La Fundación Slim, depositaria de la espléndida obra de Pablo O’Higgins

La Fundación Slim, depositaria de la espléndida obra de Pablo O’Higgins
Por Elena Poniatowska
El Museo Soumaya, la Fundación Carlos Slim será la guardiana y divulgadora de la obra del gran pintor Pablo O’Higgins, quien vino de Salt Lake City a México en 1924, atraído por el muralismo mexicano de los Tres Grandes y se convirtió en ayudante de Diego Rivera.

Hombre de convicciones, Pablo O’Higgins cubrió muchos murales con manos de obreros, de campesinos, de gente que carga su machete para cortar caña y pencas de maguey, de manos de lavanderas y de pepenadores, de ladrilleros y tlachiqueros. Vivió al sol y al viento como viven los que nada tienen y al lado de su hermano del alma, Leopoldo Méndez, fue uno de los pilares del Taller de Gráfica Popular que tanto luchó contra el fascismo y tanto retrató a los que nada tienen: los cargadores de La Merced, los que hurgan en los basureros, los que se recargan en los postes de luz de la esquina porque no tienen trabajo y mientras esperan se rascan las verijas.

Pablo O’Higgins y Leopoldo Méndez fueron hermanos, uno alto y rubio, otro alto y moreno. Verlos juntos era un espectáculo, era como ver a dos árboles que caminan, dos zurcos que abren la tierra, dos ríos que avanzan, dos espigas de trigo, dos matas erguidas y cubiertas de mazorcas.

Luis Cardoza y Aragón dijo alguna vez que Diego Rivera y Frida Kahlo eran el Popocatépetl y la Ixtaccíhuatl, el paisaje de México; debería haber añadido a Leopoldo y a Pablo, a Fermín Revueltas, a Xavier Guerrero, a todos los que por su talento y su generosidad se convirtieron en un pedacito del inmenso rompecabezas del México de los años 20, de los años 30, el más noble que hemos vivido y al que esperamos regresar en vez de mantenernos como ahora, paralizados al borde del abismo.

Al igual que su admirado José Guadalupe Posada, Leopoldo Méndez dibujó, grabó en blanco y negro, pero lo hizo con todos colores del Sol y llegó a abarcar hasta 17 tonos de verde.

De extraordinaria belleza y de gran carácter, nacida en 1918, María de Jesús de la Fuente, Jesusita O’ Higgins, supo conservar a lo largo de los años la obra de su esposo en su casa de Coyoacán y mantener no sólo el estudio con cada uno de los grabados y litografías de su marido clasificados y guardados en gavetas ajenas al polvo, a la resequedad y al deterioro, sino cubrir los muros de su sala, su comedor, su biblioteca con pinturas de trazos ágiles, nerviosos y poéticos que fluyeron como ríos hasta formar la esencia de su obra que también tiene que ver con el mar porque Pablo retrató a muchos pescadores que salen al amanecer en su barco de vela. Dicho, en pocas palabras Pablo era como un río cuya agua todos podemos beber. A cada campesino, a cada ladrillero le dio su lugar, y en Nueva York, cuando expuso en la galería Levy, lo llamaron el Brueghel moderno.

Ni a Pablo ni a Leopoldo les interesó la celebridad. Nunca cargaron en sus hombros el ego como montaña. Al contrario, ellos y todos los miembros del Taller de Gráfica Popular se hicieron menos. A veces, demasiado. Entregados a una causa, pegaron sus carteles contra el fascismo en las calles de Donceles, Bolívar y Artículo 123, y salieron corriendo para que no fuera a agarrarlos la policía. Muchos pertenecían al Partido Comunista.

Otros admiraban a Vicente Lombardo Toledano, le rezaban al pueblo de México, escuchaban a Valentín Campa y a Hernán Laborde en mítines que dispersaba la policía; ponían su vida en riesgo, un día sí y otro también. Fundaron la LEAR (Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios). Se expresaron en El Machete (que ilustraban José Clemente Orozco y Xavier Guerrero), en el periódico Frente a Frente, y pasaron muchas noches en la oscuridad de un calabozo como Carlos Pellicer.

Tina Modotti, Agustín Jiménez, Emilio Amero y sobre todo Juan Guzmán (Gutman, su verdadero nombre), los retrataron con el puño levantado en marchas, en manifestaciones, frente a la mesa en la que pintaban o escribían, y más tarde Nacho López habría de promover campañas de alfabetización, casas para obreros, reuniones y protestas, sombreros al sol y petroleros de Poza Rica en defensa del llamado oro negro.

Ahora, el maguey de Topilejo, el electricista, el chichicuilotero, Lázaro Cárdenas, La niña de Irolo quedarán a buen resguardo en la Fundación Carlos Slim. Curiosamente, la llamada lucha por un arte proletario, los heroicos esfuerzos sociales de igualdad y libertad, terminarán en la máxima casa de la iniciativa privada. La caravana del hambre de los mineros de Nueva Rosita-Coahuila, de marzo de 1951, las manifestaciones de protesta en el Zócalo, acabarán en los estantes del Museo Soumaya y en las manos de expertos que harán un estudio profundo de lo que significó la pobreza y el obrerismo en nuestro país.

Ojalá la casa de Pablo y María, en Xochicatitla, pudiera transformarse en centro de estudio de la pintura mural mexicana, desde el arte prehispánico hasta la bendita Revolución. Muchachos universitarios y otros que no han ido a la universidad o la conocieron de noche, como yo, podrían aprender tanto historia de México como lo que el muralismo significó para nuestro país, la lucha contra el fascismo, la de los metalúrgicos, o sea, la de los mineros, que plásticamente es un bofetón en plena cara, el hambre de los cargadores y el de los sin techo, la belleza de las mujeres de Cuetzalan y la belleza también de la propia esposa de O’Higgins, María de Jesús, que ha cuidado su obra como leona que cuida sus cachorros.

Amigos de Miguel León Portilla, del difunto Emilio Krieger, defensor de presos políticos; de Heberto Castillo, quien siempre admiró a la pareja; de Alejandro Encinas, del arquitecto Pedro Ramírez Vázquez; del salvador de los refugiados de la Segunda Guerra Mundial, Gilberto Bosques, Pablo y María de Jesús O’ Higgins formaron una pareja singular como singulares fueron los miembros del Taller de Gráfica Popular. Mariana Yampolsky, Alberto Beltrán, Fanny Rabel, Andrea Gómez, Alfredo Zalce, Adolfo Mexiac, José Chávez Morado, Roberto Berdecio, María Martín, Elizabeth Catlett, Iker Larrauri, Arturo García Bustos y José Sánchez, quien imprimía grabados y litografía como nadie podía hacerlo.

“Lola Olmedo me dijo –explica María O’Higgins–: ‘María, cuando hice mi fundación, la hice con gente muy rica y con gente menos rica pero más joven, para que me sucediera. Mis amigos no son como los tuyos’. Se refería a que mis amigos son como yo, gente que vive de su trabajo, me pueden dar un poco de su tiempo, un poco de su trabajo, un poco de su dinero, pero nadie me puede decir: ‘María, ten medio millón o 50 pesos’. Por tanto, pensé en hacer una fundación con gente que me apoyara moralmente, y la hice con Miguel León Portilla, que se ha portado como un gran amigo y ha hecho todos los textos que se han necesitado, ha asistido a todas las exposiciones de Pablo, ha estado muy cerca de mí siempre, hace unos días me mandó un regalo…”

La entrega de la obra de Pablo O’Higgins a la Fundación Slim quizá responda a la ley de la balanza. Es, ante todo, la decisión lúcida de una mujer que a los 96 años ha alcanzado la sabiduría y mejor que nosotros conoce la respuesta. María O’Higgins sabe que ante todo debe salvar la obra del hombre que amó, Pablo. Por algo es abogada y, sobre todo, fue defensora de oficio en Nuevo León de quienes viven en la basura, los pepenadores, que el mismo Pablo dibujó a lo largo de su vida. O a lo mejor –como dice la filosofía náhuatl– hay un momento en nuestras vidas en el que toda sangre llega al lugar de su quietud.

La Jornada 

Categories: México, Opinión