Pensando en Darío

Pensando en Darío

 

 

Por Dennis Orlando Escobar Galicia

¡Qué incauto! Empecé a saber de Rubén Darío con su poema Canción de otoño en primavera, cuando apenas era un mozalbete de aproximadamente diez años. Habiéndome criado con mis abuelos fui motivado a la declamación. Para esa generación, la de esos viejos, era un gusto ver a los pequeños recitar en los actos escolares. De esa cuenta, a pesar de los años, aún tengo en la punta de la lengua muchos poemas, algunos tan cursis como aquel que dice “Bandera de mi patria de nubes y de cielos / hermosa te retratas mecida por el viento “   (…). El autor ni sé quién fue y ahora ni me interesa ingresar a Google y saber su nombre. Y otros versillos como Por aquí pasó una pava/ chiquitita y voladora/ en el pico lleva flores/ y en sus alas mis amores.

Pero, cuando en el colegio, me hablaron del padre del modernismo y me pusieron a leer Cantos de vida y esperanza me flechó el estilo musical y el léxico refinado de Darío. Además me impresionó el realismo y el raciocinio en sus melodiosos versos. Tal vez por eso me llegó hasta el tuétano la Canción de otoño en primavera y empecé a repetir lo que ahora si es mi realidad: ¡Juventud divino tesoro ¡/¡ya te vas para no volver!/ cuando quiero llorar no lloro… /y a veces lloro sin querer/.

Cantos de vida y esperanza me dio pábulo para mi romántica niñez y adolescencia. De ese libro leí, y a veces declamé, poemas como Los tres reyes magos, Pegaso, Canto de esperanza, Marcha triunfal, Tarde del trópico, Nocturno, No obstante…, Melancolía, Ofrenda.

Félix Rubén García Sarmiento me caló hondo en mi incipiente cultura literaria. Leía libros en donde encontraba párrafos sobre Darío; cada vez que conocía a un nicaragüense le preguntaba por el bardo, y fue así como empecé a acopiar confetis de su vida y obra:  Nació en Metapa, Nicaragua y falleció en León. Padre del Modernismo literario en lengua española. Vivió en repetidas ocasiones en Guatemala. Se casó en la Catedral de Guatemala con Rafaela Contreras, su primera esposa. Escribió en el Diario de Centroamérica y El Imparcial de Guatemala. Fue gran amigo de Enrique Gómez Carrillo, José Joaquín Palma y Enrique Soto-Hall. En Guatemala publicó la segunda edición de su libro Azul. Dirigió en Guatemala El Correo de la Tarde.

Después de Darío llegaron a mi acervo cultural nicaragüense otros grandes como Augusto César Sandino, Ernesto Cardenal, Sergio Ramírez, los Ortega Saavedra…pero, a decir verdad, nadie caló tan hondo como Rubén Darío. El vate se convirtió en mi referente de la patria de los grandes lagos. Fue y ha sido para mí tan grande y majestuoso como el inmenso Cocibolca.   Nicaragua sin Rubén Darío es como El Gran Lago sin agua.

Marcha triunfal fue otro de los poemas de Darío que sonaba y resonaba en los actos escolares de mi época. Como olvidar su inicio: ¡Ya viene el cortejo! / ¡Ya viene el cortejo! Ya se oyen los claros clarines,/ la espada se anuncia con vivo reflejo;/ ya viene, oro y hierro, el cortejo de los paladines.

Años después, en mi pubertad, viviendo en el Centro Histórico de ciudad de Guatemala, supe que en la novena calle y octava avenida de ese mismo sector se encontraba el edificio donde estuvo el Gran Hotel San Carlos, lugar donde pernoctó en varias ocasiones Rubén Darío. Un día di con su ubicación pero en lugar de hotel servía de instituto de bellas escolares de faldas de cuadros rojos y azules. Yo era un adolescente y no sé si me volví asiduo transeúnte del frente de la gran mansión por ver a las colegialas o por recordar a Darío.

Lo que fuera el Gran Hotel, considerado uno de los mejores en su época, ha servido durante muchos años como sitial de diferentes comercios, desde colegios, auditorios teatrales hasta restaurantes. No hace mucho, al pasar frente a esa vetusta mansión de paredes descascaradas, ingresé a lo que en ese día era una recién inaugurada taberna. Después de degustar el refrescante tarro de cerveza y de salir de mi asombro de tan bella arquitectura interior, entré en plática con el administrador quien, de manera atenta me invitó a conocer el segundo nivel.

En una esquina de dicho nivel me mostró lo que tengo aún grabado en mis pupilas: la mesa en la cual, según él, compartía Rubén Darío con sus más apreciados amigos. En la pared había unas pinturas de algunos lugares del otrora Centro Histórico de la ciudad de Guatemala; entre ellas una de la Calle Real, hoy Sexta Avenida. También ahí estaba un perchero de madera de cedro donde el poeta colocaba su saco, su sombrero de fieltro y su bastón de dandi. Todo me fue dicho con seguridad y aplomo. ¡Vaya usted a creer!

Ahora que mi edad está congruente con la Canción de otoño en primavera pídole a la vida aliento para evocar al bardo nicaragüense y declamar: Más a pesar del tiempo terco,/ mi sed de amor no tiene fin;/ con el cabello gris me acerco/ a los rosales del jardín…-  

Categories: Nicaragua, Relato

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