Fiume, la delirante ciudad de los poetas y los delincuentes

Fiume, la delirante ciudad de los poetas y los delincuentes

A finales de 1919, en ese caos de fronteras movedizas que era Europa, hubo una ciudad que corrió una suerte pintoresca, inexplicable en cualquier otro momento de la historia. Hablamos de Fiume, un lugar que hoy se llama Rijeka y pertenece a Croacia pero que por entonces era una urbe llena de diferentes lenguas y culturas donde la minoría dominante era la italiana. La ciudad parecía estar en tierra de nadie cuando, en aquel año extraño, un grupo de voluntarios partió hacia ella para anexionarla a Italia. Lideraba aquel grupo el poeta Gabriele D’Annunzio, un hombre con delirios de grandeza que estaba en las antípodas de la figura del héroe militar, pero que buscaba la gloria y quería convertirse en leyenda.

Gabriele D’Annunzio (izq)

Gabriele D’Annunzio (izq) – Wikipedia

Aunque la Gran Guerra ya había terminado por aquel entonces, D’Annunzio seguía con el pecho henchido por el sentimiento belicista. Solo así se explica que este hombre bajito, estrecho de hombros, que huyó del servicio militar en su juventud, emprendiese tal empresa. La suerte se alió con él, pues en su avance hacia Fiume los soldados que debían pararle los pies se unieron a su causa. Así, el reducido grupo que empezó aquella temeraria expedición terminó conquistando la ciudad sin que nadie le opusiera resistencia. La escena no podía ser más teatral: D’Annunzio encabezó su ejército a bordo de un Fiat rojo lleno de flores que parecía un coche de muertos, sumando a sus filas a los soldados que tenían órdenes de asesinarlo. Y de esta manera, mientras Europa se se repartía las fronteras del continente, aquella pequeña ciudad-estado se mantuvo ajena a cualquier legalidad o tratado internacional, con D’Annunzio como gobernante.

Defensor de una «política de la poesía», construyó un régimen dictatorial en el que lo único que importaba era la adoración a su figura. Duró quince meses y se caracterizó por los espectáculos públicos, por los numerosos desfiles y celebraciones, por las exhibiciones aéreas, por los espectáculos de fuegos artificiales y las constantes arengas con las que exaltaba a la población desde el balcón de su palacio. A su paso, la multitud le lanzaba flores y cuando él preguntaba «¿De quién es la victoria?», todos respondían al unísono con un estruendoso «¡Nuestra!».

En un primer momento, aquella utopía había atraído a poetas y revolucionarios, movidos sin duda por el encanto del delirio. En aquel laboratorio político los intelectuales se reunían bajo una higuera para hablar del amor libre y de la abolición del dinero, todo en medio de una representación continua de la extravagancia. Él mismo lo dijo: «Era el escenario de una obra teatral extraordinaria y viva, con una audiencia a escala mundial».

Sin embargo, aquello no tardó en degenerar. Fiume también se había convertido en un paraíso para los delincuentes, que allí encontraban impunidad, además de divertimento –el lugar también se conocía como el País de la Cocaína–. Sin embargo, aquella utopía no aguantó ningún golpe. Después de un leve bloqueo económico, la ciudad comenzó a sufrir un desabastecimiento que afectaba a los bienes de primera necesidad. La violencia se extendió como la pólvora y a la población eslava se la perseguía con crueldad. Aquella política de la poesía comenzó a hacer agua y los fervientes seguidores de D’Annunzio terminaron convirtiéndose en sus detractores.

Todo se precipitó muy rápido. Aquella utopía derivó en farsa y recibió un final tan ridículo como su comienzo: un breve bombardeo sobre la ciudad desalojó a D’Annunzio de su palacio. Poco después, este entregó «su» ciudad.

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