Claribel Alegría: “La poesía me quitó odios”

Claribel Alegría (Estelí, Nicaragua, 1924) lleva más de 70 años de militancia en los poemas. Publicó su primer libro en 1948, Anillo de silencio, con sus textos seleccionados y ordenados por Juan Ramón Jiménez, que hizo de Ezra Pound para una joven que mostraba una pulsión incombustible en la poesía.

Aquel encuentro con el autor de Dios deseado y deseante, durante el exilio de éste, tuvo algo de revelación en aquel comienzo de los comienzos. “En Juan Ramón y en su mujer, Zenobia, encontré a unos segundos padres”, dice desde su casa de Managua la poeta. El día de ayer fue de sobresalto. A las cinco de la madrugada sonó el teléfono de casa. Lo cogió su enfermera. Le dieron la noticia de la concesión del Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana, convocado por la Universidad de Salamanca y el Patrimonio Nacional de España y dotado con 42.000 euros. Esperó hasta que sonaron las seis en el reloj del salón para decírselo a Claribel Alegría. “Imagine mi cansancio. No he dormido casi nada. Estoy muy ilusionada. Es un premio muy importante en todo el ámbito iberoamericano, qué puedo yo decir”. Tiene 93 años y conserva intacto el furor por la palabra y la fe en la poesía.

El último de sus libros apareció en España hace unos pocos meses. Lo publicó la editorial Visor: Amor sin fin. Versos cortos. Algunos de sólo una palabra. Con la cadencia de su escritura y esa condensación que deja el vaho de la vida aprendida. De este largo poema dijo la poeta y narradora nicaragüense Gioconda Belli que “es el poema más profundo y misterioso de Claribel Alegría. En precisos versos cortos, como piedras para saltar sobre el río donde Carón maneja su barca, Claribel convoca y se confronta con su amor siempre vivo. Su imaginación, a ratos alucinante, evoca un Dante femenino y tropical. Intuitiva y sin miedo a nombrar lo que su psiquis le susurra, ella inicia su recorrido en el umbral de la propia finitud. Aunque baja al abismo, su vitalidad encuentra en las palabras, pegasos y mandalas la sabiduría para comprender que no es su hora aún y que debe emprender el retorno”.

La vida de Claribel Alegría es también un nudo de viajes desde la infancia. Se crió en El Salvador, de donde era su madre. Allí, a los ocho años, fue testigo de la cruel campaña de asesinato contra más de 30.000 campesinos e indígenas. Aquello le dejó por dentro un frío que aún no se desaloja. Pasó media vida en EEUU, donde ejerció la docencia. Y otros 15 años en España. “A la poesía le debo todo. También a las traducciones y a los ensayos. La literatura me ha enseñado a entender mi vida y me ha permitido desprenderme de los odios que creía que no podría quitarme. Además, es una forma con los otros”.

Ella está considerada uno de los referentes de la poesía latinoamericana del último medio siglo. El amor ha sido uno de los espacios de reflexión de su escritura. “Porque el amor lo empuja todo. Lo alumbra todo. Lo impone todo. Lo olvida todo”, sostiene. La suya es una obra de condición minimalista, pero de una sencillez que rompe todas las costuras de la contención. Lo celebratorio y lo trágico colisionan en una misma voz. “Al fin y al cabo, la mejor definición de la poesía creo que la dejó fijada el extraordinario poeta portugués Fernando Pessoa cuando dijo aquello de que la poesía es una manera de estar solo”. Pero no ha dejado a un lado la realidad colectiva de sus países (Nicaragüa y El Salvador). “Podría definir mi estancia en la poesía de un modo sencillo”, dice. “El descubrimiento del amor, mis desencantos, mis obsesiones (la liberación de nuestros pueblos, por ejemplo), el exilio y, finalmente mi encuentro con la vejez y la presencia inexorable de la muerte”. Exactamente una vida.

El Mundo (2017)
Categories: Cultura, Nicaragua, Reseña