La alborada en el solsticio de invierno

La alborada en el solsticio de invierno

 

«La pendiente es oscura». Los matorrales rozan con la ropa y una fila de hombres y mujeres, avanzan con la espalda encorvada, esforzándose por alcanzar la cima. Con ofrendas en la espalda.

El concierto de jadeos se hace escuchar mientras el viento acompaña agitando las hojas de los árboles que aplauden el avanzar de ocho humanos dispuesto a celebrar el solsticio de invierno. Hoy es oxlajuj imox.

Es de noche. Las luces de las linternas rompen con la oscuridad por momentos y en espacios determinados. Los jadeos se exasperan y el aliento de nuestras bocas dicen sin saber: ajaw-ajaw-ajaw. Entre suspiro e inspiro.

Llegamos. Una reja de palos secos, delgados y cobrizos se toman de la mano por medio de alambres espigados. Tat Cesar avanza fuertemente hacia una puerta rustica, se agacha y de su bolsillo saca unas llaves, se dispone a quitar el candado y abrir la puerta de la Sienaga: el altar kaqchikel en Santiago, Sacatepequez.

El rechinar de un árbol se escucha dentro. –Que hermosa bienvenida, el árbol ésta contento–. Entramos y el árbol rechina aún más. Mujeres y hombres se dirigen por voluntad a saludar al altar.

Tat Cesar y Tat Julian, tomando dos ramas secas, limpian los alrededores y las mujeres se disponen a encender una pequeña fogata. El fuego consume poco a poco los chiriviscos y pequeñas ramas de árboles secos para generar la luz y un otorgar un poco de su calor.

Se preparan los materiales. Sin embargo, previamente se reparten puros y empieza la pelea contra el miedo y la fuerza para resistir el frio, la soledad de la noche, el viento y las horas que falten para culminar la ceremonia.

Aj-pu, aj-pu, aj-pu, aj-pu, aj-pu… se escucha de las bocas de las mujeres y hombres fumando seriamente el puro de tabaco. Nuestro fuego interno se enciende y la puerta a la unidad se empieza abrir. Termino y mis ojos se crispan y el cielo se hace inmenso y cercano. La oscuridad es tan clara. Casi la puedo tocar. –Tome tat–. Una jícara aparece ante mi boca la observo y bebo de dos tragos el uk’ux ja’ que tranquiliza mi chispa interna. «¡Ah! Perdí el silencio…»

Inicia la ceremonia con la marimba desde un celular. Todo se da sin limitaciones.

Se enciende la primera chispa y la voz de autoridad empieza recitar las voces del espíritu. Los rezos se escabullen y acuerpan el dialogo con el fuego. Las miradas crispadas se fijan al fuego mientras este crece en libertad. El tiempo y el espacio en ese momento se hacen uno. Las horas pasan pero la experiencia queda. Los materiales se consumen. Desfilan ante nuestros ojos sartas de candelas, gotas de alcohol, arenas dulces, ecos de las voces, poemas épicos y espíritus con voz.

Nos hacemos uno. Las voces cubren la noche y el viento las abraza. La noche se entrega y el árbol que rechina de pronto calla. Lo inesperado es inevitable.

Cero horas. El viento habla: «jun iq.» Aparece un perro y de la oscuridad aparece un hombre como la alborada. Me sorprendo. El hombre se dirige a cada uno de nosotros con –Xqab’ tata, Xqab’ tata–. Besa nuestras manos y las posa sobre su frente. Entra solemnemente, con una sencillez y humildad digna de todo sabio. «Gonzalo». Con un sombrero de maguey entra con la cabeza inclinada. Su pelo negro y largo le sirve de nido. Un poncho negro cubre su espalda, hombros y pecho. E inicia su oración. –Maltiox tata… maltiox. ¡Oh! Ukux kaj-ukux ulew. Maltiox tata… Maltiox… –. Su voz entre sollozo y petición penetra al fuego y con ello penetra mi espíritu. Algo quiere nacer de mi pecho, parirlo es doloroso, sin embargo puede más la vida que la pena. Y brotan en cada esquina de mis ojos dos lágrimas que recorren mi mejilla.

Lloro. La emoción es inevitable y el espíritu se regocija de saber que siente. Gonzalo, con solemnidad, entrega cada parte de su ofrenda al fuego. Toma un  manojo de candelas y solicita dignamente a una ajq’ijab’ las pase sobre su cuerpo. Coyuntura por coyuntura, unión con unión, musculo por musculo. Se inca y su voz entrecortada agradece, reza, agradece, reza y agradece. Mientras uno por uno de los presentes replican la petición. Coyuntura por coyuntura, unión con unión, musculo por musculo. Y agradece, pese a su gran pena, al dolor, al sufrimiento y al llanto, se congratula con el universo y luego sonríe. El día de ayer acuchillaron al sobrino. Me comenta Tat Vinicio. Y hoy lo sepultaron.

La paz y la calma consumieron el fuego con la felicidad de la alborada en el solsticio de invierno.

*Poroj Abac*

Diciembre 2016

 Enviado por Manuel de Jesus Poroj Abac (Guatemala) 

Categories: Cuento, Guatemala