Elogio de las putas

Elogio de las putas

Por Sergio Ocampo Madrid

Un montón de lecciones le dejaron al país Fidelia, Leidy, Ana María, Lina y Carolina en su visita al Congreso el jueves pasado. Así lo contó Jorge Meléndez, de El Tiempo, en su crónica sobre la presencia de estas cinco trabajadoras sexuales en la comisión Primera de la Cámara, para una audiencia en la que se escucharían opiniones de cómo debería regularse esta actividad.

Las cinco, en representación de Sintrasexco (Sindicato de Trabajadores Sexuales), se lo tomaron muy en serio, y dos de ellas dejaron de laborar ese día para acudir a la cita. En últimas, la cosa tenía que ver con sus derechos y con el trabajo del cual dependen ellas y los suyos. Y vino la primera lección: ¿cuántos colombianos se han interesado alguna vez en acudir a una audiencia de estas (son públicas y cualquiera que se inscriba puede hablar), cuando se discuten cosas sobre su salud, su educación, su medio ambiente, su niñez, su economía?

La convocatoria era a las 8, y obviamente la reunión no comenzó a esa hora, pero las cinco estuvieron allí faltando quince para las 8. Esa puntualidad es algo que no muestra la enorme mayoría de nuestros honorables padres de la patria, cuando nos hacen el favor de ir a las sesiones. Segunda lección.

Llegó el turno de intervenir para Fidelia y empezó por aclarar que no estaban ahí buscando comprensión ni suscitando lástimas, que eran autónomas, mayores de edad, y que detestaban ser tratadas como víctimas, solo por el trabajo que ejercían. Tercera lección, de dignidad, en un país, en un mundo, en un modelo de sociedad falocrática que las busca, las utiliza, las convierte en mercancía, y de modo simultáneo las esconde, las segrega y las repudia; cuando no las violenta y las agrede.

En algún momento, luego de varias intervenciones indulgentes, compasivas, condescendientes, por cuenta de otros participantes, las cinco se levantaron de sus puestos en silencio y se fueron. “No vinimos a escuchar lo que opinan de nosotras. Buscamos seguridad social; protección de riesgos laborales, mejores condiciones de trabajo”, afirmaron en un corredor mientras se iban, según la nota de Meléndez. Cuarta lección para todas esas organizaciones sindicales y sociales que equiparan desacuerdo y protesta con estridencia, gritos, agresión, vidrios rotos y muros cubiertos de aerosol.

Me quedé pensando en Fidelia, en Lina, en Leidy, en Carolina, en Ana María y comprendí, mejor que nunca, por qué en estos supuestos tiempos de revisiones sobre falsos paradigmas, como la virginidad en el plano de virtud, o de mitos milenarios y atroces como que la honradez se mide del ombligo para arriba y la honestidad, del ombligo para abajo; de repensar lo femenino y dejar de hostilizarlo y excluirlo (en hombres y mujeres); de correcciones históricas con las mal llamadas “minorías”; en esta era en la que ya no soportamos más dobles discursos sobre equidad y sobre género; en que muchos sacamos la lujuria de los siete pecados capitales, e incluimos la guerra o el robo a los dineros del erario, o la destrucción de la naturaleza; en estos años en los que por fortuna ya una mujer no busca “realizarse”, porque se dio cuenta de que siempre fue real; en estos tiempos hay que resignificar de modo urgente la palabra “puta”.

Lo primero es poder pronunciarla sin el recato y el tono menor que siempre se exigió. Lo siguiente, es poderla poner en masculino, y en eso, la anacrónica y pudibunda Real Academia de la Lengua sorprende cuando al consultarla ya no aparece el esperado “mujer de la vida fácil”, o “mujer pública” sino que dice simplemente “prostituto”.

Esta nunca fue la profesión más antigua del mundo, porque antes de ella estuvo siempre la maternidad, como condena pero también como convicción. E inclusive, yo creo que más antiguo que cualquiera es el oficio de la guerra.

No puede ser que el peor insulto o el desprecio máximo sea decir “hijo de puta”. No es justo con los hijos; no es justo con las putas. No puede ser que una mujer con una sexualidad libre y sana, autónoma para decidir con quién se acuesta, deseosa de experimentar y de sentir, sea llamada puta, cuando la misma actitud en el hombre es elogiada y le vale el apelativo de “playboy”.

Ahora bien, no creo que la prostitución sea una profesión deseable en sí misma, pero no por las consideraciones sociales ni morales. Bíblicas, menos. La veo como un oficio de altos riesgos; de muchas situaciones insoportables, bastante más de las que tanta gente tiene que hacer por dinero en sus trabajos; seguramente muy desagradable en la mayoría de ocasiones, pero ser minero también, y de ellos se ha hecho toda una epopeya.

Sí, la prostitución es degradante; sí, es orillera; sí, es triste, pero porque a ella llegan hombres y mujeres, la mayoría de veces, como una opción final, sin elección, en un mundo que se construyó fatalmente sobre una despiadada economía de mercado y una feroz represión e ignorancia sexual. Ese es el verdadero drama.

Por todo eso, solo puedo sentir un enorme y sincero respeto por Leidy, Carolina, Lina, Ana María y Fidelia.

El Espectador