Por ETSA

Habían transcurrido varios años, la curiosidad de despejar la duda sobre los íwianch era intensa.

Pero, ¿qué o quiénes son los íwianch? Espiritus de los muertos que permanecen aún en la selva, convirtiéndo todo lo que en ella habita en hechos llenos de misterios, la lluvia, el trueno, los relámpagos, etc., todo eso me tenía inquieto. Especialmente, cuando me hablaban de los íwianch parecía que me inmiscuía en los relatos y la piel se me erizaba del temor que tenía por los misteriosos relatos.

Cierta tarde, después que las mujeres retornaron de la huerta, pude darme cuenta que estaba de visita mi tía Juanita Chuint. La visita de ella me alegraba, pues, ella mujer viuda, con sus años a cuesta, conocedora de los ánent, námpet y relatos de vivencias shuar por experiencia propia, con su presencia sabía que tenía algo nuevo por contar.

Ella siempre muy afectuosa, como quien saluda a un hijo que llega de lejos, con un fuerte abrazo me dice:

– ¿Uchirua taumek? ¿Pénker pujamek? (Hijo mío, ¿has llegado? ¿Te encuentras bien?)

Ee nukurua, wisha tajai (Si mamita, yo también estoy aquí) – siempre los saludos son así.

Luego caminó con gran prisa, tomó la yuca y el cuchillo, lo dividió con gran maestría para luego depositarlas en la olla, y lo asentó en el fuego. En horas esa yuca se convertirá en nijiamanch (chicha).

Tomó el kutánk (silla) y me sonrió, como quien invitaba a acercarme para empezar con su relato.

– “Watsekea, wisha iwianchnu aujmatsatajai” (A ver, también yo, sobre los espíritus les voy a conversar), dijo al iniciar el relato.

A la esposa de mi suegro Anchukir y a su hermana Súnur, las había llevado el íwianch, a las dos pequeñas

– Y eso, ¿cómo fue?, le respondí mientras me acomodaba en el piso para escucharla con la atención que merece.

Sucedió cuando ellas se quedaron solas, mientras su mamá y demás mujeres se fueron a la huerta a traer comida. Al salir les dijeron – a las niñas- que por nada deben salir de la casa, por eso, aseguraron la puerta y se marcharon en busca de alimentos.

Cuando se quedaron solas, las niñas querían salir a jugar al patio, pero siempre obedientes  a las instrucciones de sus mayores, permanecieron dentro de la casa.

De pronto, las niñas escucharon que alguien caminaba fuera de la casa, al no distiguir a andie, se asustaron y, del temor se fundieron en un fuerte abrazo, al sentir que cada vez se acercaban a la casa.

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En la selva, nuestra casa, todo fluye, todo es vida.

A pesar de que la puerta estaba cerrada, el ser extraño ingresó de golpe, sin abrir la puerta, pero ¡oh sorpresa!, era la abuelita, la misma que había fallecido recientemente.

Las niñas se llenaron de miedo que prefirieron no mirarla, pero, una vez dentro de la casa el iwianch-abuelita, para tranquilizarlas, les dice :

– ¿Qué hacen? ¿Por qué están tan solas?, verán que íwianch les puede llevar.

– No estamos solas, nuestra mamá y hermanas se fueron a la huerta y están retornando -le habían respondido, con voz temblorosa-.

– Están mintiendo, ellas aún está en la huerta; vamos, vamos para que coman guineos, allá donde está tu mamá hay un guineo bien maduro.

Las tomó  de la mano, las sacó de la casa para internarse en la selva.

Caminaron cierto tramo y cuando llegaron al lugar donde estaba el guineo que les prometió dar, les invito a sentarse, desgajó los guineos y se les ofreció para que coman, mientras les decía:

– Siéntense aquí, que su mamá- íwianch no les vea, por favor estén quietas en este lugar.

Y, en seguida también les trajo el fruto silvestre dulce llamado kúnapip, les puso a los pies invitándolas a servirse.

Mientras se servían kúnapip y el tsamá (maduro), observaban que su madre y las demás mujeres recogían la yuca, camote y papachina, poniéndolas en su chankín (canasto) retornaban a la casa.

Todo eso observaban las niñas, mas las mujeres no las podían ver.

Las mujeres, en gran conversan y riéndose a carcajadas iban por el camino de regreso a casa pero, cuando llegaron se encuentran con la sorpresa de que las niñas no estaban. Inmediatamente asientan sus chankín en el piso y empiezan a llamar a las niñas, sin recibir respuesta alguna.

Poco a poco la desesperación se apodera de las mujeres que empiezan a correr por los alrededores de la casa tratando de localizarlas, sin logar el objetivo.

Mientras tanto las niñas, en manos del íwiach se sienten de lo más tranquilas, pero esa tranquilidad es interrumpida cuando –íwianch– les dice:

– A ver llamen a su mamá para comprobar si en realidad les ama.

– Bueno, dice Súnur, quien era la hermana mayor.

– Llamen, llamen porque si en verdad les ama su mamá les va a responder y si no les ama ni caso le hará, entonces será mejor que vengan conmigo a mi bella casa -les dice el íwianch-.

En seguida Súnur, grita: ¡¡¡NUKUACHIIIII…!!! (mamita), que en gran eco se escuchó en medio de la selva.

Las mujeres alcanzan a escuchar el llamado y se preguntan: ¿dónde se oyó el grito de las niñas?

– Hagan silencio, ya su mamá escuchó, ahora esperemos un rato, en verdad les digo ya no griten, hagan silencio porque si íwianch viene, les va a llevar, les increpaba el mismo Íwianch.

Tiranki (nietitas) llamen otra vez, porque si les aman les van a venir a recoger, repitió.

Y fue así que las niñas con su grito de ¡¡¡NUKUACHIIII!!!, se hacían escuchar hasta la casa, donde se encontraban las demás mujeres.

Los gritos de las niñas en la selva, les dio la pauta para que tengan la certeza de que, no estaban perdidas y empiezron a murmurar entre ellas:

-íwiach jukiariai (íwianch se las llevó), busquémoslas, dijeron e invitaron a más personas para que les ayude en dicha búsqueda.

Ingresaron a la selva y empezó el rescate de Súnur y Anchukir. Se guiaban por los gritos de las niñas, pero, cuando las personas se acercaban al lugar, desaparecían y gritaban en otra parte, lo dificultaba el rescate.

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Entre shuar e iwianch hay vida en la selva

Íwianch winíniawai (vienen los íwianch), repetía el mismo íwianch a las niñas y las llevaba cada vez más lejos.

Los rodearon con perros bravos, hombres armados con lanzas, ni así lograban rescatarlas. Era un juego entre el íwiach y los shuar, pues cuando creían que ya las tenían, se escuchaban los gritos muy lejanos.

Así transcurrieron las horas y cuando el sol se ocultaba, de tanto cansancio e impotencia la madre de las niñas empieza a gritarle al íwianch:

Iwianchí, amechuk uchin jurutkiniam?, yaa asamek jurutkiniam?, ukupturkatá(Íwiach, acaso tú no te llevaste a mis hijas?¿Quién eres que te me las has llevado?, devuélvelas).

Luego otra mujer le continúa gritando:

– Íwianchí auka iwiarsamurmin ashiran utsantatajme (la tumba en la que estás enterrada, la voy a destapar y tus restos lo voy a esparcir), le amenazaban al íwianch.

Luego cuando escucharon nuevamente el grito de las niñas, Waputsrik, el padre les alcanza a ver que corrían en medio de la selva. Éste (el padre) corrió tras de ellas y se abalanzó logrando agarrarlas de las manos.

Con las niñas en sus manos, el padre las abrazó, sin embargo –ellas- se habían encariñado con el íwiach y empiezaron a gritar:

Nukuchichi, ikiurtukaip, nákarsatá, nákarsatá (abuelita, no me dejes, espéreme, espere).

Luego, cayeron al suelo desmayadas, eso ocurre siempre que las personas son llevadas por el íwiach – aclara mi tía Juana-.

Las alzaron del suelo y llevaron a la casa, al llegar, tomaron tsaank (tabaco) seco que guardan junto al fuego lo encendieron y con el humo las empezaron a soplar, logrando despertarlas. Sólo con el tabaco se logra reanimar a los desmayados que han sido llevados por el íwiach -nos afirma mi tía Juanita-.

Cuando las niñas despertaron les preguntaron:

– ¿Qué les paso? ¿Por qué andan así?

– Nuestra abuelita llegó, y nos llevó a comer maduros y kúnapik, a pesar de decirnos que estemos en silencio para que no nos lleve el íwiach, que eran ustedes, nos dijo que les llamemos para ver si en verdad nos aman. Y en todo ese tiempo nos vistió con estas hojas y con estos adornos que traemos puestos, dijeron las niñas.

y, claro, ellas estaban vestidas con hojas y adornadas con musgos y semillas.

Les curaron contra el espanto y desde ese momento siempre tenían cuidado de no dejarlas solas.

Con el tiempo crecieron, se casaron y una de ellas fue mi suegra, la madre de Mashutak(mi esposo), dijo nuestra narradora.

Así lograron rescatar a las niñas, eso comentaban ellas mismas, yo escuché de ellas mismas lo que narraban ya siendo adultas, especialmente de Anchukir que fue mi suegra.

En verdad los íwiach siempre están pendientes de nosotros. Para ellos nosotros también somos íwiach. Así sabía contar mi suegra, concluyó mi tía Juanita.

bty

Respeto perenne por la vida de mi selva

Ese halo de misterio que encierra mi selva me acompaña siempre y, merece mi respeto y cuidado. La selva viva que nos une entre todos los seres que en ella habitamos, siempre tiene algo que contarnos.

ETSA
Categories: Pueblos Originarios