En memoria de la diva silenciada

En memoria de la diva silenciada

Por Dennis Orlando Escobar Galicia

Fue un 4 de agosto de 1962, en Hollywood, cuando «/la hallaron muerta/ /en su cama con la mano en el teléfono/ /Y los detectives no supieron/ /a quien iba a llamar/ /Fue/ /como alguien que ha marcado/ /el número de la única voz amiga/ /y oye tan solo la voz de un disco/ /que dice: WRONG NUMBER/» (Ernesto Cardenal).

Quien escribe esto ni siquiera había nacido y ya ella triunfaba y deslumbraba al mundo. La vio por primera vez cuando, siendo niño, la encontró en unas revistas que su padre guardaba celosamente en una de sus valijas. La observó como un ángel: candorosa, sonriente y sin nada feo que ocultar. Años después, ya de adolescente, la reconoció en las películas «Con faldas a lo loco» y en «La tentación vive arriba» y no pudo impedir que su respiración se excitara y que su mano se deslizara bajo los pantalones. Mucho tiempo después, en México, asistió a un club de fans y ahí rodeado de extensa documentación se adentró en la vida y obra de la fulgurante actriz que obsesionó hasta a personajes como el escritor guatemalteco Luis de Lión.

Cuando ella nació en los Ángeles (¿Sería coincidencia?), el 1 de julio de 1926, ya muchas luminarias descollaban en el mundo de la farándula cinematográfica y cerraban filas para que nadie más ingresara, mucho menos una pobre huerfanita que se las había pasado de orfanato en orfanato. Pero ella, no obstante sus desgracias, comparadas a las que hoy sufren muchas niñas de la calle, se yergue sobre su despampanante metro sesenta y cinco e ingresa a la 20 th Century-Fox y se convierte en rutilante estrella de cine.

Quienes consideran que la diva no aportó nada bueno al cine y se limitó a ser una peliteñida de caderas oscilantes, sex-simbol, están totalmente equivocados. La miopía del desliz es producto del ninguneo y la invisibilización que la mafia hollywoodense, apoyada por la CIA y el FBI, quiso hacer de la rubia talentosa que sedujo a los máximos dirigentes del imperialismo norteamericano de ese entonces: los hermanos Kennedy.

Norma Jean (o Baker) fue la actriz más taquillera en los años 50 del siglo pasado en los Estados Unidos. Además fue galardonada con el Globo de Oro a la mejor actriz de comedia por la prensa de Hollywood; en 1959 le otorgaron el David di Donatello, el equivalente italiano a los óscares norteamericanos; y los franceses le concedieron su L´ Etoile de Cristal, el máximo galardón que se le puede conceder a una artista del cine.

Ella, la que también cultivaba la poesía en sus momentos depresivos, compartió cartelera con grandes figuras del cine como Clark Gable, Jack Lemmon, Bette Davis, Laurence Oliver, los hermanos Marx, Mickey Rooney, Claudette Colbert, Barbara Stanwyck, Cary Grandt, Robert Mitchum, Dean Martin, Mongomery Clift.

Esa mujer, que sabía mover las caderas de una manera increíble, abrir la boca como ninguna, escribir poemas y leer autores de gran contenido, rivalizó con estrellas como Elizabeth Taylor y Sofia Loren. Esa misma diva que se tuteó con intelectuales de la talla de Ernest Hemingway, Truman Capote y Arthur Miller (uno de sus maridos), fue estrella protagónica de películas como «La jungla de asfalto», «Eva al desnudo», «Falsa juventud», «Niágara», «Luces de candilejas», «Río sin retorno», «Vidas rebeldes» (este fue el último filme que interpretó Clark Gable, falleció doce días después de finalizar el rodaje).

Esa huerfanita violada a los nueve años y empleada de tienda que a los dieciséis se quiso matar, soñó ser estrella de cine y lo logró.

Pero…como una golondrina no hace verano, le fue imposible tan solo rozar los gruesos nudos del cerco de la industria ideológica del más arrogante de los imperios. Y como sabía mucho, pues los seducidos amantes eran de mucha importancia en secretos de Estado de una nación poderosa y guardiana del mundo, fue silenciada y después ninguneada por la misma industria del espectáculo que se hizo millonaria a costa de la «rubia tonta», «la vampiresa», así calificada por ellos.

«/Señor/ /quienquiera que haya sido el que ella/ /iba a llamar y no llamó/ (…) /¡contesta tú/ /el teléfono!/» (Ernesto Cardenal).

SEÑOR, escucha mi ruego: ¡No te olvides de Marilyn Monroe.

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