Fanny, bienvenida a Chile

Fotografía (referencial): Atacama Viva

Eran hombres, mujeres y niños acostados de forma horizontal, unos sobre otro, en la parte trasera de un pequeño camión, a quienes taparon con un plástico que no los dejaba respirar. Eran en su mayoría bolivianos y peruanos, pero también había colombianos y dominicanos. El coyote boliviano les cobró más de cien dólares para cruzar la frontera que une Bolivia con Chile. Fanny es una de las tantas migrantes que ha ingresado a Chile irregularmente. Forma parte de un número que aún es desconocido, se trata de una cifra negra, nadie sabe cuántos son ni cómo ni por donde entraron. Sin embargo, están aquí, sin papeles, sin identidad y sin derechos.


Por Pilar León y Florencia Limonado

La alegría de Fanny llena su pequeña casa en una de las tomas de Copiapó. Entre risa y risa, habla, se mueve y hasta baila sola o acompañada. La banda sonora de su día a día suele ser una que otra salsa de la Sonora Matancera, y cuando no, también puede ser un vallenato de Carlos Vives. Cuando no tiene luz, que es la mayoría de las veces, sus vecinos del pasaje Bogotá le ponen ritmo a su vida pues ninguno de ellos puede estar sin música y menos escucharla bajo.

El 13 de junio del 2013 Fanny llegó a Chile, ya lleva cuatro años en un país que quiere, pero no tanto como al suyo. El motivo de su viaje al sur no fue ni trabajo ni amor, ella quería venir a visitar a Ana, su hermana, que vive hace tiempo en Copiapó.  Aprovechó que Marisa, su sobrina casada con un chileno, andaba por Cali esos días para tomar el bus con ella de vuelta. La colombiana explica que más bien fue una locura del momento. Nunca espero quedarse a vivir acá, ni menos llegar a tener una casa.

Tres de sus cuatro hijos, José, David y Paola, la fueron a dejar al terminal donde salía el bus que iba desde Cali hasta Tacna. Fanny saca la cuenta, luego se sorprende de que con 57 años haya podido aguantar las inclemencias de aquel viaje. Para ella fueron en realidad diez días, en vez de cinco, debido a la tristeza que le causó pensar en que no volvería a ver a su familia y las incomodidades de una travesía que incluía tres países para arribar a un cuarto. “Lloré pensando en mis hijos porque no sabía si los iba a volver a ver o no”, recuerda un poco emocionada.

El bus partía en Cali y su primera parada era Ecuador. Hasta ahí el paisaje que veía al asomarse por la ventana era conocido, todo era verde hasta las montañas. Pero una vez que ingresaron al Perú y avanzaron hacia el sur la vegetación empezó a desaparecer. Así fue como apareció el desierto, Fanny nunca había visto algo tan seco, lomas tan lisas y cerros tan despoblados de vida. No podía creer lo que estaba viendo, nadie que la conociera podría creerlo.

Desde el terminal de Tacna tomaron un bus que las llevaría a Iquique. No tuvieron problemas para de salir de Perú pero al intentar cruzar la frontera de Chile el personal aduanero no dejó pasar a ningún migrante “Llegamos y rebotamos, como le dicen, no nos dejaron entrar”, afirma la colombiana. Fanny forma parte del porcentaje de colombianos a los cuales le prohibieron el ingreso a Chile en 2013, ella es parte de ese 7,75 % que se rechazó en los controles fronterizos según el último estudio del Departamento de Extranjería y Migración (DEM). Un argumento principal para justificar la negación del ingreso es la exigencia de una “bolsa de viaje”, es decir, quienes dejan entrar no tienen la solvencia necesaria para la aduana, no obstante, esto no está establecido en ninguna normativa ni reglamento.

Ahí en medio de la nada, se enteró de boca en boca que había otra forma de ingresar. Les dijeron que probaran por Bolivia, que por ahí pasaban sí o sí. No había mucho que pensar, ya no tenían dinero suficiente para volver a Cali. Por suerte, no eran las únicas con el mismo problema, al final eran ocho colombianos, siete mujeres y un hombre, que aceptaron juntos el destino del rebote. Volvieron a tomar un bus a Tacna para darse la vuelta por Bolivia y entrar paso fronterizo Pisiga-Colchane.

Fotografía (referencial): Valentina Camilla

El complejo fronterizo de Colchane es uno de los cuatro pasos de la región de Tarapacá. Ubicado a 3.800 metros de altura, en pleno Altiplano, donde las temperaturas pueden alcanzar durante el día los treinta grados y en las noches estar bajo cero. El paso, que mide alrededor de 300 km, está en medio del desierto silencioso, inmenso y solitario. La vida ahí comienza un poco más allá, en la localidad que lleva su mismo nombre.

Llegaron a eso de las cinco de la tarde al poblado boliviano de Pisiga, no recuerda quien hizo el contacto con el coyote boliviano o si al parecer él andaba merodeando. Se llamaba Álvaro y estaba acostumbrado a pasar migrantes irregularmente por la frontera. Primero les cobró 110 dólares y luego los reunió junto con otros extranjeros en su casa para partir en la noche. El monto del cruce clandestino es variable, depende de cuantos quieran pasar y de cuantos coyotes estén disponibles, los valores van desde los 50 hasta los 600 dólares. Fanny cuenta que estuvieron casi un día entero ahí esperando que fuera la hora adecuada, recuerda que, en un lugar tan frío que calaba los huesos, pocos vestían la ropa apropiada. Pero no sólo la aridez del Altiplano era algo nuevo, sino que la altura también lo fue. Ese día fue la primera vez en su vida que ella se apunaba, pensó que moriría.

Fue en la profundidad y oscuridad del desierto que abandonaron la casa. La colombiana señala que cuando vio el camión blanco en el cual la esconderían comenzó a sentir mucho miedo, el que la acompañó junto con los 34 extranjeros durante toda la noche. El coyote los hizo recostarse de forma horizontal, unos sobre otros, en la parte trasera del camión. En su mayoría eran peruanos y bolivianos, pero no eran pocos los colombianos y dominicanos. Luego de acomodarlos a todos los tapó con un plástico que escasamente los dejaba respirar. Fueron horas las que pasaron así, cuerpo con cuerpo, por suerte el frío de la pampa ya no les podía hacer daño. Pese a que todos estaban sufriendo por la falta de aire, por no sentir sus brazos, ni sus piernas, igualmente surgió una suerte de compañerismo dentro del grupo “cuando se incomodaba uno, el otro lo dejaba acomodarse mejor”, señala la colombiana.

Según Fanny, se dio cuenta de que llegaron a la aduana cuando una intensa luz comenzó a atravesar el plástico que la ocultaba. Para ella el coyote boliviano “tenía su cuento” con la gente de la frontera, ya que cuando estaban ahí ella sintió que la tocaron, de hecho, llegó a pensar que la mandarían de vuelta a su país, pero no fue así, pasaron sin problemas. Sin embargo, un par de kilómetros más allá la Policía de Investigaciones (PDI) los detuvo. Ella y todos los migrantes que iban en el camión fueron trasladados a Iquique. La colombiana asegura que muertos de miedo los llevaron a una especie de comisaría donde la misma PDI les quitó “toitos” sus documentos, hasta los papeles de las vacunas.

El caso de Fanny es un caso típico afirman desde el Movimiento de Acción Migrante (MAM). Eduardo Cardoza, secretario ejecutivo de la organización, señala que “ella tuvo suerte (…) las experiencias de traslado de coyotes, sobre todo quienes cruzan migrantes desde Bolivia por Colchane, son nefastas. Les roban las pocas cosas que tienen, violan a las mujeres y abusan de las personas”.  Además, agrega que “en la actualidad, el hecho de que le quiten los papeles con los que vienen los migrantes es un delito. Los únicos documentos que puede retener la PDI son los de personas chilenas”.

Si la colombiana tenía miedo cuando cruzó la frontera, más temor sintió cuando le quitaron su identidad. Era una NN en un país que no conocía, por tanto, tenía que andar con cuidado, evitar cualquier contacto con carabineros, con la PDI. No sabía qué hacer sin su cédula nacional y sin pasaporte. Estuvo doce días desorientada en Iquique hasta que se dio cuenta que debía seguir con su viaje pasará lo que pasará.

Nosotros somos malos

Fanny está próxima a cumplir 58 años, edad que no representa. Su alegría de vivir y su desinhibida forma de ser confunde a cualquiera. Su piel oscura y firme también le quita más de un año de encima. Cuenta que cuando llegó era más voluptuosa y curvilínea, que Chile la tiene flaca porque la comida aquí es muy mala. Sin embargo, aún mantiene su figura colombiana, la que le gusta resaltar con pantalones ajustados y poleras escotadas.

El primer encuentro que tuvo con los chilenos fue cuando la PDI la detuvo tras el cruce. Estaba angustiada, tenía miedo y estos sujetos lo único que hacían era aumentar su temor. Las imágenes que trae a su memoria del arresto son de unos tipos altos y fuertes que estaban bien preparados para el frio. Recuerda que los agentes de la PDI les preguntaron a todos los migrantes con violencia “¿Qué que venían a hacer en Chile? ¿Qué querían?” y les afirmaron de la misma forma y en más de una ocasión que “nosotros los chilenos somos malos, muy malos”.

A este grupo de migrantes primero le negaron el paso y luego los detuvieron porque la ley en nuestro país permite que los funcionarios de la PDI sean quienes decidan en los controles fronterizos. La mayoría de las veces, dichas resoluciones son arbitrarias y eso sucede porque la normativa se los permite, específicamente el Decreto Ley 1.094 del de 1975. Es así como el Estado genera las condiciones ideales para que sucedan este tipo de cosas en la frontera, además de violar el derecho humano de migrar. No sólo se trata de cruces irregulares, como el caso de Fanny, sino que también hay trata de personas y tráfico.

La PDI le quitó a la colombiana absolutamente todos sus documentos. Lo mismo hicieron con Marisa, que por el contrario del resto de los migrantes, tenía residencia permanente al estar casada con un chileno. Fanny confiesa que no comprendía nada, ya que ella sólo venía a ver a su hermana. No obstante, el resto de los extranjeros que atravesaron Colchane “a la mala” venían por trabajo a Chile, lo que en su conjunto no le gustó nada a la PDI.

Luego de retenerles la documentación que traían les entregaron un papel y la instrucción de ir a firmar, si no los expulsarían y tendrían prohibido entrar durante 10 años. Fanny estaba tan asustada que nunca entendió esto, es más, perdió el papel. No sabe si fue porque le entró la desesperación o porque se sintió desorientada en un lugar desconocido. Ese documento que extravió la colombiana se le conoce como “la cartita” y en él consta la expulsión del migrante del país. Como Chile en realidad no tiene el dinero suficiente para deportarlos prefiere mantener a dichos extranjeros en el territorio. “Nada tiene sentido en cómo se está tratando la migración en este país”, afirma al respecto Víctor Hugo Lagos, abogado encargado del Programa Jurídico del Servicio Jesuita de Migrantes (SJM).

Este año Fanny logró cambiar su condición irregular, ahora tiene carnet y hasta un rut. Después tanto tiempo escondida por fin puede salir a la calle con tranquilidad, ya no le causa temor encontrarse con carabineros, se siente libre. Para que se le otorgara el derecho a recibir asilo, tuvo que cumplir con una serie de trámites. Ella asegura que “fue la misma presidenta quien me mandó la carta”. De acuerdo al DEM, lo ciudadanos colombianos son los principales solicitantes de asilo en Chile

Sus hijos aún esperan que vuelva a Cali, sus nietos también “abuelita véngase, que nosotros la queremos”, le dicen. No obstante, la colombiana no puede salir cuando quiere de aquí, para ello y por su condición de refugiada, necesita un permiso especial. Es tal la insistencia familiar que José mandó a su hermana menor a buscar a Fanny, pero Laura ya lleva un año esperándola y no pretende quedarse más. Ella ve que día a día la felicidad de su madre aumenta, de hecho, Fanny exige todas las semanas en su trabajo que le hagan un contrato para conseguir “la permanente” en nuestro país.

“A la tierra que fueses haz lo que vieses” 

Desde la casa de Fanny y Laura se ve todo Copiapó, hundida la ciudad entre medio de los cerros. Cuando llegó a la capital de la tercera región se decepcionó “a la tierra que fueses haz lo que vieses”, se dijo así misma. Ya había hecho todo lo posible para entrar a Chile así que no le quedaba más que resignarse. Sin embargo, le gustó la inmensidad de los cerros y su sequedad, la que comparó con las imágenes que había visto en televisión sobre Jerusalem “yo le decía a mi hermana: nosotros mirábamos esto cuando pasaban las películas en la semana santa”.

Mamá e hija viven en el #232 del pasaje Bogotá, en una de las tomas del cerro Juan Pablo de Copiapó. Fue en noviembre del año pasado que se enteraron que habían terrenos disponibles. Fanny estaba decida a adquirir uno, aunque fueran ilegales, pues estaba cansada de las malas experiencias viviendo en piezas o arrendando casas hacinadas con más compatriotas. Así que pagó 140 mil pesos por una piecita hecha de residuos y se instaló a vivir ahí junto con Laura.

Esta toma surgió al igual que otras espontáneamente en 2016, cuando un grupo de personas comenzó a distribuir terrenos en el cerro y trazarlos “equitativamente”. En la actualidad, viven ahí alrededor de mil personas, quienes en su mayoría son extranjeros. Tiene 15 pasajes y alrededor de 600 casas donde viven chilenos, peruanos, bolivianos, ecuatorianos, colombianos y dominicanos. Se trata de una de las tantas tomas de migrantes de Copiapó, a ella se le suman la Altos de Andacollo, la padre Negro, la Candelaria, la Ariztía y la Sergio Soto, todas dentro de la misma población: la Juan Pablo. Según la encuesta Encuesta Nacional de Campamentos (ENDC) el 5,9% de la población que vive en campamentos es extranjera, cuya procedencia preponderante es Colombia, Bolivia y Perú.

La vida en la toma está llena de falencias, los pobladores carecen de luz, de alcantarillado y de agua potable. Tampoco tienen transporte público, ni mucho menos calles pavimentadas. Fanny y Laura suben caminando el cerro cuando se niegan a pagarle los tres mil pesos extra al colectivero para que las lleve hasta arriba. Sobre las condiciones en las que viven los migrantes, la ENDC señala que el 75% de los hogares no cuenta con acceso a la red de agua potable, el 98% no se encuentra conectado al alcantarillado, y el 63% está colgado al cableado eléctrico. A pesar de ello, es una de las pocas tomas bien organizada en la ciudad, sus dirigentes han conseguido que la municipalidad les retire la basura  y les entregue agua dos veces a la semana.

Lo que comenzó como una pequeña pieza, ahora es una casa con comedor, cocina y dos piezas. Todo está precariamente construido con planchas de madera, el suelo es de hormigón y el techo de calamina. La próxima inversión de la colombiana será hacerle un cielo que la aísle un poco más del frío desértico y colgarse de la luz.  No obstante, la pobreza, a Fanny le gusta Chile.

Ahora la colombiana quiere la residencia permanente, la razón es la seguridad y la tranquilidad que le brinda el país. De acuerdo al estudio del Centro Nacional de Estudios Migratorios de la Universidad de Talca, el ámbito que los extranjeros más destacan de residir en Chile son la tranquilidad, el orden y la seguridad. Fanny cuenta que Cali es muy peligroso, que en más de una ocasión tuvo que defenderse, que allá matan gente. Las drogas, la pobreza y los conflictos internos han acrecentado el mal vivir de su país. Sus compatriotas y vecinos de la toma también señalan lo mismo, sin embargo, Laura es la única que quiere volver, aunque no se lleve a su madre.

Fanny es una ciudadana colombiana que vive en Chile hace ya cuatro años. Entró clandestinamente y en la actualidad vive en condiciones precarias, pero dice estar feliz. Los 411 mil extranjeros que están en Chile son la oportunidad de dar un paso más allá hacia la inclusión, son la oportunidad de enriquecer al país, por el valor cultural y humano que representan. Por casos como este es que necesitamos una nueva Ley de Migración que tenga una perspectiva de derechos humanos y que reconozca la diversidad cultural como consecuencia del flujo de personas. Entender al migrante como hermano latinoamericano.

Fanny, hermana, bienvenida a Chile.

Revista Bello Público