Animales

Animales

Por Margarita Rosa De Francisco

Cuando el perro trataba de desviarse, el tipo le asestaba un fuetazo. Sentí vergüenza de mi especie.

Hace poco salí a caminar por la tarde. Un hombre venía hacia mí con un perro pequeño y sostenía en la mano derecha un látigo corto. Cada vez que el perro trataba de desviarse el tipo le asestaba un fuetazo. A partir de ahí se me dañó la caminada. Me imaginé reaccionando furiosa y luego al tipo respondiéndome que no me metiera en lo que no me importa; después yo, más iracunda, diciéndole que sí es asunto mío como ciudadana ver maltratar un animal y tratar por lo menos de impedirlo. Pero nada de esto hice. Mi carácter es bastante pasivo para este tipo de situaciones. Di por perdida esta batalla porque cualquier cosa que hubiera dicho no habría cambiado la pobre suerte del perro. Incluso, llevé al extremo mi fantasía cuando el hombre me terminó pegando un latigazo a mí también.

Sé que algunos exageramos humanizando a nuestras mascotas, pero hay otros que creen que los animales no sienten o a los que ni siquiera les preocupa porque los consideran especies inferiores que no piensan. Todo coincidió con una lectura que le vi hacer al nobel J. M. Coetzee, donde narra de la forma más hermosa y devastadora una situación en la que una mamá comunica a su hijo sus puntos de vista sobre cómo los humanos vemos a los animales, cómo preferimos ignorar la forma en que la carne llega a nuestros platos, por ejemplo. Me hizo reflexionar sobre lo misterioso y sagrado que es el universo de esos seres, pues hay un punto ciego y desconcertante en el que a la ciencia se le acaban los recursos para explicar algunos comportamientos.

Ese respeto por lo desconocido es lo que me hace a mí sentir reverencia por ellos y querer sintonizarme con esas señales que dan, a veces tan claras, de amor absoluto o de que algo más complejo pasa por esos cerebros que aparentemente no razonan. Coetzee me llevó a coincidir en que el ser humano es víctima de su razón y del progreso cuando viola la dignidad de los animales que cría y mata en serie para convertirlos en productos industriales que terminan envenenándolo.

Al ver al hombre con el látigo yo misma sentí vergüenza de mi especie, me dieron ganas de llorar y de pedirle perdón hasta al insecto más insignificante por el daño despiadado que les hemos hecho y les seguimos haciendo a los animales y a todo lo que la naturaleza nos entrega con tanta generosidad, y que usamos para seguir creyendo que somos el portento de la evolución.

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