El nuevo verano de la (otra) lata

El nuevo verano de la (otra) lata

 

Publicado en portugués en O Cicero en abril 2014

Texto de Raphael Sanz

Fotografía de Gabriel Uchida

Maricá, Rio de Janeiro, 1987

En el próximo día 25 de septiembre, aunque en primavera, se van a cumplir exactos 26 años del principio del famoso “verão da lata” (verano de la lata). Esa historia se convirtió en un mito brasileño desde la costa de la Bahía en el nordeste del país hasta la costa sur de Santa Catarina. En este mismo día, en 1987, un barco descargó en la mar nada menos que 22 toneladas de marihuana, almacenadas en latas de poco más de 1 kg.

En el fin de agosto de aquel año, la Policía Federal de Brasil recibió un comunicado desde los Estados Unidos de que el navío Solana Star, que venía desde Australia, iba a parar en Brasil y trasladar la droga a dos barcos más chicos que la llevaría hasta Miami. Así hecho, mientras los barcos de la Federal se acercaban del Solana Star, su tribulación tiró toda la marihuana en alta mar y las corrientes marinas las llevaran lejos haciendo con que muchos “caiçaras” (los brasileños que viven en la playa) las encontrasen. Después de ellos, surfistas, pescadores, turistas y toda suerte de gente diferente las pudo encontrar. Algunos aún tienen las latas viejas  y no hay un tío roquero o surfista de 50 y pocos años que diga que nunca ha visto una. El término “da lata” pasó a significar algo de muy buena calidad, ya que la droga tirada al mar que sería de consumo en los Estados Unidos era una variación más fuerte de la marihuana que no existía en Brasil.

Hay documentos oficiales de la policía Federal que comprueban la operación. Estos documentos, los reportes en periódicos y las fichas criminales de la tripulación detenida también existen y están presentes en el libro Verão da Lata, de Wilson Aquino, aún no traducido al castellano.

São Paulo, São Paulo, 2014

Ya vivía hace ocho años en la calle Glete cuando en un buen día de este peculiar y desértico verano sin lluvias, al Cícero Rodríguez el Índio Badaross, le fue regalado un refrigerador. Salió contento de su tienda armada en la calle y recogió empujando a mano su carro de cargas algunas cuadras hasta el lugar donde estaba su nuevo refrigerador. Muy educado, agradeció y cargó solito su carro con la pesadísima adquisición.

Cansado por el calor, la falta de humedad y por enorme esfuerzo físico, el Índio ha decidido entrar dentro del refrigerador – un poco más fresquito que el ambiente – y dormir un poco. En medio a su descanso, sintió que alguien alzó su carro y empezó a empujarlo. “Ahí pensé: mirá que maldito, quiere robar mi carro y ni siquiera sabe que estoy acá adentro. Dejálo,” y se quedó allí, acostado, calmo. Además del refrigerador, también llevaba en el carro un montón de basura que llevaría hasta la cooperativa de reciclaje de la Cracolándia en cambio de unas monedas. El camino debe haber llevado probablemente un poco más que el esperado, debido al extremo peso de su carga y el Índio no hizo nada, solamente se quedó allí, paradito.

Al llegar a la cooperativ  escuchó el furtivo negociando los objetos colectados por el y almacenados en su carrito. “Eso fue cuando yo salí del refrigerador,” dijo, estallando en carcajadas. “Él se sobresaltó, hijo…, que yo mismo no pude quedarme serio, y dije: hola mi amigo, te agradezco muchísimo por haber traído mi carrito a la cooperativa, yo estaba cansadón, sin fuerzas, pero vos me lo trajiste mientras yo descansaba”, y se rió, más que habló. El tipo se fue y el Índio negoció sus cosas en la cooperativa antes de volver a su tienda en calle Glete.

La Cracolândia, São Paulo capital

Ya hacen muchos veranos que la Cracolándia es, literalmente, una piedra en los zapatos de un porcentaje enorme de paulistanos que, así como los de Solana Star tiraban marihuana a la mar, tiran prejuicios e intolerancia directamente de sus intestinos para las calles y la política. El pequeño barrio de la Luz situado en el centro de São Paulo, en medio a la estación de la Luz y la estación Julio Prestes, dos patrimonios arquitectónicos de la ciudad, se convertió en los años 90 en la zona del crack. Sí, allá se vende y se consume la droga de alta destrucción a cualquier momento. La mayoría de la población de jóvenes hace tubos con latas de coca cola o de brahma para fumar el crack. Un tremendo problema de calamidad social.

Lo que pasa es que hasta el año pasado, durante la gestión del alcalde Gilberto Kassab, se usaba la Operação Sufoco (Operación Asfixia) para resolver el problema, o sea, les daban carta blanca para actuar en la represión en la zona a lo que hay de humanamente peor en la guardia civil metropolitana y en la policía civil y militar, que por sus veces golpearon por años los derechos humanos en esta zona. Como si a un drogadicto le necesitara más golpes que trato médico y asistencia social. En realidad, Brasil no parece tan carnavalesco en sus calles y grandes ciudades como piensan los de afuera. Aquí hay un estado policial, que se ve pela cantidad de herencias de los tiempos de dictadura, por ejemplo la militarización de la policía y las tantas y diferentes corporaciones policiales, eso sin contar las fuerzas armadas y las incontables empresas de seguridad privada que generalmente son de figurones políticos o empresarios, muchos de ellos de alguna forma relacionados con la represión en los tiempos de dictadura militar. Brasil aún es un país de milicos.

Volviendo a la Cracolándia y sin que rodeemos la cuestión: toda esa represión, violencia descomunal y asfixia social seguramente no fueron para desarrollar el distrito, ni tampoco para mejorar la vida de la comunidad. Eso pasó principalmente por la industria de la especulación inmobiliaria, la más grande financiadora de campañas electorales en São Paulo. Había el proyecto de la “Nova Luz.” Nueva Luz con viejas políticas higienistas. La expulsión de toda la comunidad pobre de esta parte del centro, a través de una supuesta lucha contra el vicio, iba regalar muchas cuadras para la construcción de un enorme, nuevo y moderno Shopping Center y tantos condominios de lujo, pues no eran gratis las incontables búsquedas policiales y sus agresiones a la “luz” del día. Ni tampoco la distribución de drogas hecha por policías, hecho tantas veces dicho por tantos cuantos periodistas investigativos.

Brazos abiertos

Pero fue en este verano, temporada 2013/14, sin lluvia y con racionamiento de agua potable, que ese terrible del poder publico a cerca de la Cracolándia, empezó a cambiar. No es que las políticas para el barrio sean hoy, así, digamos, una maravilla, por lo menos no es más una completa desgracia como antes. Con el fin de la gestión del neofascista Kassab, Fernando Haddad, el nuevo alcalde, del PT (Partido dos Trabalhadores, de Lula y Dilma), impulsó el programa Braços Abertos.

El problema es que el Brazos Abiertos solamente fue puesto en práctica por cuestiones estéticas. después de la construcción de una “favelinha” delante de la Estación Júlio Prestes en enero de este año. Los sin techo de la región (muchos crackadictos) hicieron sus tiendas allá en el centro de la ciudad más grande del hemisferio sur, irritando los ojos de los “varones y dondocas” llenos de profumería y cagadores natos de reglas. De todas formas, independiente de la razón, eso fue un salto.

Entre diciembre del año pasado y el último enero, residentes y drogadictos ocuparon las calles con sus tiendas y en respuesta a esa “favelización” vino el programa del nuevo alcalde, ya bien explicado por el de la revista Carta Capital: “la operación debe acoger en uno de los cinco hoteles de la región asociados al programa, la contratación para servicio de barrido y limpieza de las calles por 4 horas diarias, con dos horas más de calificación a un sueldo de 15 reais (poco más de 5 dólares) por día y tres comidas gratis – dos hoteles ofrecen desayuno, para los acogidos en los otros tres, los desayunos son realizados en el restaurante público del barrio, en la calle Dino Bueno. El servicio es del gobierno federal pero es el gobierno municipal que lo paga a través de la ONG Brasil Gigante, cada plato servido”, y mucha gente perfumada ha crepitado.

Para muchos residentes, el programa aun no es lo mejor. “Empecé el laburo, yo fui a  hacer el barrido, pero no me gusta porque muchos no trabajan. Unos trabajan, otros no”, criticó el Índio Badaross. “Aquí en mi tienda (en la calle Glete) soy libre y todo es más fresquito, mientras allá, en el hotel, es un horno, no se puede dormir bien por el calor y por la bulla, porque aquello es un nido de perros”. ¿Y no llueve aquí en tu tienda, Índio? “No, mira vos el ángulo que hacen los edificios, casi no cae agua aquí, y tampoco no llueve este año, no pasa nada. Y aquí nadie me viene a  molestar. Estoy en ese lugar, hermano, ya hace casi 8 años. Y ahora me dan un cuartito allá, pero un tipo como yo que ha pasado tanto tiempo en la calle, no se acostumbra en vivir encerrado. Hasta porque en el hotel no hay espacio suficiente para yo dejar mi arte, ni tampoco hay privacidad, no puedes llevar a  nadie a tu casa allá, no puedes recibir visitas, tienes que estar tipo aislado, ¿comprendes? Ya aquí en mi calle, puedo recibirlos a  ustedes, puedo quedarme con mis amiguitas, quedarme tranquilito, ¿comprendes? Allá es malo, no te dejan hacer nada”.

El Índio Badaross

El Índio se refería por “amiguitas” a sus eventuales novias. “Yo estaba con otra estos tiempos, pero tuve que mandarla a  que se fuera, porque era muy rabiosa, ahora estoy con esta aquí que al final me saca afuera las ganas de fumar (crack)”, dice apuntando a la tienda donde dormía la nena. “Yo cuando fumo el crack, el crack para mi no trae esa energía mala que trae a los otros. Yo fumo y consigo trabajar, dibujar, charlar…, consigo satisfacer a las mujeres, nunca una mujer se ha quejado de mi. Ahora, hay unos muchachos por ahí que fuman el crack y después no consiguen alzarse. Gracias a Dios eso nunca me pasó…,” y mientras terminaba de hablar, la “amiguita” cayó en risa desde la tienda, y me dijo “es verdad, hombre, puede escribirlo”.

Índio es un artista plástico. Ha dibujado diversos cuadros con los cuales convirtió la calle Glete en una inmensa galería de arte, a cielo abierto, en medio de la Cracolándia, rompiendo las barreras del prejuicio. Y él no es tonto. Impulsado por el amigo Zezão, famoso grafitero que vive y trabaja ahí cerca, ganó el apodo de “Basquiat brasileiro”. Más allá de alguna semejanza física con el artista estadounidense, el pernambucano de Petrolina estudió un libro del grafitero gringo antes de empezar a colorear la “ciudad gris”.

“Zezão me regaló el libro y dijo para que era para  estudiarlo. Leí, estudié, pasó un tiempo y él lo recogió de me y dijo: anda y dibuja”. Sus cuadros son siempre muy parecidos, pero nunca iguales, en la mayoría rostros de personas ficticias con fuerte influencia, consciente o no, del cubismo y del abstraccionismo.

Él pinta cuando está volado. “Yo hago mis trabajos ahí siempre cuando estoy muy loco, o con hambre o cuando a veces estoy amargado con la vida porque ayudé a personas y después vienen y pisan en mí, pero no tengo venganza con la gente, mi venganza la hago con las tintas. Mi maldad es para mí mismo, ¿comprendes? Yo mismo debería  gustarme más”, respira.

Luego explica donde viene su inspiración. “Esas caras ahí, son las caras que vienen en mi mente, ¿comprendes? Y después me quedo allí, imaginando: ¿carajo, de donde salió eso? Y sale en el momento. En el momento que empiezo a dibujar sin pensar mucho y solo después es que voy a reflejar e intentar descubrir de dónde ha venido la idea. Ellos (los cuadros de rostros) no son muy diferentes unos de los otros, pero yo no sé hacer el mismo cuadro dos veces, puede ser que salgan parecidos, pero siempre distintos. Es porque me pasa algo que al final solo sale eso, ¿comprendes?” Sí, maestro, comprendo.

Otra característica de su obra es la utilización de una técnica inventada hace casi un siglo por el movimiento antropofágico del arte moderno en Brasil. Es un concepto de que se puede “robar” las ideas extranjeras y adaptarlas a la realidad del Brasil. El Índio me llevó hasta una pared improvisada de su tienda con muchos cuadros suspendidos. Habían pinturas convencionales y también muchas placas de madera y plástico encontradas en la basura que fueron reaprovechadas para el arte. Cogió uno de los cuadros para explicarme el proceso de producción. “Para hacer un cuadro tienes mucho trabajo, mira este por ejemplo. Hacen unos siete meses que lo dibujé. Ese era tipo un cuadro con unos planetas dibujados y yo hice esas caritas encima de los planetas”, y apuntó para los rostros redonditos, mucho más redondos que lo que normalmente dibuja. Y a partir de esta obra, fue explicando cada una de las otras. Y reclamó. “Mira ese aquí. ¡Lo rompieron! Hay gente que me quiere mal, no vienen y descuentan en mí, ellos vienen cuando no estoy yo y descuentan en mis cuadros. Mirálo, el cuadro roto, ¡que hijos de puta!”

“Muchas veces la gente pregunta, ¿como que el tipo este puede estar así loco y normal al mismo tiempo? Pero yo soy así, ¿comprendes? La locura para mí no hace daño, no cambio con ella, nunca tuve que robar ni matar, yo solamente quiero comer, beber, dormir, dibujar, charlar, trabajar, siempre fue así, ¿comprendes? Yo vivo la vida despacio. Hace 8 años en esta calle,” dice.

Al ser cuestionado si es realmente indígena, Cícero Rodrigues, el Índio Badaross, afirma que no, pero que desciende de indígenas y cablocos (mezcla de índios con negros), y habla de su bisabuela cabocla con mucho orgullo y extraño. “La vieja era rabiosa, hasta la muerte plantaba, cocinaba y hacia todo en su tierra, al final le daba mocotó al viejo para tener una buena noche en la cama”. ¿Entonces, Indio, es por eso que ha vivido tantos años? “Más de cien años.” La familia Rodrigues tenía sus pedacitos de tierra en los rincones del estado de Pernambuco, cerca de la ciudad de Petrolina donde, según el Índio, era un paraíso. “A veces yo iba solito para el medio de la floresta y me quedaba allá, con mi paz, extraño mucho aquel hogar, aquellas tierras… hace 8 años que no vuelvo allá”.

Historia secreta del Crack

Nostálgico, el artista consiguió encontrar una manera más sana de hacer frente a una droga que es absolutamente insana, la cual sabemos tiene la capacidad de languidecer su adicto hasta matarlo en un corto tiempo. El interesante, y chocante, es la forma como se cuenta la génesis del tráfico crackero en el libro Sombría Alianza (Dark Alliance, en el título original) del famoso periodista e  investigador Gary Webb. El libro fue escrito a partir de una serie de reportajes de Webb para el San Jose Mercury News, en 1996, en la cual el periodista siguió los pasos del caso Iran-Contras y a partir de ahí, él paso a buscar los famosos traficantes estadounidenses, develando las rutas del narcotráfico ya conocidas por la CIA y denunciándolas. Webb fue acusado por todos los lados de utilizar falsos testigos y manipular informaciones, fue amenazado de muerte, ha perdido su trabajo, sufrido bullying mediático en los EEUU y murió en 2005. Según la versión oficial, nuestro colega de profesión se suicidó.

La obra del periodista “suicidado” cuenta que en los años 80 la CIA compraba el crack y la heroína de los Contras de Nicaragua para su financiación, que comprasen armas para luchar contra la recién victoriosa Revolución Sandinista que derribó el dictador Anástasio Somoza en julio de 1979 y de la cual las políticas revolucionarias se oponían a los intereses de los EEUU en aquel país. Y con el material en mano, la propia CIA ha resuelto expandir sus negocios. Y el bastión capitalista de la moral y las buenas costumbres pasó a vender drogas para su propio pueblo. Fabricó traficantes millonarios y muchas, pero muchas cracolándias en ciudades como Los Angeles, Oakland y San Francisco, en costa oeste.

Larry Pinkney, viejo líder del Partido de los Panteras Negras (PPN, fundado en octubre de 1966, en Oakland) contestó a una entrevista para la página brasileña A Verdade acusando el gobierno de los Estados Unidos de haber promovido una guerra química contra los Panteras Negras en aquella misma época. Denúncia comprobada por los escritos de Gary Webb.

“Es un facto irrefutable que el gobierno de los Estados Unidos ha utilizado la guerra química, no solamente contra el Partido de los Panteras Negras, pero también contra los negros en general y otras comunidades. No es mera coincidencia que el derrame de basura y materiales peligrosos son preferencialmente hechos cerca de comunidades pobres y negras y de tierras indígenas”, denuncia Pinkney. Y sigue: “Es también un facto irrefutable que el gobierno de los EEUU utilizó un terrible subterfugio por el cual las drogas pesadas como la heroína, quedaban fácilmente disponibles especialmente en las comunidades negras. Eso fue devastador para las comunidades negras, y sus terribles consecuencias son aún hoy sentidas. Mas allá, hoy el fenómeno del crack no solo no es coincidencia, como también sirve tanto para facilitar la violencia como la desunión en nuestras comunidades, mientras al mismo tiempo es una arma legal para el gobierno poner en las prisiones miles de personas pobres”, dijo.

Y todo eso puede ser fácilmente revisto en la realidad brasileña, tanto en las favelas y comunidades pobres de la periferia, cuanto en la Cracolándia del centro de São Paulo. También en tierras indígenas. Según el mismo reporte de Carta Capital dicha en el principio de este artículo, los asistentes sociales del gobierno municipal de São Paulo, del Braços Abertos, reclamaban que la mayor parte de su tiempo de laburo se quedaban a mediar conflictos entre los adictos. Eso sin contar la brutalidad policial.

Aún dijo Larry Pinkney, “el gobierno (de los EEUU) es profundamente cómplice del uso de drogas que ocurre hoy, pues esa situación sirve para mantener los negros y otras comunidades bajo control. La así llamada guerra a las drogas del gobierno, así como su guerra al terrorismo, es falsa y constituye un mecanismo para represión y control político. La responsabilidad del gobierno de los Estados Unidos puede ser resumida en dos palabras: subterfugio y negación,” finalizó.

La nueva lata

En Brasil la situación no es muy diferente en la Cracolándia. En el pasado la buena lata fue criminalizada y miles de jóvenes se cansaron de ser encerrados por fumar un porro, hoy, la lata es mucho más destructiva y la tolerancia que existe y fue generada sobre la marihuana es proporcional a la intolerancia ante los adictos del crack. Y más allá de la cuestión de clase que es decisiva, nuestras políticas antidrogas son copias mal hechas de las de los EEUU, algunas de ellas ya dejadas por los vecinos del norte, pero no presentaron buenos resultados y provocaron más daños que soluciones.

El hecho de que una región central – exuberante, con innumerables obras maestras arquitectónicas como la Estación y el Parque da Luz, la Sala São Paulo y de la estación Julio Prestes – completamente abandonadas y pobladas en su mayoría por negros, pobres y adictos al crack es una receta para el espíritu empresarial y bastardo inhumano de la gentrificación y la especulación inmobiliaria que traducen con maestría la salvagería de la clase capitalista brasileña. Es una versión brazuka, o más bien, el dueto subterfugio y negación en colores verde y amarillo.

Dueto este que se tradujo en políticas públicas históricamente lamentables que en ningún modo soluciona el problema, por el contrario, crean problemas nuevos y más complejos para calentar el negocio de los donantes privados a las campañas electorales y que para reinventarse a los ojos de la gente más crítica, recrean el viejo higienismo social de manera mas suave. ¿Hasta cuando?

 

 

Tags: Brasil

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