Cuenta final, un cuento de Poli Délano

Cuenta final, un cuento de Poli Délano

Por Poli Délano F.

Aquella noche de un septiembre sin lluvia, pero sumamente septiembre, algo fría y con el viento haciendo zumbar los cables eléctricos como si fueran violines desafinados, la gringa Wif coqueteó con cada uno de los hombres que se dedicaban a bailar, fumar yerba y tomar cubas o vino. Pero el infeliz que tuvo que pagar la cuenta final, los platos rotos, como dicen, fui precisamente yo.

Cuando llegué a la fiesta –solo como perro sarnoso, porque mi Chica me había mandado a freír monos-, la Wif estaba sentada en un sofá entre Manólopez y el profesor Ruddex, con el torso muy erecto, compuesta, los brazos cruzados como si prefiriera ocultar ese par de pechos con que la naturaleza la había premiado para retar a los hombres. Hacía preguntas y miraba sonriente el entorno. Parecía una

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diosa. Advertí que en el momento en que llegaron Ricardo y la Eli, su mujer, le puso al profesor Ruddex una mano en la rodilla, muy tranquila, como si nada, y le preguntó quién era el recién llegado.

-Here comes this beautiful man Ricardo- dijo otra gringa, la esposa del poeta Miller, que ya andaba en bailes con la negrita Pamela, su mano cayendo un poco más debajo de la cintura. A Manólopez le encantaban los gringos, siempre lograba que en sus fiestas hubiera más de alguno.

Ricardo, un tipo moreno, confeccionado como para constituirse en estampa emblemática del latin lover, saludó a todos uno por uno, y cuando le tocó el turno a Wif, al pasarle la mano, aprovechó para darle un jaloncito e invitarla a bailar. Al levantarse, la gringa pareció como si se estuviera desenrollando, igual que cuando las cobras se salen poco a poco del canasto al ritmo de las notas de una flauta. Era unos treinta centímetros más alta que Richard the beautiful y él, a todas luces, se sintió un tanto ridículo mientras daba los primeros pasos de Strangers in the night, pero tuvo la dignidad de seguir adelante sin apoyar la cabeza en los pechos de Wif, que es donde le llegaba, porque ahí, de seguro, la Eli habría tenido que pedirle explicaciones. Yo miré a Finger insinuando una risita y él respondió con los ojos, como diciendo “pobre Richard, en la que se fue a meter”.

Di una vuelta por el comedor y el living de la casa observando las paredes. Había una acuarela bastante bonita, una marina sureña. También una reproducción de “Mujer en blanco”, que me gusta mucho, antes de que Picasso se enredara en los líos del cubismo. Me detuve frente a una estantería ocupada por libros y algunos objetos

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ornamentales. Buenas cosas, me pareció: antologías poéticas, obras de Blest Gana y de Sartre, cacharritos incas, móviles de la modernidad, un pequeño busto de Mao. Después de esta excursión, me acerqué al mesón del fondo, serví una buena dosis de ron blanco en el vaso y le escancié –como se dice en algunas novelas españolas- cocacola, la mierda imperialista. Como se había terminado el hielo, me dirigí vaso en mano a la cocina.

Primero escuché la voz del profesor Ruddex diciendo en inglés “estoy casi listo”, y acto seguido a la gringa Wif responder “¿de veras?”, mientras le daba a Ruddex un agarrón certero en pleno paquete, asegurándose de que eso fuera cierto, “Oh, sí, parece que sí”, exclamó con cierta dosis de entusiasmo. Me retiré discretamente, sin el hielo, resignado a tomarme la cuba como si fuera un consomé.

Me senté en un pouff oriental y debo haber pasado un buen rato pensando en la inmortalidad del cangrejo, porque de pronto, como si despertara de un sueño imperceptible, advertí que la iluminación se había debilitado -estábamos a media luz-, que la esposa del poeta Miller le hacía guiños a Richard the beautiful, y que el propio gringo se escabullía escaleras arriba de la mano con la negrita.

-Dame una pitada –le ordené a Finger, que haciéndose el huevón se premiaba solo con un pito de yerba. Digo “le ordené” en lugar de “le pedí” debido a que yo a Finger le daba órdenes en lugar de pedirle favores. Era una especie de sirviente que bailaba al son de mi ritmo, un niño grande siempre dispuesto a complacer para que no lo castigaran, y conmigo practicaba bien sus lecciones, hacía ensayos generales de cómo comportarse en sociedad. Me pasó el pito y llené de humo y dicha

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mis entrañas. En ese momento podría haber lanzado al aire bendiciones y versos en nombre del Maligno, pero cuando de pronto, como un golpe a mansalva, se me atravesó en el recuerdo la imagen de mi Chica Janet, me saltó el corazón y sentí que también podría gritar a todo pulmón una sarta de maldiciones en nombre del Espíritu Santo, maricona Janet que me había dado calabazas tan sólo por el entusiasmo con que le hablé de la revolución cubana, una revolución en español, le dije, y no en ruso o en chino. Que yo no tenía ni auto para ir a dejarla a su casa, me sentenció, que ella iba a titularse de arquitecta, a construir casas, a viajar, mientras que yo hacía pender mi destino de una guitarrita y una voz que, por lo demás, no le parecía demasiado buena, que me pusiera las pilas –gritaba-, ella no estaba para irse de jipi a alguna estúpida granja a criar gallinas y cultivar betarragas, que se fuera a la cresta el Che Guevara; y se mandó al buche de un paraguazo las mil y una noches sublimes que habíamos pasado juntos, y esos fines de semana en que me tocó cantar en Valparaíso y nos largábamos de vagancia entre marisco y marisco. Y entonces como que no quise estar vivo, quise salir de mi cuerpo, escapar de este mundo, felicitar con toda mi alma a personajes como la lujuria, la envidia, la avaricia, a cada uno de los vicios, largarme a recorrer las geografías con el señor del Mal de la manito, cagarme en la indiferencia ¡y que reventara el sol! En esas lúdicas regiones andaba mi espíritu cuando la gringa Wif salió de la cocina un poco despeinada y recuperó su antiguo asiento.

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-Cuéntame cómo los entrenan en la CIA -le dije, acercándome con el pouff -. Me miró como si esa pregunta ya estuviera cansada de responderla, me pidió el pito y aspiró.

-Los cuerpos de paz no tienen nada que ver con la CIA –dijo después de vaciar sus pulmones-. Nosotros venimos a colaborar.

-¿Y Miller?
-Él tiene una beca.
-¿De la CIA?
-No, tonto, la CIA no da becas. De la Fundación Fullbright, una

institución benefactora.
-Ah, ya, una institución benefactora.
-Baila conmigo, baby, y deja las preguntas para mañana,

¿quieres?
Me arrastró a la sala y nos mandamos un numerito con I ́ll be

there, un himno de nuestra época.

-Yo estaré ahí -dije, sintiéndome dueño del idioma inglés. -No, baby: I ́ll be there significa “cuenta conmigo”. -¿Que cuente contigo?
-I ́ll be there –respondió con una risita.

Yo era bastante más alto que Richard, de manera que Wif no me quedaba tan grande, aunque de todas maneras me llevaba algunos centímetros. Sentí rico y cálido el contacto de su cuerpo, la presión de sus pechos, el aliento en mi oreja. Ella lo notó.

-¿Te gusta el profesor Ruddex? –pregunté.

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-No –dijo-. Me gusta Manólopez-. Le entreabrí un poco las piernas con mi rodilla y ella suspiró-. ¿Pero sabes quién es el que más me gusta, baby?… Adivina… El que más me gusta de todos es el que está bailando conmigo-. Se me apegó un poco más-. ¿No podríamos ir a otra parte?

-¿A otra parte? -pensé. Eran las once de la noche y estábamos en La Florida, casi a las afueras de Santiago.

-¿A otra parte? –dije como un estúpido.

-No sé, piensa tú, que conoces más. Quizás puede ser el piso de arriba, o tu departamento, usa la imaginación.

La gringa estaba caliente, y me dije muy a lo mero macho que si no era conmigo, ¿tons con quién? Y si no era ahora, ¿entonces cuándo?… La imaginación… ¡El prehistórico cacharro de Finger! Para eso me alcanzó la imaginación, un Ford de los años 30, de ésos más cuadrados que un baúl, pero que todavía parecía capaz de subir el Cerro San Cristóbal, ahí estaba la cosa. Terminaba el disco y seguimos abrazados, la gringa y yo.

-Déjamelo a mí –le dije-. Ponte tu chaquetón y acércate a la puerta porque vamos a salir.

Finger le había pasado el pito a Manólopez y parecía como volando. Me acerqué.

-Pásame las llaves del auto –le dije autoritario. Pareció desconcertarse, ya que yo sólo había manejado su automóvil con él arriba, pero nunca se lo había pedido.

-¿Las llaves del auto?

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-¿Las llaves del auto? –arremedé con voz de vieja, como en el chiste ése de “¿maestro, seré yo?”. Pásamelas, huevón, que me está esperando la gringa Wif…

…… ……

-¿Dónde me llevas? –preguntó Wif-. ¿Conoces algún motel por aquí?

La noche se mostraba especialmente oscura y los focos de la porquería que me había pasado Finger no eran ejemplo de potencia, de manera que avanzábamos despacio rumbo al sur, me figuro que por la angosta carretera que engarza los pueblitos del Cajón del Maipo. La verdad es que yo no conocía ningún motel, ni ahí ni en ninguna otra parte, pero preferí que la gringa se sintiera cómoda y segura. Nuestro motel iba a ser la parte de atrás del cacharro, que al menos era generoso de espacio, sin las estrecheces del mundo moderno. -Sí –le dije con un cinismo que sólo me pudieron generar las pitadas de mariguana-. Un poco más allá, cerca de Las Vizcachas, hay un motel muy bueno, con habitaciones de distintos estilos, la romana, la egipcia, la cavernaria, la sadomasoquista; le estaba describiendo el Hotel Valdivia, de pleno Santiago, que yo tampoco conocía sino de oídas. Me había convertido en campeón mundial de la mentira-. Y sirven

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traguitos, bocadillos de caviar –seguí-, completamente lanzado-, y nos podemos quedar hasta mañana, que se joda Finger.

-No –dijo la gringa, tragándose las palabras como si le hubiera dado un susto-, tenemos que volver, porque Harry me va a ir a buscar a la fiesta.

-¿Harry? ¿Quién es Harry?

-Es mi chico, pololo, como dicen ustedes, también pertenece a los Peace Corps.

Vi que un poco más adelante a mano izquierda, un camino rural se internaba en un macizo de árboles cuya sombra se insinuaba por la reciente aparición de una cómplice lunita menguante. Una flecha indicaba que se podía entrar, de modo que doblé. Un letrero escrito a mano sobre una tabla decía “Las parcelas”.

-Por aquí es –le dije.
-¿El motel?
-El motel: un poco más adelante.
-Pero no se ven luces, no se ve nada.
En eso Wif tenía mucha razón: no se veía nada.
-Tienes razón –admití-, no hay luces; tal vez me equivoqué, doblé

antes-. Estábamos en pleno campo y habíamos llegado a los árboles. Apenas vi la posibilidad, me salí del camino, detuve la cafetera, apagué motor y luces.

-Está frío aquí –dijo Wif-. Entonces la abracé, mis labios buscaron los suyos y ambos les permitimos a nuestras manos toda la libertad del caso.

-Cambiémonos para atrás –dije en una tregua.

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-Sí –dijo ella con mansedumbre.

En el asiento trasero, las cosas no se mostraron fáciles. Aunque el asiento era blando y de una sola pieza, la estatura de la gringa no resultaba un factor demasiado cómodo: por un extremo le sobraba cabeza y por el otro piernas, y la corriente fría que circuló con las dos puertas abiertas, nos anduvo medio empalando, después de que ambos nos sacamos los jeans y tratamos de ensamblar nuestros cuerpos para cumplir con el objetivo que nos había llevado hasta allí.

-Oh, no –dijo la gringa varias veces mientras yo le lamía el ombligo-, oh, no… Esto es ridículo-, y se cambiaba de posición para facilitar los trabajos, que con cada cambio se complicaban más, hasta que el frío, la incomodidad, los nervios, desembocaron en plena fatalidad y mis energías se desinflaron como un globo.

-Se siente rico –dijo Wif cuando mis labios empezaron a reptar como orugas hacia abajo-, pero vámonos mejor, tengo mucho frío-. Y sentí que su cuerpo tiritaba. Hicimos el camino de regreso en completo silencio y antes de llegar a la casa, ella me puso una mano en la rodilla, sin decir nada, como asegurando que no había razones para que me sintiera mal.

…….. ……..

Desde el mesón del fondo, las botellas se erguían vacías, y tuve que calentarme un café para aliviar los tiritones, que persistían.

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Manólopez bailaba con Finger ese bolero de “Sombras nada más”; el profesor Ruddex se había marchado; el negro Richard the beautiful y Miller discutían sobre la CIA, Cuba, el asesinato de Kennedy y la ruptura chino – soviética. Los chilenos no necesitábamos que esa tropa de muchachos vinieran a ayudarnos y enseñarnos cómo hacer las cosas, decía Richard. Y el gringo replicaba que esos muchachos colaboraban en las siembras y las cosechas, en las poblaciones, la construcción, hacían muy buena labor y además evitaban así que los enviaran a combatir a Vietnam. Al presidente lo había matado el enemigo interno, los conservadores, los hijos del Klan y no los agentes de Moscú; China era el despertar de un gigante dormido, el Ché Guevara quería contagiar de revolución a todo el continente americano, y era preciso cambiar las condiciones de vida para que esto no resultara necesario, por esa razón estaban aquí los muchachos. La negrita Pamela se había dormido despaturrada en un sillón. Me acerqué a Finger.

-Aquí están las llaves –dije, echándoselas en el bolsillo del vestón, sin siquiera dar las gracias.

-¿Te fue bien? –preguntó en un susurro cómplice.
-Sí –dije.
De pronto esa condición casi estática de la fiesta se vio

estremecida por los estertores selváticos de una moto, seguidos de dos timbrazos fuertes.

-Debe ser Harry –dijo Wif dirigiéndose desganadamente a la puerta.

Era Harry.
-Hey, amigos, él es Harry. Harry, éstos son mis amigos.

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Melena castaño – clara hasta los hombros , pantalón y casaca de cuero negro. Buena estatura para la gringa. Fuerte. Pensé que si hubiera querido disputarle a su novia por la violencia, me habría ido cortado como un volantín de septiembre.

Bailaron los pololos y ella de pronto pareció ponerse feliz, ¿qué se estarían diciendo? Él reía mientras ella le explicaba algo, después reía ella y él la miraba fijo. Ricardo se levantó y le dijo a Eli que era hora de partir. Finger y Manólopez ya no bailaban. Miller miraba con avidez a la negrita, que había vuelto a la vida con los timbrazos. Wif se me acercó.

-¿Un último baile, por favor?

En la mitad de All the way me lo explicó. Harry y ella deseaban pasar la noche juntos. Qué bien, qué bien, dije, que la pasaran, ¿cuál era el problema? Para eso pololeaban, verdad… El problema era que cada uno estaba albergado en una distinta casa de familia… Y eso no era problema, por algo existía el Hotel Valdivia, con distintos tipos de habitaciones, igual que el motel que no pudimos encontrar, aseguré.

-Ah, sí –dijo languideciendo-, el Valdivia. Alguna noche tienes que llevarme tú, para continuar lo de hoy. Pero lo que pasa es que Harry y yo estamos sin dinero, quiero pedirte un favor…

-If somebody loves you, it ́s no good unless he loves you all the way –cantó Sinatra-. ¿Dinero? No creo que tenga.

-Algo debes tener, chico malo.
-No, no tengo.
-¿Y cómo pensabas pagar ese motel que no encontramos? Por

favor…

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Me sentí atrapado y al mismo tiempo se me partió el alma. Tenía razón la puta gringa. Pero como la verdad es que yo no tenía dinero, después del baile llamé a Manólopez y le pedí un préstamo, diez mil, en tres o cuatro días le pagaba, total nos veíamos cada semana por lo menos un par de veces. ¡Era lo último! En ese momento podrían haberme colocado con justa razón la corona de campeón universal de los huevones, y yo obligado a sonreír agradecido. Pero no había escapatoria.

Me acerqué a Wif, con el billete bien dobladito en mi mano empuñada.

-Un gusto haberte conocido –le dije estampándole un beso frígido en la mejilla y tomándole con disimulo la mano para depositar en ella los diez mil. A ti también Harry, que tengan una buena noche, no corras mucho en esa moto, eh, se pueden sacar la cresta.

Todos fueron partiendo y yo me acerqué a Finger con cierto grado de desolación que me rapaba el alma.

-Llévame a mi casa –le dije, autoritario. ***


“Cuenta final”, de Poli Délano fue publicado en el libro Hermosas bestias salvajes, Mago Editores, Santiago de Chile, 2012.

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