Infiernos

Infiernos
Por Cristina Pacheco
En cuanto Remigio nos dio la noticia de que pronto iba a volver a la casa todos decidimos que nunca, por ningún motivo, hablaríamos con mi hermano de lo que le había sucedido. Para mayor seguridad llamamos a los parientes que nos visitan y les suplicamos que cuando vieran a Remigio no le preguntaran cómo es o cómo se vive allá. A los vecinos les dijimos lo mismo.

Me doy cuenta de que esa forma de protegerlo fue muy tonta. Jamás se nos ocurrió pensar que cuanto está sucediendo, me refiero a las injusticias que se ven por todas partes, de un modo o de otro lo harían revivir esos tres años que injustamente pasó en el infierno.

II

Ese tiempo para nosotros también fue espantoso. A mi madre le subió muchísimo la presión, no comía y se la pasaba llorando sólo de imaginarse los sufrimientos de su hijo. Mi padre reaccionó más o menos igual. En las noches se ponía a dar vueltas por el cuarto o a componer zapatos. Papá: vuelve a acostarte. Necesitas dormir. Si no descansas te volverás loco, le decía. Su respuesta siempre fue la misma: Lo que me está enloqueciendo es pensar tanto en Remigio. Cuando trabajo me distraigo y lo pienso menos.

Con Luis Antonio sucedió algo muy raro: se puso muy agresivo con mis padres. A cada rato les reclamaba que sólo pensaran en Remigio y no en sus demás hijos o que si era necesario que nos ocurriera lo mismo que a él para que nos tomaran en cuenta.

Yo hice lo que pude. Para no aumentar el dolor de mis padres, aunque por dentro me estuviera muriendo de tristeza y desconsuelo, les decía que con el favor de Dios todo se iba a arreglar. Mi madre, llorando, me decía: Júramelo. Dime que vamos a salir de esto. ¡Ya no puedo más! Esta pena acabará por matarme.

Mi madre cree mucho en los sueños. En los momentos en que la veía perder las esperanzas de que mi hermano regresara le inventaba que lo había soñado con su clavera ya puesta, pidiéndole su bendición, como siempre que se iba a trabajar a alguna obra. Ella me creía y le daba gracias adelantadas a Dios por el milagro de ir a salvarle a su hijo.

Fuera de la casa nunca mencioné a Remigio. Si algún vecino me preguntaba por él le decía cualquier cosa y me iba corriendo. Desde luego que en mi trabajo a nadie le hablé de mi problema ni pedí permiso de faltar algún jueves. Procuré esconder mi dolor haciéndome la muy alegre y vaciladora.

Una vez que la jefa me descubrió llorando en el baño le inventé que estaba triste porque mi novio se había ido a no sé qué parte de Estados Unidos. Me aconsejó que no me preocupara, mi galán tarde o temprano iba a volver y si no allí estaba Mauricio, el almacenista, que a leguas se veía interesado en mí.

III

A pesar del gasto tremendo en pasajes, durante los tres años que Remigio estuvo en el reclusorio mis padres fueron a visitarlo casi todas las semanas.

Luis Antonio y yo nada más los domingos porque trabajábamos y no podíamos arriesgarnos a que nos quitaran días de sueldo o nos despidieran.

Sin el dinero que traía Remigio a la casa nuestra situación empeoró mucho, tanto que mi mamá –con todo y lo mala que está de sus piernas– volvió a hacer gelatinas para venderlas en la calle y mi padre instaló su tallercito en nuestra pieza a fin de ahorrarse lo que pagaba de renta por una mugre accesoria junto a los baños del mercado.

De las dificultades económicas que estábamos pasando nunca le dijimos nada a Remigio, ni tampoco que mi mamá había vuelto a trabajar, porque entonces él habría creído que todo era su culpa por haberse robado un cuartito de leche y un paquete de donas en el súper. Esas dos cosas juntas ¿cuánto podrían valer? Ni 30 pesos y, sin embargo, por esa miseria encarcelaron a Remigio.

Al abogado que le pusieron –porque nosotros ¿con qué íbamos a pagarlo?– le decíamos que era increíble que a mi hermano lo tuvieran preso por robar para comer y en cambio otros que se roban millones y millones nunca pisan la cárcel y si lo hacen, al poco tiempo sus defensores inventan quién sabe cuántas cosas para que los dejen libres.

IV

Remigio no nos avisó qué día iba a salir. Fue un domingo. Me acuerdo que yo estaba haciendo cola en la llave del agua cuando Reyna, mi vecina, me dijo: Oye, gordita, aquel que viene allá ¿no es tu hermano Remigio? Me dio tanto, pero tanto gusto que hasta se me olvidó la cubeta y corrí a abrazarlo. Me pareció que estaba demasiado flaco, pero no le dije ¿por qué estás en los huesos? ni nada. Simplemente lo tomé de la mano y me lo llevé rápido a la casa.

Nunca olvidaré la emoción de mis padres al ver a mi hermano. De tan felices lloraban y se reían al mismo tiempo. Aquel momento fue muy hermoso pero por nada del mundo querría volver a vivirlo.

 

La Jornada 
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