Abuelos cuentacuentos

Abuelos cuentacuentos

 

Por Javier Bedía

La solución para Manuel Castillo, de vuelta al Perú tras una vida en el extranjero, fue comprar y revender zapatos usados. En esos trotes se encontró con que los buses eran un espacio laboral sin límite de jubilación. “En los carros es complicado, la radio está prendida, uno se está riendo, conversando”, resume los accidentes del oficio y recuerda que le preocupaba de dónde iba a salir para…suspende la frase y traza con una mano a la altura de su boca el movimiento de un cubierto imaginario. La primera vez que subió a un bus, bolsa de caramelos en mano y poemas en la memoria un día de 2008, improvisó sobre la marcha las palabras.

“Subo con micrófono, pido silencio, si están durmiendo, por favor, no duerman, para que no se pasen de sus destinos. De repente me ve un día ahí contando cuentos (…) A veces me regalan comida, me ven flaco”, bromea este abuelo cuentacuentos de la Casa de la Literatura Peruana (Casalit). Su voz es rasposa a fuerza de imponerse a la música y el ruido del tráfico con historias y versos de los clásicos. De chiquillo le gustaba disfrazarse de payaso, hasta estuvo en un circo.

Al programa de adultos mayores de la Casalit llegó hace cuatro años, pertenece a las primeras generaciones. “Los niños nos tratan como artistas, hasta autógrafos nos piden”, comparte esa emoción que también atesoran sus compañeros de escenarios.

Motivados por sus nietos – si los tienen cerca- o por su propia curiosidad, con o sin experiencia previa en algún arte escénico, los hoy narradores orales pasaron una prueba para ingresar a una gran familia activa. Que es la visión: una comunidad de todas las edades que les permite sentirse útiles en una sociedad a otro ritmo que el de la quietud, las canas y los pasos lentos.

“Nuestro objetivo, aparte de contribuir a la promoción cultural, de la lectura y escritura, creo que es la visión de identificar que el adulto mayor tiene tantas posibilidades de crear nuevas formas, a través de la palabra, la mirada, el gesto; no usamos ninguna indumentaria, aparte de nuestra persona, eso es lo cálido, niños y personas adultas nos miran próximos, familiares. Prevalecen la palabra y la experiencia”, expresa Zenaida.

La imaginación se trata de enseñar emociones

Antes contadora de historias solo para su familia y profesora de educación artística, a ella la animó su nieta con entusiasmo inobjetable: “Son abuelos como tú, viajan a otros sitios y van a escuelas y a discotecas”.

Aprender a enseñar lo aprendido es una misión permanente. En el programa Abuelos cuentacuentos, las capacitaciones, coordinadas por la Asociación Déjame que te Cuente y Ronny Puchuri, encargado del área educativa de la Casalit, son descubrimientos constantes.

Las lecciones de voz, danza, canto, música y otras disciplinas son instrumentos para pulir su arte más valioso y personal: expresar emociones como solo sus corazones, incalculables en tiempo, pueden hacerlo. Sin importar la identidad cultural del relato. Amazónico, andino, costeño, latinoamericano, de otros continentes.

“Hay un reconocimiento espiritual que nos llena de alegría, a esta edad, dentro de lo que podamos tener como historia de vida, podamos proveer alegrías, enseñando emociones, porque no son solo para divertir, van del plano imaginativo; enseñamos temores, miedos, la astucia, la ironía”, recalca Zoraida.

“Para que vivas mil años más y sigas contando tus cuentos y sigas siendo mi amiga especial”, le escribió un escolar en una tarjeta endulzada con un chupetín.

¿Cómo captar la atención de niños ya acostumbrados a los veloces estímulos de las tecnologías? “Conocer una realidad distinta, les llama la atención. Los niños se enganchan y les sale la curiosidad”, sintetiza con ojo clínico Francisco. Su sentencia armoniza con su forma de hablar, pausada, de palabras cuidadosamente seleccionadas, con la concentración que le imprimió a su carrera de contador público hasta su jubilación. Siempre le interesó la lectura y el arte, recién se animó y ahora es ya un experimentado en funciones.

“Los niños son esponjitas, por eso es importante contarles historias de realidades más amplias, para mostrarles diferentes alternativas que existen en la humanidad, no encerrarlos”, agrega Zoraida.

La verdad, la amistad, la amabilidad, la esperanza, la fuerza para sobreponerse, la bondad pero también su reverso, como señal. Son las ideas, los valores que, a su juicio, deben abanderar los cuentos que contamos a nuestros niños.

“La calle es diferente, uno va, cuenta un cuento, aquí sabes que el niño te va a escuchar, una vez un chico me regaló un yoyó, dijo que lo había comprado para mí, a uno lo conmueve”, cierra Manuel. De repente un día lo escuchamos en un bus.

La Prensa
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