Kujáncham (zorro), relato Shuar

Kujáncham (zorro), relato Shuar

Por Etsa

tayus

Tayus, eran nuestro alimento.

Una vez al año íi shuar (nuestra gente) se reunían para emprender el viaje a la cueva de los Tayus, era época en que los Kunchai (fruto del Copal) maduraban y nos deleitábamos con sus sabores. Ese deleite no era solo para nosotros, sino también para las aves y demás animales de la selva.

Durante la preparación del viaje, días previos, nuestros mayores, mientras construían los chankín (canastos) nos comentaban, que  en tiempos antiguos los animales eran shuar como nosotros e  iban a cazar pichones de los Tayus. Especialmente los Kujáncham (zorro) que eran shuar de mala reputación.

Washikiat, empezó diciendo: “Náa Kujanchap, shuar netse-nu, aujmatsatajai” (De  Kujáncham,  shuar bandido, les voy a contar).

“Los shuar se reunieron para ir a recoger los pichones, los mismo que esa época están gordos y muy sabrosos, en ese grupo estaba Kujáncham. Emprendieron el viaje entre la espesura de selva, hasta llegar a la boca de la cueva. Allí amarraron unos bejucos gruesos entre las rocas y descendieron al interior de la cueva  que estaba muy oscura, por eso llevaron consigo antorchas con shiripik (resina del árbol de copal) e iluminaron.

Se dedicaron a recoger con gran habilidad los pichones que se encontraban en los nidos, uno que otro se les caía que por su gordura al estrellarse en el suelo explotaban, emitiendo  fuertes sonidos que se propagaba en la caverna.

Cuando llenaron los chankín de pichones tayus, los Kujáncham, en complicidad con los otros shuar salieron inmediatamente de la cueva y cortaron los bejucos, para que no salieran dos hermanos que se quedaron en la cueva y así adueñarse de sus bellas esposas.

Los Kujáncham, una vez que llegaron a la casa de los dos hermanos, informaron que ellos se habían perdido en la cueva y que seguro serán devorados por los animales feroces que habitan la cueva y no volverán a casa.

Fingieron tristeza -los Kujáncham-, y el más kákaram (fuerte) de ellos se adueño de las mujeres de los desaparecidos.

Mientras tanto en la cueva, los hermanos hacían todos los intentos por trepar la pared de la cueva, pero como era muy profunda no lo lograron. Cansados, cayeron al suelo perdiendo todas las esperanzas de salir.

cueva-tayu

Ingreso a la cueva de los tayus.

En medio de la oscuridad, el menor de ellos observó a lo lejos una luz, por lo que le pidió al hermano que se mantenga en el lugar mientras él iba a explorar el lugar. Pero su intento fue infructuoso, pues un enorme tigre que habitaba en las entrañas de la cueva, lo devoró. Se escucharon gritos de dolor que estremecieron la cueva, los mismos tayus sobrevolaron asustados un momento, luego, todo quedó en completo silencio. Solo el llanto del sobreviviente, entristecía aún más el ambiente.

Los tayus se compadecieron del shuar e intentaron ayudarle, pero fue imposible, estaban mermados en número y él tenía  mucho peso para el tamaño de los tayus. Lo único que podían hacer por él era traerle frutos del copal para que se alimente, pero no fue suficiente. Cada día se ponía más débil, el sufrimiento lo acababa. El estar en medio de ese lugar maloliente entre excrementos lo enflaqueció de sobremanera.

Cierta noche, escuchó desde el interior de la caverna el rugido de uunt yawà (tigre) que se aproximaba a él, pero ya sin fuerzas, dijo en sus adentros: ya que sentido tiene seguir sufriendo, mejor es morir aunque sea de esta manera y resignado, se quedó dormido.

Durante el sueño, el tigre se le acercó y le dijo que no tenga miedo, esté tranquilo y que haga todo lo que le va a instruir. Sopló sobre su rostro -el tigre- y sobre sus manos para darle poder.

Cuando despiertes -dijo el tigre- escucharás mi rugido a lo lejos, con tus manos palpa el piso que  allí estarán mis huellas marcadas, te llevaré a orillas de un río, donde tendrás que nadar hacia abajo hasta llegar cerca de la ája (huerta) de tu madre.

El shuar se despertó asustado, no creía que aun estaba vivo. Oyó el rugido del tigre muy lejos e hizo todo lo que en sueños le dijo el tigre. Cuando llegó junto a la huerta, oyó gritos, era su madre que lloraba por la pérdida de sus dos hijos.

Inmediatamente corrió donde ella gritando con gran emoción: “Nukurua, útip, nekàs wíitjai jui pujajai” (Mamá ya no llores, soy yo, aquí estoy). La madre inmediatamente lo abrazó y llevó a la casa, le dio todos los cuidados, mientras  -el hijo- le contaba lo malo que fue Kujáncham y cómo un tigre lo salvó de la cueva.

itip

Itip’: vestimenta del shuar.

Una vez que logró recuperarse, empezó a tejer su itip’ (vestido de hombre). Cuando terminó de tejer -días después-, se vistió como para ir a la guerra, se pintó el rostro y el cuerpo. Tomó su lanza y se despidió de su madre diciendo que va a visitar a sus hijos y a tomar venganza por todo lo que le hizo Kujáncham.

Cuando llegó a la casa de Kujáncham saludó como todo shuar lo hace: “Chai winiajai” (Hey estoy llegando), salieron sus hijos que inmediatamente lo reconocieron, pero él les dijo que estaban equivocados que él venía de otro lugar y que venía para realizar la visita a  Kujánchan (papá zorro).

Aparmesh ¿tui pujá? (tu papá, ¿Dónde está?), preguntó el shuar. Los hijos le respondieron: Apar-ka, ajànam nukurjai wearai” (mi papá y mi mamá se fueron a la huerta) y que en seguida regresarían.

Y fue así que se oyó conversaciones, eran ellos –Kujáncham y sus dos mujeres- que retornaban. Kujancham traía sobres sus hombros cierta cantidad de leña y caminaba detrás de sus mujeres.

Los niños fueron en precipitada carrera a informar del retornado de su padre, esa distracción aprovecho el shuar para esconderse detrás de la puerta. Las mujeres respondieron a sus hijos: “Ustedes dicen mentiras, pues nosotras sabemos que ellos jamás retornarán porque Kujáncham los mató en la cueva”. Allí el shuar se enteró que todo había sido planeado entre Kujáncham y las mujeres.

El shuar se llenó de más coraje y cuando Kujáncham iba a ingresar a la casa le clavó la lanza en el pecho, dejándole muerto al instante. Luego, sacó la lanza del cuerpo de Kujáncham y ante los gritos de las mujeres también les traspasó con la misma lanza. Así lograba consumar su venganza porque  a más de ser infieles -las mujeres- habían tramado la muerte de sus maridos.

Por eso debemos respetar a las mujeres ajenas, un shuar valiente jamás roba mujeres, jamás debemos ser como Kujánchan, porque si le imitamos tendremos el mismo final que él: la muerte.

Toda esa sabiduría que nuestros úunt (mayores)sabían enseñarnos, también les transmito a ustedes”, concluyó Washikiat.

Creo que desde ese momento siempre tuve temor de las cuevas, pero si disfruté de la delicia de un tayu asado. Los Tayus nos daban también aceite para iluminar nuestras noches oscuras. Nuestra selva siempre nos brindaba lo mejor, todo hay en ella.

 

Antropólogoshuar