Primeros contactos entre los habitantes de la Patagonia y los navegantes europeos

Durante miles de años los pueblos autóctonos de la Patagonia y la Tierra del Fuego, aónikenk, selk’nam, kawésqar, haush y yagán, mantuvieron inalterable su modo de vida nómada tradicional, adaptando su cultura y costumbres a una naturaleza de clima muy riguroso que, sin embargo, les proporcionaba todo lo que necesitaban.

Con la llegada de los primeros navegantes europeos a la región, estos pueblos ingresarán en los libros de historia a través del relato de viajeros, cronistas y exploradores. En la mayoría de los casos, a pesar de que los habitantes originarios recibieron pacíficamente y con cordialidad a los recién llegados, brindándoles su hospitalidad, los conquistadores respondieron con una violencia indiscriminada y salvaje.

Cazadores selk’nam tocados con el Kóchil o gorro triangular de piel de guanaco, Martin Gusinde, 1923

En esta nota reseñamos el primer encuentro del que se tiene noticia de cada uno de los distintos pueblos con los europeos, especificando la fecha y el lugar donde ocurrió. El orden cronológico de estos contactos es el siguiente: Aónikenk (1520), Selk’nam (1579), Kawésqar (1599), Haush (1619) y Yagán (1624). Al final del texto incluimos la bibliografía que hace referencia a la fuente original donde aparecen estos relatos y descripciones.

Aónikenk,  31 de marzo de 1520, puerto San Julián:

Los aónikenk eran cazadores nómadas que habitaban una extensa área que iba desde el río Santa Cruz hasta el estrecho de Magallanes. Su primer contacto con los exploradores españoles lo tuvieron el 31 de marzo de 1520, cuando las naves de Hernando de Magallanes llegaron a las costas patagónicas y recalaron en una bahía que bautizaron con el nombre de San Julián. Antonio Pigafetta, el cronista de este viaje, nos narra como, a pesar de ser recibidos pacíficamente, los españoles se pusieron a la tarea de capturar a alguno de los indígenas:

“Magallanes mostró empeño en quedarse con los dos más jóvenes de aquellos salvajes. Para conseguirlo empleó la astucia más que la fuerza; el recurrir a ella habría costado la vida a más de uno de nosotros. Regaló a todos cuchillos, espejos, cascabeles, cuentecillas de vidrio; tantas cosas que tenían las manos llenas. Enseñoles después unos anillos de hierro (que no eran otra cosa que grillos) y, viendo cuánto les gustaban, se los ofreció también; pero tenían las manos tan ocupadas, que no podían tomarlos, observado lo cual por el Capitán general, les hizo entender que se los dejaba poner en los pies, y con ellos se marcharían, a lo que accedieron por señas. Entonces nuestra gente les puso los anillos y pasaron la clavija del cierre, que remacharon con presteza. Mostráronse recelosos durante la operación manifestándolo así; pero el Capitán general los tranquilizó. Apercibidos, no obstante, del engaño se pusieron furiosos; bufaban, daban tremendos alaridos e invocaban a Setebos, o sea el demonio, en su ayuda”.

Encuentro entre Aónikenk y españoles en Puerto Deseado, PO Aónikenk, José del Pozo, 1789

El objetivo de los conquistadores era llevar a los nativos a España para exhibirlos como exóticos trofeos. Sin embargo, ambos prisioneros murieron en la larga y accidentada travesía marítima, uno a la altura del Ecuador y el otro afectado por el escorbuto.

Selk’nam, 11 de diciembre de 1579, bahía Gente Grande

Aunque Magallanes al pasar por el estrecho que hoy lleva su nombre pudo ver los fuegos que realizaban los selk’nam para avisarse entre ellos de la llegada de intrusos, el primer encuentro físico entre europeos y los legendarios habitantes de Tierra del Fuego habría de demorarse todavía seis décadas. El histórico suceso ocurrió el 11 de diciembre de 1579 cuando Pedro Sarmiento de Gamboa desembarcó con sus hombres en la actual bahía Gente Grande y  encontró a un grupo de quince Selk’nam:

“Desembarcamos en tierra por ser ya tarde para hacer noche. Y estándonos alojando, tiró un soldado un arcabuzazo a unas aves, y a la respuesta del arcabuz dieron muchas voces unos indios que estaban en una montaña en la otra parte de esta ensenada: y al primer grito pensamos ser lobos-marinos hasta que los vimos desnudos y colorados los cuerpos, porque se untan estos, según después vimos, con tierra colorada. En la costa brava, junto a la mar, entre unos peñascos, estaban quince mancebos desnudos totalmente; y llegados a ellos con señas de paz, nos señalaron con grandes voces e instancia con las manos hacia donde dejábamos los navíos; y llegándonos más a las peñas les señalamos se llegasen y les daríamos de lo que llevábamos. Sarmiento les dio dos paños de manos y un tocador, que otra cosa no tenía allí; y los pilotos y soldados les dieron algunas cosas con que ellos quedaron contentos. Dímosles vino, y derramáronlo después que lo probaron; dímosles bizcocho, y comíanlo; y no se aseguraron con todo eso. Por lo cual, y porque estábamos en costa brava a peligro de perder el batel, nos volvimos al alojamiento primero, y les dijimos por señas que fuesen allá. Y llegados al alojamiento, Sarmiento puso dos centinelas por seguridad”.

Una de las fotografías de selk’nam más antiguas, Oskar Ekholm, 1884

A pesar de que los españoles habían sido recibidos afablemente por parte de los naturales de la isla, que colocaron sus arcos y flechas en el suelo en señal de paz, eso no impidió que Sarmiento diera órdenes a sus soldados para que los capturaran:

“Prendió con violencia a uno de ellos para que fuese lengua: púsole en el batel; abrazóle con regalo, vistió su desnudez, e hízole comer. A esta tierra llamó Punta de la Gente, por ser la primera en que la halló. El indio, a quien jamás se le enjugaron las lágrimas, soltando una camisilla, se arrojó a la mar y se les fue a nado”.

Kawésqar, 25 de noviembre de 1599, isla Santa Marta

Es posible que las expediciones españolas que atravesaron el estrecho de Magallanes a mediados del siglo XVI tuvieran algún contacto con los kawésqar, aunque no tenemos registro de ello. Sabemos que Sarmiento en 1580 pudo ver una canoa con tres o cuatro personas a bordo que sin embargo se eclipsó inmediatamente. Aunque los españoles desembarcaron en esa costa, no pudieron entrar en contacto con sus habitantes que se mantuvieron escondidos.

Kawésqar en una dalca de tres tablas en los canales patagónicos, fecha desconocida

Por tanto, el primer encuentro documentado con los kawésqar iba a corresponder a los holandeses de la escuadra de Olivier van Noort, que el 25 de noviembre de 1599 llegaron a la isla Santa Marta, en medio del estrecho de Magallanes. Allí avistaron a un grupo de unas cuarenta personas, hombres, mujeres, niñas, ancianos. El comandante ordenó inmediatamente el desembarco de una tropa armada que atacó a los indígenas con una brutalidad desconocida. Nos lo cuenta el propio comandante holandés en su libro “Description du penible voyage faict entour de l’univers ou globe terrestre”:

“Cuando entramos a la fuerza, no quisieron rendirse, hasta que los hombres fueron muertos a flechazos. Entonces nos abalanzamos sobre un grupo de mujeres y niños que estaban amontonados, los unos sobre los otros, viejos y jóvenes mezclados, que pensaban salvarse de las flechas de esa manera. Hubo varios muertos y heridos y capturamos a cuatro chicos y dos muchachas, que nos llevamos a bordo”.

Grabado de Theodor De Bry que representa la matanza de kawésqar de los holandeses en 1599

En 1619 bordeaba Tierra del Fuego la expedición comandada por los hermanos Bartolomé y Gonzalo García de Nodal. El 23 de enero desembarcaron en la bahía Buen Suceso y se toparon con ocho haush, una reunión que fue descrita en la página 35 del libro “Relación diaria del reconocimiento del nuevo estrecho de San Vicente y del de Magallanes”:

“Vimos que no traían armas ningunas, y que venían en cueros, desnudos; algunos traían bonetes de plumas blancas de pájaros, y otros algunos pellejos de carneros, con lana larga como los de España, y un pellejo de venado que trocaron con un capote, y hilo de lana de carneros; y correas de cuero adornadas con almagre: vinieron abriendo los brazos y dando voces a su modo, a, a, a, y arrojando los bonetes que traían en señal de amistad”.

Mujer Haush fotografiada por Alberto De Agostini hacia 1920

A pesar del pacífico recibimiento, los españoles, armados con sus arcabuces y espadas, trataron de capturar a los indígenas:

“Salimos otra vez a tierra, con pensamiento de ver si podíamos coger algunos. Llevamos algunas niñerías, y dos frascos de vino y pan que les dimos, y ellos lo tomaron: pero por ningún caso han comido ni han querido beber de los que les dábamos: que debían de entender que les dábamos alguna ponzoña. Tomaban de buena gana cualquier cosa de fierro, y otro cualquiera metal. Aquí tratamos como podíamos [de] coger algunos (…) Jamás debieron de ver gente por allí; ni se espantaban de los arcabuces ni sabían qué cosa era porque había algunos que estaban con las cuerdas caladas para disparar, y no hacían movimiento alguno”.

Sin embargo, no tuvieron éxito en su tarea y, después de aprovisionarse de agua y leña, levaron anclas sin conseguir apresar ningún Haush.

Yagán, 21 de febrero de 1624, isla Navarino

Aunque algunos relatos sitúan el primer contacto de los yaganes con los europeos en el viaje de Francis Drake, la descripción más antigua que tenemos sobre este pueblo es de 1624, el denominado “informe de Schapenham” cuyo nombre es debido a su autor, el vicealmirante holandés Geen Huygen Schapenham, que formaba parte de la flota comandada por Jacobus l’Hermite. Los holandeses estuvieron varias semanas en las islas situadas más al sur del archipiélago fueguino, dejándonos una minuciosa descripción de las costumbres y hábitos yaganes:

“Construyen sus chozas o casitas con troncos de árboles; redondas abajo, terminan en forma de punta, a manera de las tiendas de campaña, con una apertura en la parte más alta para dejar escapar el humo. Estas chozas están asentadas en un pozo de dos a tres pies, cavado en el suelo, y recubiertas de tierra en su parte exterior. Tienen varios tipos de armas. Unos llevan arcos y flechas con punta de piedra en forma de arpón, hechas con mucho arte. Otros se arman de largas lanzas cuya punta es un hueso filoso provisto de dientes para clavarse mejor en las carnes. Utilizan también garrotes y hondas que manejan con mucha eficacia, así como cuchillos de piedra bien afilados.”

Yaganes a bordo de La Romanche, bahía Orange, 1882

Como buenos marinos, los holandeses se fijaron especialmente en el proceso de construcción de la canoa yagán, hecha tras descortezar un árbol en pie que tomaban de los frondosos bosques de guindos que entonces llegaban casi hasta el mar:

“Sus canoas son dignas de admiración. Para construirlas, toman la corteza entera de un árbol grueso; la modelan, recortando ciertas partes y volviendo a coserlas, de manera que adquiera la forma de una góndola de Venecia. La trabajan con mucho arte, colocando la corteza sobre maderos, como se hace con los barcos en los astilleros de Holanda. Una vez obtenida la forma de góndola, refuerzan la canoa cubriendo el fondo de punta a punta con palos transversales, que recubren a su vez de corteza; luego cosen el conjunto”.

Este fue el único primer encuentro cordial con los europeos aunque años después los yaganes sufrieron especialmente los secuestros, las enfermedades y el robo de su territorio.

Familia “patagona”, según grabado de Friedrich Wilhelm Goedsche, 1830


Bibliografía:

GALLEZ, Pablo J., La más antigua descripcion de los Yamana (Schapenham 1624), Revista Karukinka n.º 15, 17-30, Buenos Aires 1976.

GARCÍA DE NODAL, Bartolomé y Gonzalo, Relación diaria del reconocimiento del nuevo estrecho de San Vicente y del de Magallanes, Fernando Correa de Montenegro, Madrid, 1621.

PIGAFETTA, Antonio, Primer viaje alrededor del mundo, Madrid, 1899.

SARMIENTO DE GAMBOA, Pedro, Viage al Estrecho de Magallanes por el Capitán Pedro Sarmiento de Gamboa en los años de 1579 y 1580, Imprenta Real de la Gazeta, Madrid, 1768.

VANNOORT, Olivier, Description du penible voyage faict entour de l’univers ou globe terrestre, Cornille Claesz, Amsterdam, 1602.

Rey de la Patagonia