Boca de carretera

Boca de carretera

Por Ilka Oliva Corado

Me sucede todo el tiempo que la gente piensa que vivo enojada por la forma en la que digo las cosas o por el tono. Pero mi forma de hablar es así, como vendedora de mercado. Y como de aquellos cipotes que se crían arreando vacas y marranos en los zacatales más inhóspitos. Porque crecí en una periferia de la capital pero con todo el estilo de Comapa, un pueblo árido del oriente del país. Y cuesta que la gente que no conoce el hábitat del mercado lo comprenda, piensan que estamos gritando todo el tiempo porque estamos enojados. O peor aún piensan que somos violentos por naturaleza y que le prendemos fuego a todo por nuestro enojo con la vida. Piensan muchas veces que no tenemos valores y que desconocemos de humanidad y que tampoco tenemos sueños y que no conocemos el amor ni la solidaridad porque la mayoría de nosotros no tuvo la oportunidad de ir a la escuela.
Piensan erróneamente que la esencia de la vida la da la escuela y todo aquel que no tuvo acceso a esa herramienta, es denigrado y lanzado al fondo del abismo.

Pero uno se acostumbra a un tono de voz, porque es la primera herramienta para ofrecer el producto, en cualquier mercado en cualquier lugar del mundo, la gente ofrece su producto y eleva la voz para que lo escuche quien va caminando por los pasillos y corredores. Inventamos versos con rimas, cantamos, bailamos, cualquier cosa para llamar la atención del posible comprador. Lo mismo hacen quienes son vendedores ambulantes, les toca un poco más duro porque caminan y corren dependiendo la urgencia. Los hemos visto correr atrás de los autobuses ofreciendo su producto o caminar largos kilómetros bajo el sol. Un ejemplo: los vendedores de escobas y trapeadores o los vendedores de fruta y comida en carretera.

Y se va quedando con uno, forma parte de uno el tono de voz . También en los mercados somos claros para hablar y directos, no nos andamos por las ramas, y lo hacemos en cualquier lugar y a cualquier hora sin importar con quién estemos. Es parte de nuestra originalidad. No lo buscamos, no lo actuamos, está en nosotros como segunda piel.

Entonces conmigo sucede que aflora en todo lo que soy, mi escritura es muy directa y transparente, así como escribo soy en mi día a día, muchas veces los lectores se sienten ofendidos e insultados por la forma en la que expreso, y me escriben para hacérmelo saber, así es como me entero que piensan que mi visión de vida está siempre en negro profundo y que no como ni duermo porque soy una resentida social.

Por lo general los mensajes vienen con insultos, me dicen que me están devolviendo lo que recibieron. Eso me deja pensando: ¿en qué momento los insulté? Pero no fueron insultos, es el tono y la forma en la que digo las cosas. Si voy a dar mi opinión de algo lo hago con la responsabilidad de sostener lo que estoy expresando. No puedo cambiar la sangre por el chilate. Y el sistema no nos prepara para ser honestos y transparentes, el sistema educativo nos enseña a ponernos máscaras a las que llaman buenos modales o simplemente clase o amabilidad. Dicen que quienes tienen clase son recibidos en cualquier lugar y todas las puertas se abren. ¿Será por eso que a los vendedores de mercado, siempre nos las cierran en las narices?

¿Será por eso que nos denigran y nos señalan como asaltantes y anidar en nuestros hogares a delincuentes? ¿Y qué hay de los delincuentes que han nacido en cuna de oro y han crecido entre las mieles del poder?

El día que me di cuenta que mi tono y mi forma de decir las cosas molestaba a muchos y los ofendía, simplemente porque era de mercado, decidí enraizarlo aún más, hacerlo aún más visible, pintarlo de colores encendidos, albocarlo al mundo, con orgullo, con el pecho a reventar de orgullo por mi origen.

Cuando me di cuenta que las letras me daban luz y que se iban galopantes por el mundo, decidí no quitar el dedo del renglón, y que toda persona que me leyera se diera cuenta que esa expresión era de una vendedora de mercado. A mi identidad le nacieron alas. Es mi forma de honrar a los vendedores de mercado en cualquier lugar del mundo. Es mi forma de decirle a quienes nos discriminan, que aquí estamos y que no nos vamos a ir y tampoco nos vamos a esconder. Porque también es nuestro derecho expresar y existir y soñar y creer. Y cuando nadie lo crea, también amamos y amamos bien: con el alma.

Y aunque la sociedad piense que somos encubadores de delincuentes, nosotros todos los días les demostramos que somos dignidad, esfuerzo, sobrevivencia y quienes les acercamos las frutas y verduras frescas que ellos pondrán en su mesa todos los días. ¿Qué harían sin los vendedores de mercado? ¿Se han imaginado una sociedad muerta, sin el color, la alegría y la vida de un mercado?

Y modestia aparte, a lo largo de la historia han salido infinidad de charlatanes, de todos los niveles de la sociedad, intentando imitar nuestra boca de carretera, pero eso ni se compra ni se vende. De ahí pal real…

 

Categories: Destacado, Guatemala, Relato

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