacio desde donde nos desarrollamos. La segunda tiene que ver con los derechos a no ser violentadas: ni en el territorio, porque estamos contra las guerras, expropiaciones y avasallamientos, ni en nuestros cuerpos.

Nosotras ya no hablamos de violencia, hablamos de violencias. Otras prioridades son el desarrollo económico, la educación, la salud y la participación política, desde la comunidad y hacia arriba. Y muy importante, todo lo vemos de forma intergeneracional.

Ahora, cuando hablan de reparación y justicia, la ley obliga a demostrar dónde está tu familia desaparecida. Si no encuentras la tumba, no tienes justicia ni reparación

¿Desde el conflicto armado interno del Perú, donde recopiló testimonios de víctimas de violación, el estado peruano ha brindado verdad, justicia y reparación para las víctimas?
No como se debe. En el 84, cuando todo el mundo estaba con la boca cerrada, era en el movimiento indio donde recibíamos testimonios de gente terriblemente masacrada, de mujeres que habían sido violadas en la cárcel y habían tenido hijos. Nos los mandaban en casetes grabados en quechua, yo los traducía y los reproducía con pseudónimo. Ahora, cuando hablan de reparación y justicia, la ley obliga a demostrar dónde está tu familia desaparecida. Si no encuentras la tumba, no tienes justicia ni reparación. No hay programa que cure las heridas de todo lo que vivieron las comunidades que sufrieron la violencia de los terroristas por un lado o de los militares por otro.

Tras el indulto de Fujimori el pasado diciembre, renunciaste al Consejo del Ministerio de Cultura. ¿Qué supone este indulto para la lucha por los derechos humanos en Perú?
Fue una decisión totalmente equivocada del presidente. Cada vez que pienso que el indulto significa que le perdonaron todo, me da más indignación. No le puedes perdonar todo. Lo humanitario tiene también sus límites. Yo le hubiera dado cadena perpetua domiciliaria porque si no cualquiera puede hacer cualquier cosa. ¿Dónde está la justicia?

En el contexto actual de globalización y desarrollo económico neoliberal, ¿qué alternativas de resistencia le quedan a los pueblos indígenas en Latinoamérica?
El movimiento indígena tiene que afrontar el desafío de no ser un movimiento aislado, tiene que convocar a la sociedad civil. Aislados corremos el riesgo de no llegar a ningún lado. El problema es el sistema. La lucha por el agua no podría ser solo la lucha de una comunidad que está cerca del río, tendría que ser una lucha de la sociedad porque de ahí viene el agua. Los indígenas tenemos que mirar más allá y compartir, y los otros tienen que comprender que sus derechos específicos tienen relación con los derechos de los demás. Tenemos bastante avanzado en instrumentos y herramientas de derecho internacional que no se implementan en el plano local. En los países tenemos muchas leyes que no se respetan. Hay que buscar una alternativa de desarrollo sostenible. Acabo de regresar de Bolivia, que tiene el gran desafío de demostrar que se puede desarrollar economía desde adentro sin tener que competir con las grandes potencias. Una economía que permita la vida de las siguientes generaciones.

La competencia por quien acumula más es lo que nos va a matar, y Occidente está en ese plan

¿Y en Perú?
En Perú, las tierras se han puesto al libre mercado, se están entregando a los grandes agronegocios. Nos falta bastante porque no tenemos partidos políticos que representen ideologías, aspiraciones reales de los peruanos. Hay una necesidad de diálogo entre las empresas, los derechos humanos y los derechos de los pueblos indígenas. Se deben poner condiciones y estándares de respeto de los derechos humanos a las transnacionales que invierten aquí, se deben pedir todas las garantías para que luego no haya conflictos sociales por la inversión. Pero nuestro problema es que tenemos gobernantes corruptos que en el momento de la negociación no defienden los derechos de su pueblo. Por ejemplo, uno de los grandes problemas en Perú es la biopiratería, se llevan todos nuestros recursos genéticos sin pagar. El Estado no los protege. Todo esto tiene que ver con la ética en el ejercicio del poder y la ética en el ejercicio de la empresa. Y el Estado peruano es el primero que tendría que poner condiciones. Que vengan los que acepten.

¿Qué es lo que debería aprenderse de los pueblos indígenas?
Hay gobernantes que toman la filosofía indígena en sus discursos, pero eso es peligroso porque no la cumplen. ¿A dónde vamos como humanidad? Lo primero es definir qué significa garantizar la vida de la humanidad, de qué va a vivir esa humanidad y en qué condiciones. Los pueblos indígenas pervivieron a través de los siglos con una filosofía de respeto entre ellos y de respeto con lo que se tiene en el entorno. Por ejemplo, la inversión de Occidente en investigación científica tendría que servir para mejorar la calidad de vida, para cuidar la vida de los alimentos. La competencia por quien acumula más es lo que nos va a matar, y Occidente está en ese plan.

El Santo Diario
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