La poesía femenina de Haití

La poesía femenina de Haití

Cuando murió la poeta Marie-Ange Jolicoeur, el 1º de julio de 1976, se encontraron en su biblioteca de Lille, en Francia, algunos títulos de sus colegas publicados en Haití o en otras partes, entre los que estaba el célebre Coeur des îles (Corazón de las islas) de 1939 de Ida Faubert, hija del presidente Salomon. Su propietaria debió darles una particular importancia para querer hojearlos permanentemente en su casa. Suponemos ahora que Marie-Ange Jolicoeur se volcó sobre las pocas publicaciones de mujeres haitianas de esa época, y que haya querido incuso trastocar el orden de las cosas, es decir compensar esa falta de publicaciones femeninas con obras venideras. La poeta estudiaba filosofía de alto nivel en Francia cuando sucedió la tragedia. Según sabemos ella fue, luego de la reina Anacaona, la segunda poeta “maldita” en la historia de la literatura haitiana.

Las Santas de la sombra

Todo sucede en el medio haitiano como si nuestras mujeres no tuvieran derecho a escribir, a expresar tanto su amor como sus múltiples decepciones ante el hombre haitiano. Muchas son las poetas haitianas que fueron “amasadas” en la flor de la edad por un matrimonio de amor o de razón, ya sea en Haití o en el exilio. Su “derrota”, de hecho, explica la subsistencia del poderío del macho haitiano, y, a ese respecto, el escritor Graf Dürckheim escribió: “Le femenino es con frecuencia condenado, no solamente en el hombre sino también en la mujer, a un destino fantasma. Su energía encubierta toma entonces un lugar importante entre las fuerzas de sombra de nuestro tiempo, las que bloquean el camino del Ser esencial. El despertar de la vida iniciática contribuirá probablemente a devolver a lo femenino su lugar en la síntesis integral de la vida. Para ingresar libremente a la iniciación, hay que soltar las fuerzas de emancipación de lo femenino”. Efectivamente, y lo mismo es para la poesía, que exige que se suelte tanta energía como voluntad para alcanzar el Ser poético y devenir el poeta que se debe con todas las cualidades inherentes a un discípulo de Orfeo. La escritora haitiana, encubriendo esta energía, resuelve abandonarlo todo con el único propósito de consagrarse a su matrimonio y a la familia. Las más recalcitrantes, como las poetas Virginia Sampeur e Ida Faubert, las novelistas Marie Chauvet y Nadine Magloire, acaban encontrándose solas, abandonadas, condenadas a escribir durante mucho tiempo o a convertirse en damas de “sociedad” como Edith Piaf y tantas otras.

Anacaona, la reina poeta1

Montaigne decía que “filosofar es aprender a morir”. En el contexto haitiano de la escritura, podemos, sin temor a equivocarnos, constatar que el hecho de escribir conlleva la inimaginable tarea de la muerte de la escritura como constitutiva del pensamiento y complementaria de la vida. ¿Anacaona tenía razón de no dejar nada a la posteridad incluso bajo la transparencia de múltiples jeroglíficos, como hicieron los egipcios? La historia dice, sin embargo que fue una gran poeta que componía sin cesar inspirados Areytos, incluso antes de la llegada de los primeros colonos españoles a la isla. La vida de esta reina indo-haitiana, animada por un “espíritu a la vez diletante y entusiasta, desbordante de onirismo y de poesía”, ha sido referida por varios escritores de diferentes generaciones, como Emile Marcelin y Jean Météllus.

“La linda soñadora, poeta y soberana, (…), imprime un ligero balanceo a su hamaca, original invención de la indolencia indígena…

Su graciosa actitud de indiferencia y ensoñación rota, es rodeada por las jóvenes, formando el habitual cortejo, y con sus voces alegres cantan una canción de letra colorida, que evoca el pintoresco encanto de los sitios montañosos. Ellas se tornan en una suave danza de compases regulares.

Extraño y encantador espectáculo el de las bailarinas marcando el ritmo de su música vocal a través de los movimientos armoniosos de sus pies, caderas, la cabeza coronada con flores rojas, exhibiendo exquisitamente sus cuerpos sin velo!”

(E. Marcelin, La Reina Anacaona)

Anacaona, la reina-poeta, era bella. Sólo tenía ojos para aquel que gobernaba Maguana: Canoabo, el intrépido. También estaba ligada a la tierra de sus ancestros y a los dioses. Ningún presagio se le escapaba, pues consultaba el oráculo al mínimo presentimiento y signo de inquietud. Anacaona, como todas las indias de Ayiti de la época, era pagana. Escuchémosla implorar a los antiguos dioses de Ayiti-Quisqueya-Bohio:

“Ustedes hacen, oh Tzemés, el sol, la luna y las estrellas de oro, el rayo y la tormenta,
El aire que nos hace vivir y que hace palpitar de entusiasmo nuestros corazones.
Ustedes hacen el Destino…
Ustedes, oh Tzemés, en todo y por doquier.
Ustedes son el aroma de la flor, el ritmo de nuestros areytos.
Son ustedes los que hacen nacer, los que hacen morir.
Tenemos, oh Tzemes, la mayor idea de su poder, de su grandeza, de los sueños que se llevan a cabo en el infinito de su pensamiento…
Venimos, oh Tzemés, a ofreceros nuestros corazones cargados de inquietudes.
El temor de un presagio nos hace sufrir, y el futuro de Ayiti parece amenazado de un peligro que nos hará rodar hasta la desesperanza y la locura.
Protegednos, o Tzémes, salvadnos.”
(E. Marcelin, La Reina Anacaona)

Esta imploración de la reina Anacaona a los a los dioses data de la época precolombina. Podría creerse que es, si substituimos el término Tzemés por el de “loas o misterios”, la invocación de un patriota de hoy en día ante el gran mal de Haití. El asesinato de nuestra primera poeta por los infames españoles venidos de fuera la elevó, a pesar de ellos mismos, a la verdadera gloria, aquella “que es inmortal y que corona el martirio”.

En nombre de la poesía (1860-1859)

Extraña fue la evolución de la poesía de las mujeres después de Anacaona. Una sola escapó al mutismo femenino desde la colonia. Citamos a Virginia Sampeur (1839-1919), primera esposa de Oswald Durand (1840-1906), el bohemio. El abandono de Durand permitió a la literatura haitiana que ganaran sus letras gracias a un conmovedor y doloroso poema publicado por la poeta intitulado L’abandonnée (La abandonada). Ese primer poema escrito por una haitiana dejaba ya anunciar el avenir de nuestras futuras mujeres de letras. Primera poeta conocida luego de la reina Anacaona, Virginia Sampeur tiene el mérito de haber abierto las vías a la poesía femenina escrita de Haití. Su amor por Durand, ese “conquistador de damas”, hace, a pesar de ella misma, el elogio de la masculinidad en un país en el que ya de por sí el varón aprovecha cada momento que le concede la hembra amada. Virginia Sampeur no publicó ningún poemario, sino sólo unos cuantos poemas en las revistas y periódicos de la época, y algunos relatos divulgados en folletón.

“Ah, si estuvieseis muerto! Con mi alma lastimada
haría una tumba donde, amada clausura,
mis lágrimas se derramasen lentas, sin atrición.
(…)
Ah, si estuvieseis muerto, vuestro eterno silencio
menos yermo que ahora, tendría su elocuencia,
Pues no sería ya el cruel abandono.
(…)
Pero no estáis muerto ¡oh dolor sin medida!
pena que hace brotar la sangre de mi herida
( … )
¡Ingrato!¡Vivís mientras todo clama mi venganza!
Pero yo no escucho. A falta de esperanza,
por instantes vuelve el pasado, todavía me acuna…
(La abandonada)

El destino de nuestras mujeres letradas no va sin recordar el de todas las mujeres de todos los continentes. Pero es incontestable que algunas de ellas han querido transgredir el orden establecido, y es justamente gracias a una de esas rebeldes, Ida Faubert (1882-1969), que la poesía haitiana femenina adquirió sus cartas de nobleza.

Madeleine Gardiner, en un magistral estudio consagrado a la vida y obra de la poeta (Sonata para Ida, 1984), subraya que está “emparentada de corazón y espíritu con Marceline Desbordes-Valmore, Anna de Nouailles, Marie Noel, Lucie Delarue-Mardrus, Amélie Murat, Lousa Paulu, y Claire Goll”. Su amor a la poesía, a la naturaleza, sus locas y profusas aventuras amorosas y su obsesión por la muerte la condujeron a la mayor esperanza del ser: poseer el don de decir su amor y su pena a través de la poesía. Nuestro León Laleau admiraba mucho el cuerpo y el espíritu de Ida Fine Faubert. Pues ella era hermosa y también refinada, rica, cultivada y seductora. Tenía todo para “huir” de la Poesía, vivir sin complicaciones, en París, maravillosas noches en los Campos Elíseos, y días trepidantes en el barrio Latino, así como numerosas conferencias y apariciones en público de los grandes escritores de la época. Ida Fine Faubert era una burguesa que amaba la vida elevada de delicias, de flores y de botánica tropical. Su poemario Coeur des îles, 1939 (Corazón de las islas) y sus cuentos del Trópico Sous le soleil Caraïbe, 1959 (Bajo el cielo Caribe), valiosas trazas de un corazón enamorado de las Antillas, traducen además la inmensidad de sus lazos con la tierra de nuestros ancestros. Hija del presidente Lysius Félicité Salomón (1879-1888), Ida, la poeta, siempre encontró las palabras justas para escribir. Su poema “Jacqueline”, dedicado su hijita muerta en la infancia, tiene una métrica de rara desenvoltura y una sensibilidad a flor de piel. Los lamentos de la poeta, de la madre, toman allí bastante acento melancólico, de donde Ida sólo emerge para escribir, a los treinta años, versos tan memorables como:

“Que se hable despacio; la pequeña ha muerto.
Sus bellos ojos claros a jamás se cerraron;
Y aquí ya llegan las flores…
No veré nunca más a la niña que amaba.
No veré más tu linda sonrisa,
Jamás tu mirar me volverá a buscar,
Tus pequeñas manos que semejan de cera
Jamás nunca me tocarán más. »
(“Para Jacqueline”, Corazón de las Islas)

Otros versos de Ida, de una sensualidad y de una simplicidad contenida, relatan con soltura igualmente la tristeza y la melancolía del amor que la poeta “deja pasar sus inquietudes, sus esperanzas” en una poesía “subjetiva, personal, donde el corazón le habla al corazón”. Sólo hay que saborear los versos siguientes de nuestra Ida nacional:

“Te amo por apiadarte del delirio,
Y por haber, conmigo, sufrido mis dolores;
Te amo por saber qué palabras decirme
Y por haber besado tierno mis ojos llorosos”
(“Overtura”, Corazón de las Islas)
Para ti me he de volver dulce y amante;
Para que venga el olvido de malos días de antaño
Y no sepas ya que la vida es malévola
Que hiere al corazón y que se sufre tanto.
Para ti, volveré a ser esa niña obediente,
Que sueña con canciones, de amor y beldad,
Y que a veces besa una flor a su paso,
Para sentir en sus labios un temblor de verano.
Te abriré mi corazón que el sol inunda,
Conocerás mi alma y sus deseos ardientes,
Y de la vida y el mundo ya solo sabrás
Que te adoro y que ya es primavera.
(“Suavidad”, Corazón de las islas)

Aunque Ida Faubert, al igual que Georges Sylvain y Léon Laleau, practicaba una poesía de factura aristocrática, en sus “cuentos y leyendas”, Bajo el cielo Caribe, la poeta no olvidó cantar la riqueza del terruño, los mil y un colores de la naturaleza haitiana, la magia de las regiones tropicales. Sus “”cuentos”, escribió Madeleine Gardiner, estám “arraigados a su herencia: las costumbres, las supersticiones, la imaginación haitianas están allí presentadas con una fidelidad sorprendente y un notable sentido de la fantasía. Ellas afirman la perfecta indigenidad de aquella quien, por razones desconocidas, no se ha suficientemente valorado en nuestra literatura”. Ida Fine Faubert, como la reina Anacaona, era muy bella y muy talentosa. Traumatizada toda su vida por la muerte de su amada hija Jacqueline, así como por los múltiples acontecimientos que jalonaron la carrera política de su padre y que repercutieron en su infancia; sacudida por losw divorcios y los amores desgraciados que vivió, amante suplicante y dependiente del amor de sus amantes; dividida entre dos pueblos y dos naciones, Ida Faubert permanecerá, a pesar de todo, nos parece, la gran dama de las letras haitianas y, de acuerdo con Léon Laleau, la “Princesa de las Letras”, princesa de nuestras letras.

Después de las poetas Virinie Sampeur e Ida Fine Faubert, las letras haitianas ganaron sobre todo en cantidad con esa generación de mujeres cultivadas que se reunían alrededor de la revista La voz de las mujeres, órgano de la Liga Femenina de Acción Socila. Las mejores poetas de los años 40 y 50 colabporaron en ella. Citemos entre ellas a Cléante Desgraves Vaclin (1891 -¿), la señora Colbert St-Cyr (1899-), Eméline Carriès-Lemaire (1899-1980), Jacqueline Weiner (¿- 1976), Marie Thérèse Colimon (1918-1997). Habría que incluir en esta generqación a las poetas Helène Morpeau y Célie Diaquoi-Deslandes, hermana mayor de Louis Daiaquoi, quien fuera cofundador de las escuela histórico cultural de Griots. Célie Diaquoi-Deslandes publicó tarde, en 1963, su primer poemario.

La poesía de las mujeres en marcha (1950-1980)

Nueve o diez escritoras haitianas, como Célie Diaquoi-Deslandes , Marie-Thérèse Colimon-Hall, Mona Guerin-Rouzier, Janine Tavernier-Louis, Jacqueline Beaugé-Rosier, Rose-Marie Perrier, Michaelle Lafontant-Médard, Marie-Ange Jolicoeur, Marie-Claire Walker y Marie-Soeurette Mathieu, vienen a formar, por así decirlo, la osamenta de la nueva poesía femenina. Célie Diaquoi-Deslandes (1907-) es una de las poetas más talentosas de esta generación (1950-1980). A pesar de ser una mujer de oficina revoloteando en la administración pública de Puerto Príncipe, sabrá amar las flores y los paquebotes en el mar. El crítico Christophe Charles tenía razón en subrayar que “Célie Daquoi-Deslandes es aún desconocida. Merece ocupar uno de los primeros lugares en la poesía femenina de Haití”. Pues luego de Ida Faubert, la “gran” poesía parece renacer en su pluma tras múltiples peripecias tanto a nivel de la perfección formal como del dominio de la expresión. Sus poemas, impregnados de nostalgia por su terruño natal, Gonaïves, se expresan con una sencillez cuyo fresco murmurar evoca la comunión de los manantiales.

“Ese extraño perfume que busqué
como una loca
helo floreciendo en mi corazón
Lo hago un nido
y te lo doy
frescura asentada en la inocencia de los orígenes…”
(“Sin compertir”, Crepúsculo con pestañas de oro)

Maire-Thérèse Colimon-Hall (1918-1997), profesora de carrera, publicó, al igual que Ida Fine Faubert, ensayos poéticos y cuentos, también produjo dramas históricos y religiosos, lo mismo que una novela Hijo de miseria (1974), galardonado con el premio France-Haïti. Su célebre poema “Mi país”, publicado en 1953 en La Voz de las Mujeres, se había falsamente atribuido a uno de los más grandes poetas de Haití, Jean Brierre. Esta ofuscación literaria la colocó en la mirilla para más de un equívoco. Conocida sobre todo como narradora y dramaturga, posee no obstante toda la flama de una gran poeta.

“Si tuviera que presentar mi país al mundo
Diría su belleza, dulzura y gracia
De sus mañanas cantarinas y sus ocasos de gloria
Diría su cielo puro, diría su aire dulce
(…)
Y los soles sumergiéndose en la mar turquesa
Diría, antorchas rojas al firmamento,
La belleza fulgurante de famas flamboyanes ardientes,
Y ese azulo, ese verde, tan dorado, tan límpido
Que quisiéramos en los brazos ceñir ese paisaje.
Diría el manto de la mujer de azul
Que baja el sendero con la canasta a la cabeza
El ondeante balanceo de sus caderas robustas
Y la melodía grave de los hombres en el campo
(…)
(“Mi país”, Mi cuaderno de escritura)

Con Mona Guérin-Rouzier (1934 ‘), institutiz y mujer de teatro, la poesía femenina no se movió mucho. Aún así, Sur les vieux thémes Sobre los viejos temas (1958) del amor traicionado, los lamentos del corazón abandonado, la soledad y sus versos están envueltos en una atmósfera de ternura:

“Cuando quieras entregar este diario,
Y deslizar tu mirada hacia la mía que te busca,
Sabrás que mi corazón enamorado y recto
Permaneció igual que el día de su conquista.”
(“Tardes junto a la lámpara”)

Reconocida dramaturga, Mona Guérin sólo ha publicado un poemario.

Jeanine Tavernier-Louis (1935- ) la intelectual, la poeta de acentos indigenistas modernos, la que concibe que “vivimos tantas vidas en una”, que hubo “un tiempo en el que pensaba que amar era intercambiar el contorno perfecto de un seno con una musculatura. (Ella) aprendió, después, que amar es animar (…) lo que se decía muerto: una musculatura o un seno”. En otras palabras la poeta ya no cree en el amor de los hombres. Hija de los dioses y de la poesía Janine Tavernier es el mismísimo reflejo de la mujer sensual, pero ataviada de una desesperación comparable a la de una Virginia Sampeur (La abandonada). Al leer su largo poema intitulado “Sobre mi dedo más pequeño” (1962), sentimos el abatimiento de ser abandonada, de esta sola tras el abandono del ser amado.

“No quédate
no te vayas
……
Sola
ay estoy sola
Llevé triunfalmente mi cosecha maravillosa
preo los laureles que mueren tienen otro aroma
el aroma desesperado de los adioses sin rencor
se mezclan tanta aspereza y tanta suavidad
que no he remplazado mis pobre flores marchitas.”

Sin embargo, su emotivo poema, “Parloteo paisano” (1966), que es de un humanismo temible, recuerda los grandes impulsos del Indigenismo haitiano y de la Negritud africana. La poeta, por otra parte, no pudo resistir tampoco a la Revolución:

“Como cualquiera, hice la revolución a golpe de fórmulas, de teorías, de retórica. Comprendí, después, que entre la revolución y nosotros hay la misma relación que entre la piedra arrojada en el lago y sus círculos concéntricos. Se trata de tender la mano –rech out-, esperar para ayudar, ensanchar nuestra esfera, multiplicar nuestros círculos, dilatar nuestros corazones al compás del planeta. Qué más noble papel asignar a la obra.”
(Naima, hija de los dioses)

Jeanine Tavernier-Louis fue muy cercana al grupo cultural Haití Literario (ver la revista Rond Point, no 12). El escritor y crítico Ghislain Gouraige decía, con razón, por cierto, que ella “prolonga la veta de Anna de Nouailles y de Ida Faubert y se atribuye una plaza preponderante en la joven poesía al subrayar el prestigio y los recursos de la carne”.

Jacqueline Beaugé-Rosier (1931-‘), educadora y poeta de talento a sus horas, que trajo el escándalo, publicó en 1992 D’or vif et de pain (De oro radiante y pan), excelente poemario en donde la nostalgia del país natal se encuentra discretamente espresada en un impulso de colorido humanismo. Sus dos primeros poemarios, Climats en marche, 1962, publicado en la colección Haïtí Littéraire y A vol d’ombre, 1967, publicado bajo el emblema de Hounguénikon, dos grupos contrarios, testimonia sobre la inestabilidad de nuestra poeta. A la vez amor, expansión, búsqueda de lo humano, su poesía, según Silvio F. Baridon y Raymond Philoctète, “nos entrega un alma senible y desgarrada que se libera para exteriorizarse”.

“Las calles del silencio cerraron mis labios
Y sólo me quedan esta noche tus ojos de luz
Para encerrar mi sombra
Las calles del silencio rompieron mi deseo
Y sólo me queda esta noche en el espacio tranquilo
Donde dialogan nuestros corazones
El inmenso desierto de tu ausencia”
(“A vuelo de sombra”)

Michaelle Lafontant (1949-), casada con Rassoul Labuchin 8Yves Médard), publicó su primero poemario a los quince años : Brumes de printemps, 1964, (Brumas de primavera). Estudió letras en la Escuela Normal Superior y publicó también, en 1967, Pour que renaisse ma Quisqueya, (Para que renazca mi Quisqueya), una colección de poemas de un humanismo provocante a la manera de Eluard y de Aragon. El ideal de la poeta toma cuerpo y se reúne con todos los “condenados de la tierra”. Ya no se trata de los versos de escolar o de adolescente encontrados en Brumas de primavera. La poeta creció y quiere contribuir con la lucha del Hombre. La poesía de Michaelle Lafontant es el apasionado impulso de un corazón centinela del amor, es el emblema de la unión de todos los corazones en el encuentro de la esperanza.

“Nuestro amor ese gigante que desafía tormentas
Nuestro amor esa joya tejida de mil luchas
Nuestro amor ese sueño enorme esa gran locura
Para sobrevivir necesita que el día sea mas puro”
(“Nuestro amor”, Para que renazca mi Quisqueya)

Tras la aparición, en 1971, de Le Ficus (El Ficus), en colaboración con su marido, Michelle Lafontant-Médard dejó de publicar poesía. ¿Será ese el destino de nuestras mejores poetas?

Jamás sabremos si Marie-Ange Jolicoeur (1947-1976), a los veintinueve años había planeado escribir otros poemarios o lanzarse a proyectos filosóficos (novelas, ensayos), ya que se había establecido en Francia (Lille) para justamente estudiar esta disciplina. ¡Qué pérdida tan grande la desaparición de esta mujer en la flor de la edad! Poeta de una simplicidad desarmante, minimalista de lo cotidiano, el poema en Marie-Ange-Jolicoeur es un cuento sin adivinanza. Una poesía de matices y de melancolía, escriben Silvio f. Baridon y Raymond Philoctète, colmada de sencillez y de pureza (…).

“!Qué es lo importante
Hombre parado
Sobre trinchera de las edades
Qué es muerte
Qué es vida
Si no el grito
El límite
El silencio
Lo absurdo!
(“Vértigo”)

Marie-Claire Walker (1937- ), bisnieta de Oswald Durand, publicó en 1977, en París, una colección de versos con un título muy significativo: Poèmes (Poemas). Al crítico Christophe Charles le parece que “Jolicoeur y Walter tienen en común el gusto por el exotismo, la espera en la soledad, la melancolía, las dulces nostalgias y la musicalidad de sus versos preservadois de la violencia ideológica y reivindicativa (…). También se asemeja a Jolicoeur en los temas del viento, de la nieve, de la isla…”

“Tengo esta isla en el corazón
Soy cálida como su tierra
Vivaz como su sol
Profunda como su mar.”
(“La isla”, Poemas)
Pero una mayor seguridad, un mejor manejo de la expresión (de la enunciación) parecen acompañar a Marie-Ange Jolicoeur:
“Dulce, dulce cantinela
Corcheas, semicorcheas
En los parapetos de las pasarelas”
(“Tristeza”, Poemas)

“En los pianos apagados
Cuatro corcheas de silencio
Para la romanza en duelo”
(Pájaros de la memoria, p 35)

Incluso en la repetición en el verso y de los versos en el poema, ritmo impar que debemos sobre todo a Magloire Saint-Aude. Marie-Claire Walter et Marie-Ange Jolicoeur son las dos mejores poetas haitianas de los años 70.

Marie-Soeurette Mathieu (1949- ), que ha publicado desde 1971 Lueurs (Resplandores) y más recientemente, en 1997, Ardémée, habla, emulando a sus colegas poetas, de la falta de amor en el ser amado, de soledad y de ausencia, de dejadez y abandono y de olvido de los dulces momentos de embriaguez pasados juntos. Todo deja pensar que el varón haitiano, sin riesgo de error, no anima esta forma de dependencia de nuestras mujeres. Pues las escritoras que han progresado son aquellas que fueron liberadas de sus matrimonios, en una palabra divorciadas, tanto como las que son aún alentadas por sus cónyuges. Marie-Soeurette Mathieu forma parte de la primera categoría de mujeres que reclaman su libertad, y por ende, la libertad de la escritura.

“Confusos recuerdos despiertas en mí
Lejanos recuerdos que saben
Lo que fui
Que mucho tiempo jugué en el polvo
Ignorando la miseria, ignorando el ahogo
A la sombra de tus ramas conocí
La ternura
En verdad tuve momentos
De dulzura”
(“Dedicatoria”, Resplandores y Quince poemas de despertar)
“Túnel de lágrimas
Que va al país del vacío
Nostalgia sin mañana
Que se inclina al polo de la mirada
Lleva mis lunas a la morada fértil
de LIBERTAD…”
(“Invitación”, Resplandores y Quince poemas de despertar)

Las poetas de ahora (1980 a nuestros días)

Son al menos una docena las que publican, desde 1980, ya sea en Haití o en el exilio, sobre todo poesía. Sus nombres son : Marie-Marcelle Ferjuste, Marie-Laurette Destin, Marie-Claude Guichard, Mercédes Foucard Guignard, Margareth Lizaire, Ludmilla Joseph, Liliane Dartiguenave, Antonine Renaud, Marie-Alice Théard, Marlène Apollon, Marie-Célie Agnant, Farah-Martine Lhérisson, Mozart F. Longuefosse, Carmelle Saint-Gérard Lopez, etc. No todas tienen el mismo talento, pero ciertamente una voluntad similar de “acopiar” las conquistas anteriores. Cuatro o cinco de ellas tienen ya buena reputación literaria y continúan produciendo, ya sea ensayo o poesía. Por ejemplo Marie-Marcelle Ferjuste, autora de Le premier jet, 1978, (El primer lanzamiento), ya no ha publicado, pero era considerada al inicio de los 80 como uno de los valores más seguros de la literatura femenina. Con ella la poesía comprometida del lado femenino había alcanzado una nueva punta, la punta de buena esperanza y del comunismo internacional. Marie-Marcelle Ferjuste, llamada con razón la “Depestre” de los 80, nos decepcionó. Su silencio y sus metamorfosis nos hacen pensar que la literatura puede cambiar al mundo, pero no a los hombres.

Mercédes Foucard Guignard, la única poeta de lengua creole (Majodyòl, 1981), multiplica, a través de sus textos (poesía, teatro, cuentos, ensayos), los esfuerzos para poner al día las “raíces” de nuestro folklor. La leyenda de las loas, los cuentos del país de “Ti Toma” son estudiados y luego contados por la poeta. Mercedes F. Guignard parece haber abandonado la poesía por el ensayo y el cuento. Sus numerosas publicaciones en esos dominios nos incitan a temer lo, peor. Sin embargo, el género poético parece quedarle de maravilla.

Farah-Martine Lhérisson (1979-), la más joven de las poetas actuales, nos recuerda esta entrada « escandalosa » de Marie-Marcelle Ferjuste en la escena literaria de fines de los 70. Pero contrariamente a ésta última, su poemario Itinéraire zero, 1995, (Itinerario cero) es una retentiva de la poesía del silencio. El “grado cero de la escritura” parece beneficiarse allí a todo nivel. El crítico Marc Exavierseñalaba que “en la textura de los más hermosos versos bullen los sollozos que destrozan el sueño”. La poeta por su parte nos dice:

“Mi historia despojada
aroma de piñas
Agachada
a orillas del Sena”
“La calle abre las piernas
libre curso a la vida
las mías la savia”
(Itinerario cero)

La poesía de Farah-Martine Lhérisson tiene un automatismo colmado de recuerdos, de sueños y de flores con cabeza de golondrina.
Carmelle Saint-Gérard Lopez, una de las poetas más comprometidas del último decenio, publicó en 1996 Crayons de pastel (Crayones pastel). Títulosimple que no presagia ninguna pretensión. Efectivamente, a través de una poesía muy ligera, la poeta denuncia el “discurso delirante del poeta desconocido”, se confía a Dios, Alá o Jehová, borra de la noche la demencia a la que todo huye. Esta poesía, muy cercana a la de Marlene Apollon (Cris de Colère-Chants d’éspoir, 1992 – Gritos de cólera-cantos de esperanza) y de Marie-Célie Agnant (Balafres, 1994), privilegia la inspiración sobre el estilo. El amor y el compromiso social o político constituyen temas principales de esos tres poemarios.

Conclusión

De la malicia de las mujeres se habla seguido: “La mujer, qué otra cosa es si no el enemigo de la amistad, la pena ineluctable, el mal necesario, la tentación natural, la calamidad deseable, el peligro doméstico, el azote deleitable, el mal de la naturaleza pintado con colores apetecibles”. Y la Iglesia de la Inquisición la condenó a causa del inmenso éxito de las hechiceras: “La mujer me parece más amarga que la muerte, pues ella es una trampa y su corazón una red, y sus brazos cadenas. Quien Dios quiere les escapa, pero el pecador en ellos cae.” Más amarga que la muerte, es decir el diablo en persona llevando el nombre de la muerte (la peste) según el Apocalipsis. Es verdad que el diablo condujo a Eva a l pecado, pero es Eva la que sedujo a Adán. Así pues, ¿vale la pena considerar todas las acusaciones en contra de las mujeres hasta el punto de repudiarlas como seres humanos y seres de Dios? Y si la mujer no nos hubiese conducido a la vida, al nacimiento, su pecado no habría tenido sentido y la humanidad sería ahora deshumanizada. Ya que el nacimiento de un ser humano que leva al nacimiento de otro ser, refuta incluso a Dios el derecho de “cerrar” la tierra por reestructuración.

Dejemos pues a las mujeres el derecho de “vivir” y de compartir los múltiples placeres de la existencia. Aprovechemos mejor la “vida” que nos han dado y la libertad que ofrece ese placer de escribir con las palabras amadas de a diario. El pecado original ¿no fue acaso deseado por Dios pera probarnos? Primero al ancestro Adán, y luego, según los méritos de cada cual, disfrutar de la Vida Eterna. Eva, como Judas Iscariote, fue la mediadora de la voluntad divina, y el diablo, si en verdad existe, es el único culpable en esta lucha, en este enfrentamiento entre el Bien y el Mal. La mujer debe emanciparse como cualquier ser vivo y, en ese sentido, sigue siendo el complemento del hombre tanto en la desgracia como en el placer. Entonces, que la Alta Poesía sea de ahora en adelante suya, a la Mujer, por el mayor de los beneficios de la humanidad entera.

Esposa de Caonabó cacique de Maguana, de la entonces isla de La Española que hoy se divide en Haití y República Dominicana. Según las crónicas fue una mujer de gran belleza y vasta cultura. Su nombre significaba “flor de oro” en taíno y sus composiciones, eran recitadas en los areyto (grandes fiestas comunales en las que, bajo la dirección del cacique, se recreaban los mitos de creación). Asumió el poder al morir su esposo. Se la declaró culpable de instigar la sublevación de su pueblo, por lo que murió ahorcada en 1504. (N. de la T.)

Potomitan

 

Categories: Género, Haití, Reseña

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