Caupolicán (o la virilidad empalada del alma araucana)

Caupolicán  (o la virilidad empalada del alma araucana)

Autor: Pedro Lemebel

Despelucada por la historia, la leyenda del toqui pareciera confundirse en el ramaje difuso de una Biblia patria, de una bitácora testimonial donde impuso su verdad el puño del alfabeto castizo. Entonces, relatar un nombre o desterrar a un personaje autenticado a medias, relatado a la distancia por la crónica oportunista del lego español, supone articular esa distancia y relativizar las versiones que han hecho de su existencia un mito, una fugaz presencia entre el humo, los alaridos y la espesa vegetación donde se dió la Guerra de Arauco. Supone quizás, dudar de las estampas literarias que sólo lo autentican por su valentía y arrojo “cabalgando de capa roja en el potro blanco de Pedro de Valdivia, con la ropa interior del conquistador en la punta de la lanza, aseguraba que él le había dado muerte” al centauro de lata y por eso las prendas íntimas de Peyuco eran su botín con olor a pata, peo, poto y verijas del extranjero; relata Encina, sugiriendo algo más que la relación de conquistador a conquistado. Tal vez, reiterando el cuento de dioses blancos vestidos de sedas, cueros y metales que deslumbraron al rotoso pueblo araucano.

Es difícil hacer una crónica de este personaje sin contaminarse de la imprecisa narrativa que corre sobre Caupolicán, la suma de supuestos, imposibles de verificar, o la vocería popular del chisme donde se reconstruyen cientos de caupolicanes que orillan la caricatura, el drama o el chiste. Y en último caso, el sospechosos argumento que cuenta Ercilla, el autor de “La Araucana”, el Poema de Chile, que metaforiza empalagosamente la bravura y el ingenio viril del pueblo mapuche. Pero el lírico Alonso solo estuvo de paso por estos peladeros, tiempo insuficiente para bordar su admirado tapíz épico en que se fundamentaban casi todas las versiones oficiales que historizan la derrota de un pueblo arrasado por la conquista. Y pareciera que esta poética reconstrucción de la masacre fuera el mejor argumento europeo para mirar literariamente la historia. Pareciera que la historia que se enseña en los colegios acentuara el hilado estético que suaviza los hechos y ponderara como en un cómic didáctico, “la gallardía, y la masculinidad tan recia y reacia del alma araucana” (Ercilla).

Actualmente, es difícil imaginar al toqui guerrero sin estropear su nublado perfil con las alabanzas de los cronistas de la Conquista que redoblan su propio narciso al ponderar mariconamente la hombría mapuche. Según Encina: “La sicología reciamente varonil, movió al araucano a admirar a los soldados españoles que sobresalían por su intrepidez y empuje”. Con estas citas se podrá escribir una versión gay de la Historia de Chile, digo gay porque me refiero a esa homosexualidad que se da entre machos: el gallito, ese juego tan popular que traviste en ejrcicio de fuerza la excusa para cogerse las manos (E. Muñoz). Pero este baile del guapo a guapo, tangueando la conquista y que nos enseñaron en el colegio, escribe solamente un tratado hombruno de la historia, un espejo de machos obcecados rivalizando un territorio, peleando la administración del mapa americano. Un territorio como una cancha de fútbol o chueca donde la mujer mapuche sólo aparece mencionada en saqueos y violaciones o en la cruza mestiza del urgimiento boludo del fauno español.

Quizás resulta complejo adentrarse documentadamente en el triste relato de Caupolicán, alabado por los laureles maruchos de Ercilla, y por lo mismo, castigado por la caricatura del empalamiento que lo atraviesa enculado por la pica del coño en la violencia del tormento que todos conocemos. Tal vez, es irónico pensar que por este castigo los vientos orales lo recuperan y lo transforman en una versión de San Sebastián chileno sodomizado por terquedad. “Están tan emperrados con este mal indio de Caupolicán, que otro día envió a decirme que, aunque fuese con tres indios, me había de matar; y aun desafiándome en forma como si fuera hombre de gran punto”. (Carta al rey por García Hurtado de Mendoza). Tal vez, cualquier suplicio, común en esos días, no hubiera bastado para trasladar la epopeya del toqui hasta nuestro tiempo. Y tuvo que ser el empalamiento, el cuento morboso que lo traslada humillado en lo más íntimo. En lo más resguardado del macho, la gruta anal donde sintió hondo la pica rajándole el orto, la entraña y la intestina. Sin exclamar ni un ay, sin decir agua va, sin mover un músculo, el valiente indio soportó el suplicio. Se dice, se cree. Y pareciera que de este calvario sin llanto, se valen los cronistas y frailes copuchentos, para ensalzar la caradura del indio… o mejor dicho, su rajadura.

Puede ser peligroso componer una estampa del héroe de Millarahue, el generalísimo Caupolicán, luego de tanta leyenda sobre una minoría étnica que no le dio entrevistas a la historia. Y que con respecto al gran toqui, su popular y conocido retrato, la escultura que está en el cerro Santa Lucia, fue una copia de un souvenir vendido en París y que en ese entonces representaba al último mohicano. Así, si no existe una versión mapuche de su propia historia, y solo la oralidad de su lengua lo guarda y encapulla con el celo de su atávico secreto, ¿desde dónde extraer su autoría? ¿Desde qué memoria se podría reafirmar o desmitificar la cárcel extrema sobre la virilidad semental que acuña el escrito castellano? ¿Desde qué retazo, mestizado por cierto, habría que nombrarlo hoy? Quizás para esto, deba acudir a mi propia biografía colihue o colipán y actualizar la memoria desde mis juegos eróticos con hijos de panaderos en la lejana adolescencia de mi india población. Es posible que desde esas relaciones íntimas y secretas que tuve con mi pueblo y que permanecieron calladas y clausuradas en su mutismo ancestral. Pero ese es otro capítulo privado, tal vez necesario para ahondar un poco más sobre la actual masculinidad de nuevos caupolicanes, más altos, más claros, con jeans y personal stereo que se llaman Boris, Walter, Gonzalo o Matías y que bajan la voz cuando dicen su apellido mapuche, escondiendo timidamente las cenizas castigadas de su brava estirpe.

(Fragmento del libro Nefando Crónicas de un pecado)

Pedro Segundo Mardones Lemebel (Santiago, 21 de noviembre de 1952 – ibídem, 23 de enero de 2015) fue un escritor, cronista y artista plástico chileno.

Categories: Chile, Crónica

Write a Comment

Only registered users can comment.