Poesía de albaricoque

Por José Cueli
Rafael Alberti aún brilla esplendoroso en el ruedo de una plaza de toros negros. Negros a los que canta su poesía en medio del redondel.

Tiene belleza y misteriosas ondulaciones como pases naturales en los timbres musicales de su voz. Los remates de sus versos, los más bellos, hondo y torero de su poesía.

Rafael Alberti toreó a los toros caminándolos por el espacio inmenso.

Su ritmo se encadena de colores azules, rojos, amarillos que recuerdan la bahía y el camino a la isla de San Fernando.

Poesía que las olas de mar inquietas pasan y retozan en el aire sin detenerse.

Versos que giran revoleras y forman figuras espléndidas a las que cambia de viaje en su revolera. ¡Arrebol de arreboles!

En Rafael Alberti vibra el espíritu del verdadero pueblo español, que es el mismo pueblo de cualquier parte. En su poesía desgarradora se expresa el dolor hondo de los miserables, el ay desesperado de los desarrapados y hambrientos del mundo como el ir y venir de las olas. El poeta de los gitanillos, de los olvidados, de lo que falta, a los que da voz musical.

Todo esto me venía a la mente en la corrida de ayer en que detrás del encierro frío y aburrido me aparecía en ausencia la voz del poeta de Cádiz.

Los toritos de Arroyo Zarco recargaron en los caballos en la suerte de varas y acabaron defendiéndose en todas las formas posibles. El torero extremeño José Garrido, con más oficio y técnica, medio calentó la plaza y le regalaron una orejita por una estocada trasera y defectuosa.

Menos mal que el mujerío de los tendidos me permitía seguir recreándome en la poesía.

La Jornada

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